En estos días he visto una referencia en las redes del historiador Javier Casanova en la que de, forma breve, exponía que en nuestro país había sectores, muy imbuidos del patriotismo, que ensalzaban hazañas y hechos “gloriosos” del pasado, pero que luego criticaban a quienes recordaban la otra cara de la historia española, es decir, la de las represiones y sus consecuencias, porque consideraban que estaban siempre removiendo el pasado.
No podemos dejar de estar más de acuerdo con la reflexión Así es, en estos últimos tiempos vemos en determinados medios de comunicación y redes artículos, comentarios y referencias que nos relatan extraordinarias hazañas bélicas del ensalzado antiguo esplendor español contra potencias enemigas, o impresionantes descubrimientos geográficos, sobre la extensión del imperio español, aquel donde nunca se ponía el sol, sin olvidar reseñar la vida y obra de héroes, reyes, etc.
Además, abundarían alegatos sobre las supuestas bondades españolas en su Imperio, formado, según esta visión del pasado, no por colonias, como habrían hecho franceses o británicos, por poner dos ejemplos, sino por reinos, por provincias, es decir, en un supuesto plano de igualdad con el territorio metropolitano.
En alguna ocasión nos hemos referido que en esa supuesta época imperial habría una “cara b”, la de los que tenían que pagar esas guerras sufriendo penalidades en los campos y ciudades, los perseguidos por el Santo Oficio, los que perdían la vida en las campañas militares, etc. Esos relatos “imperiales” obvian el sufrimiento que generaban los organizadores de las “glorias”.
Esos relatos de las glorias imperiales buscan no un conocimiento del pasado, sino que persiguen una clara motivación presente, la de potenciar el patriotismo y el nacionalismo como un hecho aglutinador por encima de todo y de las diferencias de todo signo, incluidas las sociales y económicas, que, de todas formas, la realidad machacona nos recuerda cada día. Las derechas, la clásica y la extrema, llevan años en una verdadera ofensiva de una “batalla cultural”, consistente, en hacer ver a todos los españoles que nos une un pasado glorioso que, salvando las distancias y circunstancias, habría que resucitar en versión siglo XXI. No es que se quieran emprender guerras de expansión, aunque no se yo si modernas “cruzadas morales”, pero sí enmascarar los problemas reales de la gente bajo el paraguas del patriotismo porque, antes que tener dificultades para llegar a fin de mes, poder pagar el alquiler y no ser desahuciado, que me operen en un razonable espacio de tiempo, o que mis hijos no estén hacinados en las aulas, etc, hay que ser español, español, español, y llevar la bandera en mi muñeca y en mi balcón.
En esa versión del pasado, por supuesto, como recordaba Casanova, no se debe no ya recordar el sufrimiento del campesino de Soria en el siglo XVII, sino, sobre todo, obviar con el velo del olvido, la represión de casi ayer en términos históricos, la del franquismo, porque, ya se sabe, en este país están los pesados de siempre, los que recuerdan que no muy lejos de nuestras viviendas sigue habiendo fosas, o que a dos calles de tu casa se reprimía, se encarcelaba, y se fusilaba por tener otras ideas.
El pasado siempre está presente, pero, claro está, depende mucho de cuales sean tus intereses, sentimientos y sentires.





