Antonio Roma Rubies realizó un alegato en favor de la educación de los obreros en octubre de 1924 que aunó el idealismo con el realismo, desde una acusada vocación pedagógica que siempre tuvo. Dicho alegato lo publicó en el número 4899 del 20 de octubre de El Socialista.
Antonio Roma Rubies fue un catedrático y filólogo leridano, que terminó recalando por destino en Andalucía, primero en Huelva, y luego en Jerez de la Frontera, donde fue catedrático de su Instituto. Fue concejal y diputado provincial dentro de las filas republicanas, aunque en 1920 ingresaría en la Agrupación socialista de esta localidad. En las elecciones de abril de 1931 sería elegido diputado por el PSOE. En la guerra civil fue asiduo colaborador en la prensa obrera y socialista. Al acabar la guerra sería detenido en Valencia, sufriendo la cárcel. Para poder sobrevivir cuando fue puesto en libertad dio clases particulares, falleciendo en 1967.
Roma informaba que en el primero de noviembre se iban a inaugurar en las escuelas nacionales las clases nocturnas para adultos. Opinaba que era muy conveniente que los trabajadores realizaran una propaganda activa y perseverante para que acudieran a esas clases el mayor número posible de alumnos.
Pero también pensaba que como la acción oficial era insuficiente dada la gravedad del problema de la educación de la clase obrera, además de la escasa atención que las Administraciones habían dedicado a esta cuestión era preciso que los organismos obreros procurasen por su parte organizar clases nocturnas.
Le preocupaba especialmente la educación de los obreros agrícolas por lo que los propios obreros debían tomar la iniciativa. Realizó una encendida defensa de los maestros llamados ambulantes por ser hombres abnegados y altruistas que se habían formado en un cortijo o en la dehesa, ellos solos, pero que, por eso mismo, tenían una intensa vocación y conciencia de su misión. Por eso avisaba a los trabajadores del campo para que los mirasen con cariño.
Los trabajadores, el movimiento obrero, debían tomar parte en una especie de “cruzada redentora”. Y aquí vemos idealismo y realismo a la vez. Si por un lado, Roma Rubies era un defensor del valor de la educación por otro era un hombre que conocía la realidad, y por eso apelaba a quien supiera algo porque debía enseñar al que sabía menos que el y aprender del que sabía más.
En las noches largas que venían con el otoño y el invierno había que crear en cada cortijo una escuela nocturna donde se reuniese un grupo de obreros; hasta en la choza más humilde debía darse clase. ¿Quiénes debían ser los maestros? Ya lo había apuntado antes, el que supiera más, y de esa manera, formando grupos y con esos maestros voluntarios y sin títulos se podía emprender una “batalla formidable contra el analfabetismo”. Roma Rubies no era pesimista, porque lo que hacía falta era actividad, entusiasmo, constancia y conciencia del deber.





