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Teodulfo Lagunero y la financiación de la conquista de las libertades democráticas


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

La política esconde vericuetos sorprendentes. Sobre todo, si se desenvuelve en la clandestinidad. Es el caso de la financiación del Partido Comunista de España durante la transición de la dictadura franquista a la democracia. En aquel proceso político coral, al que tantas fuerzas y anhelos concurrieron, un hombre que acaba de fallecer en Málaga, Teodulfo Lagunero (Valladolid, 1927), desempeñaría un papel crucial dentro del protagonismo antifranquista del PCE avalado por la lucha incesante de su abnegada militancia. Él no fue propiamente un militante de base al uso, por su condición de millonario adherido a un partido de raíz proletaria. Pero si cabe decir, según quienes le conocieron de cerca, que fue un colaborador decisivo y necesario en la conquista de las libertades democráticas, ya que puso su copiosa fortuna personal al servicio de la causa antifranquista encarnada, para él, por el PCE.

La infancia suele troquelar la vida de quien la vive grata o dramáticamente. Así fue para Teodulfo Enrique Lagunero Muñoz, nieto de un carpintero de la Estación de Renfe en Valladolid e hijo de un catedrático de Historia de Instituto, republicano y comunista, destinado en la capital pucelana, residente en Calahorra y, posteriormente, en Valencia. Al estallar la Guerra Civil, que le sorprendió de veraneo en la sierra madrileña, su padre huyó con su familia ya que los alzados contra le República le buscaban para fusilarlo. Ya en Valencia, un bombardeo de la aviación legionaria fascista italiana destruyó el hogar familiar en el barrio de Ruzafa. A la sazón, Teodulfo estudiaba en el Instituto Obrero que dirigía uno de los fundadores del PCE, el socialista Manuel Núñez de Arenas y en el que impartía clase de Pintura Rafael de Penagos.

Represión atroz

Al concluir la contienda, su padre fue juzgado y condenado a muerte, si bien por un error de sus vigilantes, pudo escabullirse del pelotón de ejecución, aunque sufriría ulteriores represalias. Teodulfo interiorizaría aquel atroz drama, que afectaba a decenas de miles de familias como la suya, si bien contó con la fortaleza de su madre, a la que adoraba, sobre cuyos hombros cayó el peso de sacar adelante a la familia, cuyo hijo mayor, Enrique, también sería perseguido por su militancia antifascista.

Estudioso y tenaz, Teodulfo se matriculó en Filosofía y Letras, para emprender posteriormente estudios de Derecho y opositar a una cátedra de Derecho Mercantil, que disputaría y obtuvo junto con su amigo de siempre, Aurelio Menéndez. Previamente, había sido detenido y pasó varios meses en prisión por haber instado una protesta estudiantil. Dedicado a la enseñanza universitaria, poco a poco se adentró en el mundo empresarial.

Hábil para los negocios, Lagunero aprovechó la coyuntura económica del llamado desarrollismo para idear una urbanización, en el límite madrileño de la provincia con Guadalajara, a la que cabía acceder con fórmulas de pago aplazado por él inventadas que facilitaron al acceso de las clases medias y populares a una segunda vivienda vacacional. La urbanización, considerada modélica por el régimen franquista, fue inaugurada por Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información y Turismo, que tuvo que tragarse el sapo del éxito de Lagunero del que sospechaba su simpatía por el antifranquismo. Nuevas urbanizaciones recrecieron su fortuna personal hasta un elevado rango.

Hombre de mundo, cosmopolita y viajero, bromista, inquieto y conversador, Teodulfo Lagunero en un primer matrimonio tuvo una hija, Paloma, estudiante de Sociología que militaba en una célula clandestina del PCE de la Facultad de Políticas y Sociología de la Complutense. Por influjo de ella, a la que adoraba, acudió en París a una manifestación festiva del Primero de Mayo organizada por el PCE. Con viva emoción, le fue presentado el organizador de la manifestación, Marcos Ana, poeta comunista que dirigía el CISE, un centro de acogida de refugiados y ex presos políticos como él, pues había pasado 23 años en prisión.

