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La larga e interminable noche de la dictadura, recordando a Antonio Espina

… y no sé como saltar

desde la orilla de hoy

a la orilla de mañana.

Juan Ramón Jiménez

Me merece muchísimo respeto Antonio Espina García (1891-1972). No basta con leer, hay que releer. Con la prisa estúpida de usar y tirar sólo nos interesan las novedades. No podemos ni ser dueños del presente, ni proyectarnos hacia el futuro… si no saldamos las cuentas con el pasado.

Hoy es 23 de abril, día del libro y por extensión de la cultura. En este Sant Jordi desvaído, de confinamiento y como consecuencia triste… me propongo rendir un homenaje a Antonio Espina, a su labor literaria y a los valores republicanos que profesó.

Muchas veces me asalta una pregunta ¿qué sabemos? ¿qué recordamos del siglo XX? Me da la impresión que poco, muy poco. El largo paréntesis de la dictadura no sólo nos privó de memoria, de cultura, de interés por interpretar la historia y de pensamiento crítico… nos privó, asimismo, del conocimiento de compatriotas, que desde luego, merece la pena tener presentes y a los que es difícil tener acceso… porque se han encargado de tapiarlo e impedirlo. ¡Tanta preparación e inteligencia arrojada cruel y estúpidamente al vertedero!

En cierto modo tuve suerte, lo descubrí siendo un adolescente. Algunas de sus biografías… como la de Julián Romea o Cervantes estaban en la biblioteca de casa, forradas con un papel color corinto, para que no se supiera quién era su autor. Se ha dicho que en nuestro país no hay biógrafos, como casi todo es una verdad a medias. Es cierto que ninguno tiene la grandeza de Stefan Zweig para el que enfrentarse a una figura histórica es, en cierto modo, reinventarla, interpretarla y darle unos perfiles colaterales unidos a unas dosis de esencialismo.

Sin embargo, ahí está la que realizó Chaves Nogales “Juan Belmonte, matador de toros”, donde pone de relieve que el arte de escribir sobre una vida ajena tiene mucho de invención, bastante de estilo y no poco de poner un orden real o aparente a unos sucesos dispersos.

Antonio Espina fue, sobre todo, ensayista y periodista de raza sin olvidar un par de notables novelas. La lectura atenta de sus obras nos permite, nada más y nada menos que entender o, al menos intentarlo, esos años oscuros de miseria moral, intelectual y social.

Jonathan Swift fue un escritor satírico formidable. Solía recurrir a parodias y alegorías para explicar, para desentrañar la realidad. No es acertado calificarlo de humorista, salvo que al decir humorista, queramos decir lucidez y carga crítica. Poco después de publicar sus “Viajes de Gulliver” puso en circulación una de las “parodias envenenadas” de las que era un decidido partidario. Afirmaba, con aparente seriedad que los hijos de los pobres, tras la hambruna irlandesa, a fin de no ser una carga para sus padres, lo mejor que podían hacer estos, es comérselos vivos. Fagocitar a los hijos, como puede verse es una costumbre antigua, que suele ser utilizada como metáfora.

Francisco de Goya tomó buena nota, en su “Saturno devorando a sus hijos”, donde utilizando un tema mitológico, como hace tantas veces, habla de política críticamente… y, también, de su realidad circundante y de la atmósfera opresiva que vivió.

Hoy la figura de Saturno tiene, por extraño que parezca, numerosos seguidores. Pienso en Trump, como otro Calígula, pero los “caligulitas” a su servicio… están engullendo países enteros y sembrando el germen tóxico de la desinformación y el fanatismo.

Tras estos planteamientos preliminares vamos a exponer sucintamente las razones por las que Antonio Espina es un intelectual y un escritor que merece la pena rescatar, aquí y ahora. Me gustaría comenzar por poner en valor su valentía, que no tiene nada que ver con la temeridad. En los años veinte, sin ir más lejos, escribió varios artículos contra el dictador Primo de Rivera, donde su pluma acerada y su inteligencia arremetían contra una figura mediocre… que, sin embargo, tenía los resortes del poder para castigar las ofensas.

En el año treinta y tres, volvió a las andadas. En el periódico “El liberal de Bilbao” y bajo el título de El Caso Hitler, se despachó a gusto contra el Führer que ya apuntaba maneras. Fue denunciado, al parecer, por el Cónsul alemán, juzgado y condenado a un mes de prisión.

Otro episodio, un tanto novelesco y prueba de su arrojo, es que tras ser condenado a muerte y conmutada su pena, tras la Guerra Civil, abandona el país ya que le resultaba asfixiante y, tras varios intentos fracasados logra su propósito con la ayuda de unos contrabandistas.

