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Vanessa y Virginia Stephen. I


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Leonard Woolf narra en sus memorias, que cenó en Gordon Square con Thoby Stephen y sus dos hermanas, días antes de abandonar Inglaterra con destino a Ceilán. Y que, siete años más tarde, a su regreso, en aquello mismo salones, se encontró con Vanessa, Virginia, Clive Bell y Walter Lamb, comprobando que las únicas cosas que no habían cambiado, eran los muebles y la extraordinaria belleza de las dos hermanas.

Para Leonard, en conjunto, Vanessa era más bella que Virginia. Con sus trazos más perfectos, ojos más grandes y una tez más luminosa. Si de Rupert Brooke, se dijo que era un adonis, Vanessa, a sus 30 años, tenía algo del esplendor físico, que Adonis descubrió, al instante, en Afrodita, en cuanto apareció ante él. Al parecer de numerosas personas, Vanessa era impresionante y excepcional pues de hecho, ella era más bien una combinación de tres diosas, con un poco más de Atenea y de Artemisa, que de Afrodita, en su rostro. Pero Leonarda nos dice, que él no la encontró tan impresionante, como todo eso, pero si apreció mucho su bella voz y su serenidad (una calma superficial, pues se apreciaba, en el fondo de ella, una extrema sensibilidad, una tensión nerviosa, que evocaban la inestabilidad emocional de Virginia). Había algo de monumental, granítico, en casi todos los Stephen, descendientes de sir James Stephen, que dirigió el Bureau Continental en la India, a mitades del siglo XIX. Su hijo, el juez sir James Fitzjames Stephen, fue un Stephen monolítico más allá de lo corriente. Su hermano Leslie (el padre de las hermanas) y también sus dos hermanas. tuvieron igualmente, estas características, pero de forma menos exagerada. Había algo de monumental, pero también una gran simplicidad en Thoby (el hermano de Virginia, que murió joven) lo que hizo que en Cambridge, le pusieran el mote del “Ostrogodo”. Vanessa tenía, desde un punto de vista femenino, también esas cualidades, pero había en ella algo de categórico y cortante en sus juicios y, en su manera de expresarse. Era la extraña combinación de la belleza y el encanto femenino, con algo más lapidario en su humor cáustico, lo que la convertía en fascinante.

Virginia era muy diferente, a pesar de los grandes parecidos, entre las dos hermanas. Como escribió Leonard: “A primera vista, ella era un poco menos bella que Vanessa: pero, desde el mismo momento en que ella se encontraba satisfecha, dichosa, distendida y excitada, su rostro se iluminaba y, aparecía entonces, una belleza etérea muy intensa”. Ella era igualmente bella, cuando se concentraba y se ponía a leer o pensar. Pero su expresión, la forma incluso de su rostro, cambiaban con una rapidez inusitada, cuando sentía tensión, deseo y/o inquietud. Pero entonces aún, era preciosa, aunque su ansiedad y su sufrimiento, hacían que su belleza fuera dolorosamente observable.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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