Compromiso incesante

A partir de allí, el compromiso de Lagunero con la causa comunista sería incesante. Marcos -Marquitos como le llamaba Carrillo- le presentó al secretario general del PCE y a su presidenta, Dolores Ibárruri. Merced a ellos inició sus encuentros veraniegos en su Villa Comète, de la Costa Azul, con los poetas Rafael Alberti –al que promocionó para el acceso al Nobel que el gaditano rechazaría- el laureado Pablo Neruda y con el escritor Antonio Gala, cuya fundación Lagunero llegaría a presidir. Fue en esa misma villa donde la cantautora Joan Baez conoció a Dolores Ibárruri, Pasionaria, por la que reconoció sentir devota admiración.

Pablo Picasso, desde su cercano anclaje en la localidad meridional francesa de Vallauris, siempre acompañado por Eugenio Arias, amigo, peluquero y albacea suyo, contribuía a su manera a financiar al PCE. “Cuando el Partido estaba más apurado de dinero, le pedíamos a Pablo una palomita firmada de las suyas y salíamos del apuro”, comentaba en su día con una sonrisa Armando López Salinas, dirigente comunista responsable de la Organización de Intelectuales del PCE. No obstante, sería Teodulfo, al que cariñosamente apodaban Fufo o Teo, quien acometería de manera continuada el amparo económico complementario de la organización comunista española, clandestina incluso en Francia hasta el año 1968 en que la prohibición le sería levantada. Hasta entonces, la familia de Santiago Carrillo decía apellidarse Giscard, apellido frecuente en el interior del país. Su esposa, Carmen Menéndez, trabajaba en una farmacia de Ivry propiedad de la mujer del comunista andaluz Manuel Delicado y Santiago, al frente del PCE, decía llamarse Jacques. En una ocasión, en 1974, un soplo de la Policía francesa a Carrillo sobre el riesgo de un atentado contra él y su familia, alertó a Lagunero, que dispuso el traslado de la familia entera a un piso comprado inmediatamente en efectivo para la ocasión, en una torre del caro y nuevo barrio parisiense de La Dèfense, con condiciones de seguridad garantizadas por su acceso a través de garaje subterráneo. Sería Jorge Carrillo Menéndez, hijo de Carmen y Santiago, quien localizaría el piso y valoraría su idoneidad. “Teodulfo se jugó la vida en numerosas ocasiones por el Partido y por la causa de las libertades en España”, reconoce Jorge, que realza la irrepetibilidad de su figura y la generosidad de su contribución política.

El PCE en Francia había contado hasta entonces, al menos, con un centenar de cuadros una parte de ellos liberados –lo cual significaba nóminas-, muchos de los cuales eran enviados de manera intermitente y siempre clandestinamente al interior de España para desplegar acciones de organización de células, información, agitación y propaganda antifranquista. A veces, los cuadros comunistas, perseguidos con saña por la policía política franquista, no regresaban y eran aniquilados, como fue el caso de Julián Grimau, fusilado en 1962 en condiciones físicas lamentables, tras haber sido torturado y arrojado por una ventana de la Dirección General de Seguridad, sita en el Palacio del Correo que hoy ocupa el Gobierno regional de Madrid en la Puerta del Sol. Aquellas misiones, cuajadas de peligro, requerían de un sistema muy refinado y costoso de seguridad, para garantizar a los enviados del PCE el paso de la muga, la frontera: mugalari, experto guía cruzador voluntario de la muga sería el poeta e ingeniero Gabriel Celaya. El Partido Comunista Francés, PCF, jugaría un papel de apoyo y cobertura impagables en aquellas lides. Igualmente, a los comunistas que regresaban a España debía proveérseles de alojamiento en pisos francos y documentos falsos que procuraba siempre, con extrema perfección –nunca fue descubierta una de sus obras-, el pintor Domingo Malagón, convertido militantemente en falsificador oficial del Partido Comunista.

