3.1 La pregunta por el no-ser, en los primeros presocráticos.
Uno de los primeros problemas, estudiado por los filósofos presocráticos, es el de la realidad del mundo físico. Todos ellos redujeron la naturaleza, a un “primer principio dinámico y sustantivo”, que para unos era de naturaleza material y determinada, para otros de naturaleza numérica y, para otros, de naturaleza “indeterminada”. A partir de Parménides, como es sabido, se produce un cambio radical, preconizados sin duda por Heráclito, que permite hablar en adelante, de un pensamiento propiamente “metafísico”. Esto se debe a la afirmación fundamental de que, aquello de que todas las cosas constan, es el “ente”. Y con el descubrimiento del “ente”, Parménides elevó la especulación filosófica, al nivel de la “ontología”.
Según su propia descripción, cabe describir dos caminos de búsqueda: “el uno, el de que es y no es posible que no sea, el otro, el de que no es y es preciso que no sea”. En consecuencia, el ente es “lo que es” y el no ente es “lo que no es”, lo que se explicita en la primera parte del “Poema”, con una serie de atributos que conviene señalar; “ingénito e imperecedero”, “entero”, “homogéneo”, “imperturbable y sin fin”, “a la vez uno”, “continuo”. No puede además no haber sido, ni puede dejar de ser. De lo que se saca como consecuencia inmediata, que el no-ente no puede ser “dicho”, ni tampoco “pensado”. “Lo que es”, por tanto, puro presente y pura identidad, ingenerable e incorruptible, no tiene pasado ni futuro, no tiene principio ni fin. Además, es único e indivisible, completo e inmóvil. En definitiva, lo-que-es no puede moverse a lo que no-es ni a lo que es, sino que, instalado en un perpetuo presente “no tiene historia y es ajeno a toda mutación”. Sin duda cabe preguntarse; ¿qué sucede con la aparente multiplicidad de lo real, constatada sin salvedad, por los anteriores presocráticos? ¿Y qué sucede con el devenir, la provocación fundamental, la más paradójica y desconcertante, si cabe, para el pensamiento de los comienzos de la filosofía? Se trata, simplemente, de “pareceres de los mortales” – dirá Parménides – pero no de la inmutable “verdad bien redonda”.
Esta concepción de la filosofía griega como “ontología”, ha persistido en la posteridad, sobre todo a partir de Aristóteles, quien identificó la posesión de los principios y las causas de las entidades, con la tarea propia del filósofo.
Pues eso.
(Continuará)





