Elogio de la prudencia
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Los sabios aseguran que la prudencia es la virtud política por excelencia. Razón tienen. Pero la audacia le disputa, a veces, la excelsa prioridad. De hecho, prudencia y audacia componen un tándem perpetuo ya que la reacción del prudente suele ser la respuesta a una audacia del rival. Rebasar la frontera que separa una de otra es un riesgo real, a veces letal. Miremos al Norte de África.
Allí España cuenta con dos enclaves históricos, uno incluso anterior a la incorporación a España de Navarra, Ceuta, y Melilla, enclave español desde el siglo XVIII. Trescientos ochenta y cinco kilómetros largos separan un enclave del otro. Ya desde tiempos del emperador Carlos V, España rivalizaba en el norte de África con los turcos, que mantuvieron su dominio sobre lo que hoy es Argelia, Túnez y la Berbería, áreas pirateadas de cuyo pirateo Miguel de Cervantes Saavedra tuvo que pagar la cuenta con cinco años de su vida preso con su hermano Rodrigo en Argel. El caso es que la tenencia española de sendos enclaves históricos dota a España de presencia en sendas cancelas del Estrecho de Gibraltar. Y, como todo el mundo sabe, ningún estrecho se controla únicamente desde uno de sus lados, pero sí resulta posible desde los dos, posibilidad bastante remota hoy en otros enclaves del Planeta. Lo estamos viendo en Ormuz, garganta de apenas 30 kilómetros surcada por dos callejones navales de dos kilómetros cada uno por donde transita -o transitaba- la tercera parte de los energéticos, químicos y fitosanitarios del mundo, hoy en guerra por la imbecilidad d quienes son incapaces, pese a su oficio, de consultar los mapas.
Vayamos al grano pues. Lo sucedido en Ceuta, la entrada masiva de 60.000 personas expectantes en busca de una esperanza, resulta humanamente conmovedor. Todos los que cruzaron las vallas, salvo los agitadores que les guiaban, anhelaban abandonar su condición de pobreza, de marginación, de ninguneo en un país como Marruecos, donde la dinámica económica expulsa del sistema a miles, millones, de jóvenes, mujeres y familias enteras, mientras dos clases sociales más, la élite y la clase dominante, se lucran y progresan desbocadamente. Este progreso tiene algo de real y algo de ficticio. La ficción la ha creado el Gobierno de Israel que, en su grandilocuente paranoia, ideó los llamados pactos de Abraham para someter a su dictado a los Gobiernos de los países árabes más tibios en la defensa de los intereses de sus respectivos pueblos, entre ellos el marroquí. A Marruecos, Benjamín Nethanyahu, el genocida de Gaza, el controlador de la política de la Casa Blanca, le ha debido prometer el oro y el moro, tan alocadamente como para autorizar a los que saben de esto para movilizar al lumpenproletariado local y enfilarlo hacia Ceuta, al precio de lo que sea -van ya casi 150 víctimas mortales-. El rey alauí, que pasa su vida en París, se deja teledirigir por el dirigente israelí, recibe armas en abundancia de Estados Unidos y se brinda, no se sabe si por acción u omisión, a que Washington y Tel Aviv construyan un venenoso ardid para acabar con el Gobierno de coalición que gobierna España y cuya política Trump y Nethanyahu detestan, tan desacostumbrados como están a que alguein les critique y les llame por su nombre, a uno, genocida y al otro, disfórico arrogante, enemigo jurado de Europa.
En términos geopolíticos, lo sucedido en Ceuta tiene una lectura de la que, en clave humanitaria, las gentes de bien suelen ver. Lo humanitario, a quienes han perpetrado la operación, les importa bien poco. Abandonemos el simplismo, retorzamos el planteamiento y lleguemos al nudo: para los mentores de este episodio, se trataba de forzar una situación extrema, sin salida posible para quien la afrontara. Una situación de doble muerte, de doble guerra. Si lograban movilizar a los 60.000 desesperados, cosa que fácilmente consiguieron, una avalancha de tal envergadura resultaría imparable por la fuerza, a no ser que quien recibe la oleada humana abra fuego real y disperse así a los masivamente recién llegados. Eso era lo que los mentores perseguían. ¿Por qué? Porque abrir fuego desde el lado español justificaría, obligadamente a ojos externos, abrir fuego desde el lado marroquí, primera guerra; y, por otra parte, no abrir fuego desde el lado español, podría llevar la llama de la confrontación hacia el mismo interior de España, donde hay gentes predispuestas, en dos partidos e instituciones, siempre listas a recurrir al enfrentamiento, con tal de calmar su odio antigubernamental, a costa de lo que sea, felonías incluidas.
Eludir los disparos, embolsar a los recién llegados y enviarlos a su destino en menos de 48 horas ha sido una lección de prudencia política y táctica, capaz de eludir la estratagema que, a largo plazo, buscaban consumar los irresponsables y criminales organizadores de esta tragedia: inducir uno o dos conflictos armados, para derrocar como sea al Gobierno de coalición de España, el único de los europeos que ha sido capaz de decir NO al disfórico presidente estadounidense y al genocida que mueve los hilos de la Casa Blanca y que, con certeza, ha movido importantes bazas en Rabat para que sucediera lo sucedido. Mohamed VI parece noqueado, incapaz de demostrar que su pueblo prospera, porque miles de jóvenes allí desesperados añoran besar la tierra vecina, como hemos visto en las imágenes.
Marruecos debe aprender la lección. Sincronizar viejos rencores hacia España con los nuevos rencores de dos déspotas taimados, es un error sin paliativos. Nunca segundas partes fueron buenas y la ominosa marcha verde, cuando agonizaba aquel que para ganar su guerra se trajo a 80.000 combatientes marroquíes a España y se dotó luego de una Guardia Mora, nunca podrá repetirse. Aquí nadie agoniza, tan solo los pobres adolescentes que no han sabido nadar durante su tremenda aventura hacia Ceuta.
Ha sido la hora de la prudencia. Ya llegará la hora a la audacia. De momento, no haga nadie el canelo, más aún como cada día soportamos, acusando a unos y otros de errores inexistentes. Los informes de Inteligencia informan, no deciden. Solo decide quien está capacitado para hacerlo, el Gobierno. ¿Cómo que no se detectó ya desde Tanger lo que se preparaba? ¿Tanta es la inquina patriotera contra personas y servicios españoles? Tila. Tomen tila quienes se enardecen agobiados por su ignorancia supina, de un arte que al que se llama Política.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.