Clandestinidad

Fue precisamente Malagón, por razones obvias el hombre más clandestino del PCE, quien procuró a Santiago Carrillo los documentos falsos con los cuales cruzaría la frontera franco-española hasta 18 veces. En una ocasión conocida, cuya revelación daría la vuelta al mundo informativo, lo haría en un Mercedes Benz gris perla y matrícula parisiense, propiedad de Teodulfo Lagunero. El automóvil era conducido por la esposa de éste, que viajaba asimismo con ambos. Santiago iba tocado con una peluca algo pomposa, confeccionada por Eugenio Arias (Buitrago, 1909-Vallauris, 2008), hombre de confianza y peluquero de Pablo Picasso, comunista como él. La cercanía entre ambos era tanta que sería Arias quien al morir el malagueño amortajaría al pintor comunista. Con su legado de cuadritos y esculturas, el peluquero decidiría ceder a su pueblo un Museo Picasso en la villa madrileña amurallada donde había nacido y que hoy cabe visitar en una sala municipal de Buitrago.

La fortuna personal de Teodulfo crecía mientras aumentaba la importancia política del PCE y de otras fuerzas de izquierda en la lucha clandestina por reconquistar las libertades democráticas perdidas con la derrota republicana en la Guerra Civil. Las cuotas de sus militantes, pagadas religiosamente –llegarían a frisar los 250.000 integrantes, amén de un elevado número de simpatizantes- componían el más seguro soporte económico del partido de los comunistas, que se financiaba, además, con una red de pequeños negocios perfectamente engrasada y un flujo limitado, pero constante, de pequeñas donaciones procedentes de gentes cuya militancia directa no les resultaba posible asumir. La resiliencia de los comunistas -al igual que la de muchos otros luchadores antifranquistas, socialistas, anarquistas, troskistas, maoístas y cristianos de base-, más su capacidad para afrontar la adversidad derivada de la vida clandestina y de su afloramiento en la acción política y, señaladamente, sindical, era el principal valor con el que su causa contaba. Empero, cuando surgía una eventualidad, desde una campaña para la liberación de presos políticos o el sostenimiento de la caja de resistencia de una huelga, hasta la provisión inmediata de un piso franco para cuadros comunistas y sus familias, la chequera de Teodulfo Lagunero siempre estaba abierta para sobrellevar, a fondo perdido, los retos en presencia.

Poder de relación

Su actividad más propiamente política consistió en poner en relación al PCE con las amistades y vínculos que su condición de exitoso prócer en la vida económica le procuraba, contribuyendo muy inteligentemente a naturalizar la presencia comunista de oposición al franquismo en las mismas narices del régimen. Villa Comète sería la sede informal, pero real, del despegue de la Junta Democrática, una de las dos plataformas vertebradas de oposición contra el franquismo terminal en las postrimerías de los años 70. Por allí pasaron los periodistas José Mario Armero y Rafael Calvo Serer, el notario Antonio García Trevijano y muchos otros políticos de evidente importancia y peso durante la Transición, amén de personajes con proyección social, del mundo de la Literatura, el Arte y el Espectáculo.

Lagunero se mostró siempre consciente de la importancia de los medios de comunicación en la formación de la opinión pública democrática. Por ello, asumió la responsabilidad de financiar la revista de izquierda filocomunista La Calle, escisión de la mítica revista Triunfo, escenario periodístico de excelencia por la presencia en sus páginas de las firmas de Manuel Vázquez Montalbán, Luis Carandell y Eduardo Haro Tecglen, entre otros escribidores de nombradía. En La Calle figurarían periodistas como César Alonso de los Ríos, Carlos Elordi, y muchos otros.

Teodulfo Lagunero, con sus aciertos y errores, dotado de una humanidad vigorosa, empática e imaginativa, dejaría escritas unas enjundiosas Memorias de lectura obligada para quien quiera conocer buena parte de la trastienda real de la conquista de las libertades en España. Asimismo, escribió el libro Una vida entre poetas, donde vertió su admiración por los personajes a los que directamente conoció y trató, dedicados a crear con palabras la belleza por la que él, en clave económica, social y política, también luchó generosamente a brazo partido. En una entrevista con el Diario de Mallorca, pidió ser incinerado con las banderas de la República y del PCE, entre sones de La Internacional. Su desinteresada y valiente contribución a la conquista de las libertades en España será difícilmente olvidada por la memoria democrática de nuestro país.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Negra y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.

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