Pedro San Juan, del que no podemos decir nada porque no hemos encontrado referencias fiables de quién fue, publicó una larga columna en El Socialista en su número 6204 del 28 de diciembre de 1928 titulada “El apático”.
En distintos trabajos nos hemos acercado a la cuestión de la apatía y la desgana en política y su crítica desde el socialismo, así como sobre el compromiso político como movilizador. Regresamos a esta cuestión aprovechando el artículo citado que pretendemos glosar porque nos parece harto interesante en una tribuna de opinión.
¿Qué es la apatía?, se preguntaba el columnista. Pues la hija de “Doña Indiferencia”, hija a su vez de “Don Comodón”, y a su vez, del “señor Pancista”. Era una familia con muchos descendientes en todas partes. La vida para esta familia consistía en comer y divertirse, anteponiendo lo material por encima de lo espiritual. Al apático no le interesarían nada el combate contra los prejuicios, el destierro de tradiciones anticuadas y sensibleras y que nada tendrían que ver con el presente, el traer nuevas formas de vida, formarse, derribar afrentas, etc.
Al apático había que darle todo hecho, pero, además, ejercía una suerte de equidistancia peligrosa, añadiríamos nosotros, porque, además de censurar lo que otros hacían, consideraba que eran igual de buenos unos que otros.
Al apático no le interesarían los ideales elevados ni los pensamientos, aunque amaría lo espectacular y frívolo, es decir, lo que no generaría quebraderos de cabeza. Además, como diríamos hoy, ejercería eso de la procrastinación.
En política le daba todo igual porque alguien nos tendría que mandar y lo mismo daría unos que otros. Además, era muy desconfiado con los que luchaban desinteresadamente porque siempre consideraba que esos iban a lo suyo. El apático no sería feminista, prefiriendo a la mujer en el seno del hogar.
El apático se apoyaría cómodamente en el “balcón de la vida”, desde donde miraría pasar lo que otros hicieron y el disfruta. No veía mal los avances sociolaborales pero no había hecho nada por conseguirlos ni por defenderlos. En ningún momento se paraba a pensar que si todo el mundo hubiera adoptado su postura nada se hubiera conseguido.
El apático nadaría entre dos aguas y en política, insistimos, le daba igual cualquier partido o postura. Pero, es más, todos los que lideraban organizaciones obreras o partidos de izquierda eran unos vividores.
La apatía sería muy común en la clase media. Sus integrantes no querrían llamarse obreros porque no les gustaba nada la palabra, aunque sufriesen penalidades, aunque no harían nada para salir del “círculo vicioso” que los ahogaba. Por supuesto, no pensaban entrar en una organización y trabajar por “justas aspiraciones”. Simplemente buscaban una colocación, una recomendación, un enchufe.
La apatía se solía incubar en la burocracia donde habría un verdadero ejército de “buscaempleos”.
El apático fuese burgués u obrero era un ser perjudicial para la Humanidad y contra el se debía luchar para que saliera de su posición de quietismo con el fin de incorporarlo al ejército de personas que se desvelaba y afanaban para que llegase días mejores. Un pueblo de apáticos y caciques era un pueblo ruin y sin libertad necesaria para el progreso.
Salvando algunas cuestiones coyunturales de aquella España, podría ser escrito hoy en día.
Otro ejemplo de lo sugerentes que son los materiales del pasado.





