La escena es digna de una tragedia de Shakespeare. Bobby Kennedy, solo en una de las dependencias de la Casa Blanca, roto por el dolor, lanza un grito desesperado: “¿Por qué, Dios?”. Acaban de asesinar a su hermano, el mítico JFK. Un golpe así resulta difícil de asimilar. En un intento por encontrar sentido a lo absurdo, empieza con las obras de los antiguos griegos: Sófocles, Esquilo… Su cuñada, Jackie, le recomienda esas lecturas. Es entonces cuando descubre los conceptos de “destino” e “hibris”, es decir, la desmesura, tal como nos cuenta su biógrafo Evan Thomas. Los clásicos de la Antigüedad le hacen preguntarse si los Kennedy, de alguna forma, han ido demasiado lejos en su búsqueda de la grandeza y han sido castigados por ello.
El interés de Bobby por el mundo heleno se refleja también en la gran atención que presta a un conocido libro de Edith Hamilton, El camino de los griegos, recientemente reeditado en España por La Esfera. En su ejemplar de esta obra, sobre la que meditó ampliamente, subraya una cita de Heródoto: “Toda arrogancia recogerá una cosecha rica en lágrimas”. Debió pensar, sin duda, que el padre de la historia tenía razón. La pérdida de John le empujaba una búsqueda espiritual para intentar comprender lo incomprensible.
Según Evan Thomas, no es del todo extraño que él se viera como un personaje de tragedia griega puesto que tenía un sentido épico de su propia familia, al identificarla con la Casa de Atreo, un linaje maldito, como mostraba el trágico fin de personajes como Agamenón. Pero la semejanza más llamativa entre la mitología y el presente venía dada por el peso de los pecados de una generación en las siguientes. ¿En qué pensaba Bobby cuando se sumía en estas reflexiones? ¿Tenía algo que reprochar a la sed de poder de su padre, el turbio Joseph P. Kennedy?
En esos momentos, el clan ya había sufrido demasiados golpes: la muerte del primogénito en la Segunda Guerra Mundial, la de Kathleen en un accidente de aviación, la lobotomía de Rosemary, el asesinato de John. Todas estas catástrofes no podían ser simples casualidades. Tal vez fuera imposible escapar al destino, pero sí entraba dentro de lo real la posibilidad de afrontarlo con valentía.
Aquí entra de lleno la esperanza que Bobby halló en los poetas del siglo V a.C. La agonía, según un personaje de Esquilo, puede hacernos más sabios. Así, en medio de lo insoportable, Kennedy se lanzó a una tenaz búsqueda de los secretos existenciales que le permitieran sobrevivir y continuar la lucha. Sabía que en la gran literatura, no en la filosofía barata de la autoayuda, era donde iba a encontrar lo que necesitaba.





