Francisco Silvela, al que nos hemos acercado en alguna ocasión, fue un político atípico del ámbito conservador español. En un artículo del pasado lo calificamos de “conservador disidente”. Al parecer, el sistema del turnismo y el sistema electoral de la Restauración, con el falseamiento claro del sufragio, generaron escrúpulos morales a Silvela, aunque participó claramente en el mismo y fue fiel a Cánovas cuando se produjo el relevo de Sagasta a la muerte de Alfonso XII. Pero siempre mantuvo una postura contraria a Romero Robledo, uno de los pilares de los sistemas antes expresados. Silvela llegaría a crear una especie de corriente de opinión, los “silvelistas”, que pretendían una profunda reforma del régimen municipal como base para una reforma más amplia del sistema político. Se pretendía acabar con el caciquismo, el cáncer que dividía la España oficial de la real. Estas ideas son importantes porque servirían de base del futuro programa de Antonio Maura, el político conservador más importante del reinado de Alfonso XIII, con su “revolución desde arriba”.
El protagonismo político de Silvela le llegaría en la madurez. A la muerte por asesinato de Cánovas del Castillo se impuso a otros líderes del Partido para encabezarlo. Ocupó la presidencia del Consejo de Ministros varias veces entre 1899 y 1903, incorporando políticos más nuevos, como Raimundo Fernández Villaverde, Polavieja, Antonio Maura y Eduardo Dato.
Silvela fue el autor de un conocido artículo periodístico), que lleva por título “España sin pulso”, publicado en El Tiempo el 16 de agosto de 1898, constatando la situación de profunda crisis en España en pleno conflicto colonial, y planteando algunas claves regeneracionistas.
Toda esta larga introducción sobre la figura de Silvela tiene como fin saber quién fue con el fin de situar su visión sobre lo que debía ser un partido a finales del siglo XIX. Su importancia deriva del hecho de que fue un pionero en la necesidad de que los partidos de cuadros, típicos del siglo XIX debían cambiar de forma radical hacia un modelo moderno que, en líneas generales planteó ya en un discurso del 24 de enero de 1894.-Silvela quería que el Partido Conservador se reorganizarse. El problema de que eso no se había producido era porque faltaba una “idea moral”. La vida colectiva no era posible sin un ideal, sin un pensamiento, sin un programa completo.
Si lo hubiese el Partido se reorganizaría rápidamente porque opinaba que los partidos eran como los mandatarios de los intereses sociales para realizar los intereses de la patria, y cuando el mandatario no inspiraba confianza a aquellos cuyos negocios había de regir, surgía la desconfianza, nacía la duda, se interrumpían la comunicación y la fuerza, y el partido se desacreditaba y enflaquecía, muriendo falto de la savia que tenía que recoger constantemente de los intereses sociales que estaba llamado a representar y a realizar.
Los partidos serían, y terminamos con el magisterio de Silvela, instrumentos que no valían ni significaban nada sino por las fuerzas sociales y permanentes que encarnaban y representaban.
Un material sugerente para reflexionar en este momento de precampaña electoral.





