EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
El 12 de octubre como arma ideológica

Todos los años se vuelve a repetir el mismo mantra desde algunos sectores: “12 de octubre: Nada que celebrar”. A partir de ahí un relato que suele de carecer de un mínimo rigor histórico.

El 12 de octubre es una fecha demasiado importante para despacharla con un relato simplista, por muy bienintencionado que pretenda ser quien lo hace. La historia exige rigor, saber contextualizar y tener capacidad para comprender la complejidad de los acontecimientos, es decir, todo lo contrario a las consignas que seleccionan determinados hechos para construir una conclusión de antemano decidida.

Nadie con un mínimo de rigor histórico puede negar que la conquista de América estuvo acompañada de guerras, abusos, explotación, esclavitud y una enorme catástrofe demográfica entre las poblaciones indígenas. Tampoco tiene sentido justificar las atrocidades cometidas por los conquistadores. Pero reconocer esos hechos no obliga a aceptar una interpretación que reduce más de trescientos años de presencia española en América a una sucesión de crímenes, ni que se tenga que presentar aquel proceso histórico exclusivamente desde una perspectiva contemporánea.

Cabe señalar que hablar de la conquista de América como si hubiera sido un proceso homogéneo es una simplificación histórica, y por consiguiente un error. América no era una realidad política unificada, sino un continente habitado por cientos de pueblos, con culturas, lenguas, sistemas políticos y formas de organización muy diferentes. Existían grandes civilizaciones, pero también conflictos, guerras, rivalidades y formas de dominación entre pueblos indígenas. De hecho, la expansión española se apoyó, en numerosas ocasiones, en alianzas con comunidades indígenas enfrentadas a los grandes poderes regionales. Valga como ejemplo la caída del Imperio mexica, que no se puede explicar sin la participación decisiva de miles de aliados indígenas de los españoles.

Esto no convierte la conquista en un proceso justo, tampoco elimina la responsabilidad de los conquistadores. Significa, sencillamente, que la historia real es mucho más compleja que la imagen de dos bloques homogéneos, europeos e indígenas, enfrentados entre sí.

Además de esto, las cifras demográficas deben manejarse con rigor. Las estimaciones sobre la población americana anterior a 1492 presentan importantes márgenes de incertidumbre. El estudio de Alexander Koch, y otros investigadores, publicado en 2019, calcula una pérdida de población indígena de alrededor de 55 millones de personas y vincula el colapso demográfico con la colonización europea y sus consecuencias ambientales y sociales. Sin duda, se trata de una tragedia histórica de dimensiones extraordinarias, pero no debe confundirse la estimación de muertes y pérdidas demográficas con un recuento de personas asesinadas directamente.

Y es que, las epidemias de enfermedades introducidas desde Europa fueron un factor fundamental, junto con las guerras, el trabajo forzado, el hambre, los desplazamientos y la desestructuración de las sociedades indígenas. Nadie lo puede negar. Pero es importante reconocer esa diferencia porque, aunque no minimiza el sufrimiento, permite explicarlo mejor y atribuir responsabilidades de manera más precisa.

Además de todo esto, un año más, hay que incidir que la historia de Hispanoamérica no puede reducirse al saqueo y la imposición. Durante siglos se desarrollaron ciudades, universidades, instituciones administrativas, redes comerciales, imprentas, centros de enseñanza y nuevas expresiones culturales. Se produjo un mestizaje biológico, lingüístico y cultural que, con todas sus contradicciones y desigualdades, contribuyó a configurar las sociedades latinoamericanas actuales.

Por supuesto, que nada de esto borra la violencia colonial ni demuestra que sus consecuencias fueran siempre positivas. Pero tampoco puede desaparecer de un análisis histórico mínimamente serio porque resulte incómodo para el relato exclusivamente condenatorio que cada año nos quieren hacer ver algunos. La historia debe estudiar tanto la explotación como los intercambios, tanto la imposición como la adaptación, tanto los conflictos como los procesos de creación cultural, y para eso están, estamos, los historiadores.

En relación con lo anterior, cabe recordar que la propia Monarquía española promulgó normas destinadas a limitar los abusos contra los indígenas, como las Leyes de Burgos, de 1512, o las Leyes Nuevas, de 1542. Cierto que su aplicación fue desigual y muchas disposiciones nunca se cumplieron, pero su existencia refleja debates jurídicos, religiosos y políticos sobre la legitimidad de la conquista y los derechos de los pueblos indígenas. Figuras como Bartolomé de las Casas denunciaron los abusos desde dentro de aquel mismo mundo hispánico. Estos hechos no absuelven al sistema colonial, pero impiden presentarlo como una realidad sin contradicciones ni voces críticas.

Hay que tener cuidado con el presentismo histórico y con las visiones anacrónicas. Juzgar el pasado exclusivamente con categorías políticas y morales actuales puede impedirnos comprender cómo funcionaban aquellas sociedades y qué debates existían en su tiempo. Contextualizar no significa justificar. Podemos condenar la esclavitud, la violencia y la explotación sin que para ello tengamos que explicar la historia mediante una división permanente entre pueblos moralmente puros y pueblos absolutamente culpables.

Además, si aplicamos una mirada rigurosa, nos encontraremos que la violencia contra los pueblos indígenas no terminó automáticamente con el final del dominio español. Los nuevos Estados americanos también protagonizaron despojos territoriales, campañas militares y políticas de exclusión. La defensa de los derechos indígenas debe ser coherente con toda la historia, no únicamente con el periodo que mejor encaja en un determinado y manido discurso político.

Por último, ¿es razonable afirmar que el 12 de octubre no puede ser una fecha de celebración? Depende de qué celebremos y de qué significado le demos. Nadie está obligado a celebrar la conquista ni a ignorar a sus víctimas. Pero tampoco existe una única interpretación legítima de una fecha que representa el inicio de una relación histórica que transformó profundamente Europa y América.

El 12 de octubre puede servir para recordar a las víctimas, denunciar los abusos coloniales, reconocer la resistencia indígena y debatir sobre las consecuencias de la conquista, al igual que puede ser una ocasión para valorar los vínculos históricos, lingüísticos, culturales y humanos que unen hoy a España y los países hispanoamericanos, sin convertir esos vínculos en una justificación de las injusticias del pasado.

No se trata de glorificar la conquista, ni simplificar la historia. Tampoco se trata de hacer una celebración acrítica, ni una condena absoluta. Necesitamos una memoria que no oculte los crímenes, que no manipule los hechos, que reconozca a los pueblos indígenas sin convertirlos en actores pasivos de su propia historia; y que permita comprender un pasado complejo sin imponerle una lectura única.

La historia no puede servir para repartir culpas hereditarias ni para alimentar enfrentamientos entre pueblos actuales. Debe ayudarnos a comprender de dónde venimos, reconocer las injusticias y construir una convivencia basada en el conocimiento, la libertad y el respeto mutuo.

Porque la historia no necesita ser blanqueada, pero tampoco necesita ser utilizada como arma ideológica.

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