Las humillaciones que sufrieron los vencidos eran incontables. Es bueno que se sepa. En el año cincuenta y tres regresó del exilio y vivió de lo que pudo, entre otras cosas colaborando en el ABC, sin embargo, hubo de recurrir a un pseudónimo “Simón de Atocha” porque los que se habían destacado en el lado de los perdedores, ni siquiera a utilizar su nombre tenían derecho.

Una última infamia, en una fecha tan alejada del final del conflicto como 1968, fue denunciado ante el TOP (Tribunal de Orden Público), por Gregorio Marañón Moya hijo del doctor Marañón, por publicar artículos contra la dictadura en medios latino americanos. En esta ocasión no fue procesado, pero valga como recordatorio de quienes seguían recurriendo a la delación… al miedo para imponer férreamente el silencio.

En todo momento tuvo una actitud crítica ante los acontecimientos sociales e históricos en que se vió inmerso. No formó parte de ninguna “camarilla”, solía actuar solo y a pecho descubierto. Tenía una gran cultura y fue un escritor, ensayista y periodista polifacético. Supo conservar siempre una dignidad encomiable y una notable independencia de criterio, que es tanto como decir, una libertad… por la que frecuentemente, se veía obligado a pagar un alto precio.

Conoció de primera mano, tanto el exilio interior como el exterior. Supo comprender, con amargura, que la derrota hace culpables a todos y que para él la existencia iba a convertirse en una fotografía en blanco y negro llena de cicatrices.

¿Para qué sirve recordar? Tal vez para modificar, al menos parcialmente, algunas de las dimensiones y repliegues del tiempo.

Se sintió perseguido y despreciado por los “cínicos artificieros de la demolición”. La arrogancia y la chulería se encuentran a gusto dando órdenes y disponiéndolo todo entre lodazales y vertederos, impidiendo por la fuerza que nadie se salga de la ralla. Practicaban un culto a la inmovilidad, que no lograba disfrazarse, aunque recurrieran a fórmulas retóricas y huecas como el “laconismo” de nuestro estilo.

Es conmovedor, que una labor de búsqueda y de lectura de páginas como las suyas, nos permita descender hasta las raíces históricas de un periodo. Por eso, frente a tantos exabruptos, propongo examinar cuidadosamente, páginas limpias, elegantes, sobrias y brillantes…

Con habilidad de funambulista sabe caminar por el alambre… sin precipitarse nunca al vacio. Su pensamiento y su prosa destacan por su exactitud, claridad y solvencia.

En su juventud estuvo vinculado a las Vanguardias, más tarde siguió otros derroteros. Son formidables algunas de sus biografías así como su obra periodística, tanto en los artículos que aparecían en diversos medios, como en forma de ensayo.

Haciendo una simplificación que, siempre o casi siempre, se deja mucho en el tintero, voy a atreverme a citar entre las biografías “Ganivet, el hombre y la obra”. Escribir sobre un intelectual, precursor de la Generación del 98, es intentar captarlo desde dentro y ofrecer de él una visión que exceda y supere los tópicos al uso.

Mucho menos conocida pero interesante por el enfoque con que lo aborda es su aproximación al irónico, punzante e innovador ilustrado francés en “Voltaire y el siglo XVIII”.

Una característica común a la mayoría de sus biografías es su variedad, que abarca desde “Luis Candelas, el bandido de Madrid”, reeditada a finales de siglo, hasta otras documentadas, penetrantes y que siguen un itinerario curioso para adentrarse en el personaje biografiado. Es el caso, por ejemplo, de “Espartero o ¡cúmplase la voluntad nacional!”

Sin duda otra faceta inexcusable es la de ensayista. Nuevamente, por cuestiones de espacio, me ceñiré exclusivamente a obras que tienen para mí un valor emblemático. En primer lugar, debe contemplarse “El cuarto poder. Cien años de periodismo español”. Supone un gigantesco esfuerzo por analizar y someter a revisión y critica lo que supuso la labor periodística en nuestro país. El libro data de 1960 y fue publicado por la Editorial Aguilar.

La prensa tiene diversas funciones irrenunciables. Una es, analizar la realidad otra, criticar a los poderes establecidos y otra, dar cuenta de lo que sucede y objetivamente favorecer el que los lectores se formen una opinión cabal y no manipulada de los acontecimientos.

Otra obra que ha resistido bien el paso del tiempo es “Ensayo sobre literatura”. El lector encontrará en sus páginas buen criterio y aspectos muy interesantes que conviene no olvidar y que no siempre se tienen en cuenta. Disponemos de una cuidada edición de 1994 de Pre-textos, donde se advierte la sabia mano de Gloria Rey, una especialista en Antonio Espina.

Citaré, también, en este apartado un libro de carácter póstumo “Las tertulias de Madrid” donde hace un repaso de esta costumbre, de este auténtico rito que el tiempo ha devorado y que ya forma parte del recuerdo.

