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La insoportable levedad del ser coronavirus

Si algo nos ha traído la literatura es una ingente capacidad para transmutar y reflejar múltiples obras maestras en la cotidianeidad de nuestro vivir. Y ahora, más que nunca, en un ambiente ficticio, embrujado, rodeado, aureolado y dibujado por el coronavirus, todos vivimos en una borrachera de irrealidad que en parte nos aligera y nos debilita, en un ansia profunda por compartir la soledad impuesta y por romper el aislamiento para siempre.

Somos como los personajes de Milan Kundera: pesados o livianos. O ambos. Nos condicionamos y condicionamos a los que nos rodean con nuestras decisiones; sabemos y sentimos el peso al que estamos sometidos, pero insistimos en atarnos más a él. O en salir volando.

El coronavirus es ese elemento leve y discordante que ha aparecido de pronto, aunque bien podemos compararlo (eterno retorno nietzscheriano) con otras gripes más mortíferas incluso que esta. Apenas 100 años nos separan de la Influenza A o la gripe española que arrasó el mundo y mató a millones de personas. Y he aquí que es ahora cuando es obligado recordarlo.

Nuestra insoportable levedad nos pesa, como a Tomas, pues aunque supongamos que cada alma apenas pese 21 gramos, la cifra resultante es un ancla que nos arrastra hasta el fondo. Tiempo tenemos para pensar en nuestra insoportable levedad cotidiana. Así es como hemos empezado a ejercitar la presencia corporal casi sin pudor y planeamos por la red viendo, leyendo y compartiendo teorías y conspiranoias varias, cuya veracidad no me siento con capacidad de poner en mayor o menor duda porque en tiempos de señales todo puede ser.

Lo cierto es que nuestros problemas de cada día están ahora magnificados, la inconstancia de nuestro ánimo y la ligereza de las cosas impregnan nuestra liviandad porque se trata de nuestras dudas y tormentos, nuestros espejos y, sobre todo, de la lucha por (sobre)vivir. Nos hemos replegado a repetir nuestros actos cíclicos, dando corporeidad a la tragedia que vivimos.

Quizás sea importante aprender a vivir con la levedad, y con la transitoriedad que implica y que pone fecha a un acontecimiento desbordante. Y ello podemos crearlo de dos formas diferentes y precisas: materialidad ligera o pesada. Si aceptamos vivir la primera, nos libraremos de depresiones y pensamientos obsesivos pero podríamos caer en debilidades y flaquezas de orden físico y moral, en una espiral hacia abajo donde el ser es efímero y débil ante la enfermedad y las órdenes que emanan del Gobierno. Aceptar el peso, por el contrario, es hacerse partícipe de la responsabilidad colectiva y alinearse con los demás, conocidos o no, en un frente común; una entelequia en la que la pérdida de la individualidad y del significado del ser es la parte oscura de la materia, pues aquí cedes tu poder a las altas esferas… Que cada cual elija donde posicionarse.

Mientras, os invito a leer esta novela de Milan Kundera. 

Filóloga y traductora