Antes de concluir quisiera, al menos dejar constancia, de que Antonio Espina fue un intelectual que no rehuyó, llegada la ocasión, el compromiso político.

De Manuel Azaña se ha dicho que fue un político sin partido. Es una afirmación, que tiene cierto fundamento, aunque desde otro ángulo sea notoriamente exagerada. Fue amigo de Azaña y militó en Izquierda Republicana. Desempeñó el cargo de Gobernador Civil de Ávila y más tarde en las Islas Baleares. Detenido en Palma se intentó suicidar cortándose las venas. Por este motivo, fue ingresado en el Hospital Psiquiátrico Provincial. Finalizada la Guerra Civil, el odio y el deseo de venganza de los vencedores, propició el que fuera juzgado y condenado a muerte, aunque la sentencia, finalmente, no se ejecutó.

Los intelectuales y la política es un tema inagotable. Es una lástima que en los tiempos que corren la mayor parte de los intelectuales de prestigio, por unas u otras razones, rehúyan el compromiso político. No ha sido así en todas las épocas. Quiero referirme a un libro de Santos Martínez Saura “Espina, Lorca, Unamuno y Valle-Inclán en la política de su tiempo” Disponemos de una segunda edición de 1996, Libertarias/Prodhufi. Es un texto, a todas luces, recomendable.

Voy a atreverme a realizar una modesta sugerencia. Sería útil y entrañable que alguna editorial se decidiera a publicar una edición con algunos de sus artículos y ensayos, de esta forma se lograría que muchos lectores entraran en contacto con sus ideas, su habilidad periodística y su prosa cuidada y exigente. Lanzada queda la idea… por si alguien la recoge.

Antes de finalizar, quisiera aunque a vuela pluma, dejar constancia de algunos de los periódicos y revistas en que colaboró. “Revista de Occidente” creada por Ortega y Gasset y que desempeñó un papel crucial en los años anteriores a la Guerra Civil y “Cruz y Raya” de José Bergamín.

Sin embargo, en su dilatada trayectoria periodística, colaboró en muchos más medios como “El Sol”, de Nicolás María Urgoiti, en la revista “España” y en la “Gaceta Literaria” de la que se apartó pronto, debido a sus desavenencias con el falangista Giménez Caballero.

Es forzoso referirse a sus colaboraciones en los periódicos y revistas del exilio. Santos Martínez Saura, al que antes hemos aludido, el que fuera secretario de Azaña, le allanó el camino en lo que pudo, en lo que denominaríamos los años de su exilio mexicano.

Todas sus colaboraciones merecen la pena, más permítaseme citar las de “Revista de Ideas”, “Las Españas” o “Comunidad Ibérica”. Merece la pena mencionar asimismo que durante algún tiempo fue Secretario de Literatura del Ateneo Español de México. Toda su vida mantuvo una estrecha amistad con José Bergamín o Francisco Ayala. Hubiera sido justo decir algo de su poesía ultraísta o de sus novelas vanguardistas, donde, en todo momento deja constancia de su buen hacer y de su desprecio a la vulgaridad.

El siglo XX, en nuestro país da bastante más de sí de lo que nos han contado interesadamente. Para hacerse una idea de lo que nos hemos perdido y de una serie de “claves” para escrutar, con rigor el presente, es de justicia recuperar a pensadores, escritores y coyunturalmente políticos como Antonio Espina.

La realidad, también, se construye y reconstruye mediante el lenguaje. Hay que estar alerta para percibir las contradicciones entre lo que podríamos llamar los conceptos universales y los hechos particulares de la historia, a ser posible, fijarlos y dejar testimonio… para que algún día puedan exigirse cuentas a los responsables de tantos desastres.

Hay prosas y un pensamiento crítico capaces de emitir un juicio inapelable y “desnudar” toda una época (1939-1975), reduciéndola a un siniestro esqueleto, lo que es tanto como decir despojándola de su retórica hueca y de su propaganda mendaz y tergiversada.

Eso será posible porque quienes sabían lo que estaba en juego, fueron capaces de mostrar su verdad silenciada y de… indicar el itinerario para llegar hasta ella.

No basta con condenar políticamente la dictadura franquista… tenemos la obligación de poner de manifiesto nuestra explicita condena por los aspectos sociales y culturales que nos legó como envenenada herencia.

En todo régimen dictatorial el poder intenta monopolizar lo que se ha dado en denominar “el relato”.

Para poder confrontar ese relato manipulado, el pensamiento crítico y el testimonio de Antonio Espina, en representación de otros muchos, es sencillamente esencial. Por ello hay que reivindicarlo y rescatarlo del olvido.

Por eso, mi admiración y agradecimiento son ostensibles. Sigo recordando, con añoranza, aquellos libros de Antonio Espina forrados con papel de color corinto y situados en la balda más alta de la librería.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.