EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Fascismo: una historia estadounidense
The Daily News Journal/Wikimédia, CC BY-ND

La libertad de expresión protegida por la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos deja un amplio margen de maniobra a las ideas y organizaciones de extrema derecha. Desde el Ku Klux Klan hasta los actuales supremacistas blancos, pasando por formaciones políticas en toda regla como el Partido Nazi Estadounidense, el historiador Olivier Burtin (Universidad de Picardía Julio Verne) nos presenta en Breve historia del fascismo estadounidense, recién publicado por la editorial Payot, un siglo de activismo de una corriente profundamente heterogénea.

Febrero de 1939. En el corazón de Nueva York, cerca de 20.000 personas se agolpan en el mítico recinto del Madison Square Garden. No han acudido para asistir a un partido o a un concierto, sino para celebrar el aniversario del nacimiento de George Washington, primer presidente de Estados Unidos. En el escenario, el enorme retrato del padre fundador domina la asamblea. A ambos lados, banderas estadounidenses flanquean estandartes con la esvástica. El acto está organizado por el German American Bund, un grupo paramilitar que por entonces se presenta como el principal portavoz del nazismo en Estados Unidos. Toda la puesta en escena busca producir el mismo efecto: presentar el fascismo como un producto genuinamente estadounidense y no como su enemigo.

Una generación más tarde, en el verano de 1966, la escena se traslada a los barrios blancos de Chicago.

El líder del movimiento por los derechos civiles, Martin Luther King Jr., acude personalmente para llamar la atención del país sobre la segregación residencial que sigue estructurando las grandes ciudades del Norte, pese a las victorias logradas contra la discriminación racial en el Sur. Su presencia desencadena una hostilidad violenta. En las calles, multitudes de blancos insultan a los manifestantes y los agreden físicamente; el propio King resulta herido en la cabeza. Entre sus opositores hay militantes del Partido Nazi Estadounidense, que acuden para aprovechar esa ira y darle una expresión política más explícita.

Su líder, George Lincoln Rockwell, arenga a los vecinos desde el techo de una casa móvil transformada en tribuna itinerante. A su alrededor ondean la bandera nacional y los emblemas nazis; a su lado, sus storm troopers, vestidos con camisas pardas y con brazaletes con la esvástica, enarbolan un lema que tendría una larga trayectoria: «White Power».

Más cerca de nuestros días, en agosto de 2017, en Charlottesville, Virginia, se organiza la concentración Unite the Right para protestar contra la retirada anunciada del espacio público de las estatuas de generales confederados, aquellos hombres que, siglo y medio antes, durante la guerra de Secesión, lucharon por mantener esclavizada a una población negra de la que formaban parte los antepasados de King.

Durante dos días, esta apacible ciudad universitaria se convierte en escenario de una demostración de fuerza de la extrema derecha. Por las calles, los activistas desfilan portando varias banderas juntas: la de Estados Unidos, la de la Confederación y, una vez más, la esvástica. También aquí, la yuxtaposición de los símbolos lo dice todo: el nacionalismo estadounidense, la supremacía blanca y el fascismo no son tan ajenos entre sí como podría creerse.

Estos tres episodios, que abarcan casi un siglo de historia estadounidense, resumen el enigma que este libro pretende esclarecer. La inquietud que suscitan, tanto ayer como hoy, se debe menos a la presencia de la esvástica que a su reiterada yuxtaposición con el emblema nacional estadounidense. ¿Cómo pudo el país que se presentó como baluarte de la libertad frente al totalitarismo, que combatió a Hitler y durante mucho tiempo se definió en oposición al fascismo, producir movimientos capaces de reivindicar simultáneamente a Estados Unidos y a sus enemigos más aborrecidos? Esta tensión, inscrita en el corazón de la historia política de Estados Unidos, es la que recorre este libro. (…)

Tras constatar los límites de una candidatura independiente, Duke (David Duke, nacido en 1950, antiguo neonazi y líder del Ku Klux Klan en la década de 1970, n. del t.) cambió de estrategia y se afilió al Partido Republicano. La decisión resultó ser premonitoria. En 1989 se presentó a un escaño en la Cámara de Representantes de Luisiana, en un suburbio de Nueva Orleans de mayoría blanca. Ya en la primera vuelta, Duke sorprendió a los observadores al obtener un tercio de los votos y quedar muy por delante de los demás candidatos. En la segunda vuelta, ganó por unos cientos de votos, pese a la movilización de numerosos dirigentes republicanos, entre ellos Reagan y el presidente George H. W. Bush, que apoyaron oficialmente a su adversario.

Irónicamente, su electorado procedía en gran medida de los Reagan Democrats, aquellos votantes blancos de las clases populares que durante la década de 1980 habían pasado del Partido Demócrata al bando republicano. Muchos de ellos, sobre todo en un estado sureño y pobre como Luisiana, donde Huey Long ya había demostrado en el periodo de entreguerras la eficacia de un discurso demagógico y populista, se mostraron receptivos a un mensaje que mezclaba los temas tradicionales del nacionalismo blanco (denuncia de unos medios de comunicación «sesgados» por estar controlados por judíos, críticas a los «parásitos» identificados con las minorías raciales y oposición a la discriminación positiva), al tiempo que ocultaba cuidadosamente sus vínculos con el movimiento fascista.

Envalentonado por este éxito local, Duke emprendió varias campañas de mayor alcance. En 1990 obtuvo el 44 % de los votos en las primarias republicanas para un escaño de senador en el Congreso, y llegó a conseguir casi tres quintas partes del voto blanco. Al año siguiente, como candidato a gobernador de Luisiana, pasó a la segunda vuelta y volvió a obtener la mayoría del voto blanco, pero finalmente fue derrotado por el antiguo gobernador demócrata.

Duke intentó después aprovechar el impulso presentándose a las primarias presidenciales republicanas de 1992, pero su incapacidad para ampliar su base electoral y la revelación de su pasado neonazi pusieron rápidamente fin a sus ambiciones nacionales (obtuvo menos del 1 % de los votos).

El fracaso de Duke se explica en parte por el importante trabajo de campo realizado por activistas antirracistas, que se esforzaron por sacar a la luz su trayectoria y sus posiciones negacionistas.

Pero también fue consecuencia de la apropiación de sus ideas por parte de candidatos como Pat Buchanan, que no arrastraban su comprometedor pasado. Antiguo asesor de varios presidentes republicanos y figura mediática destacada del movimiento conservador, Buchanan se inspiró directamente en los avances electorales de Duke para organizar los suyos. En una de sus columnas publicadas a finales de la década de 1980, subrayó el significado político de la victoria de Duke en Luisiana, al considerar que el antiguo miembro del Klan había «conquistado el terreno abandonado por el Partido Republicano».

Duke, según Buchanan, no había hecho más que «llenar el vacío político dejado por los republicanos conservadores que, bajo Reagan, se habían dejado intimidar y habían renunciado a temas sociales con tirón electoral», como la resistencia a la integración residencial y escolar. Unos años más tarde, Buchanan pidió a los republicanos que no «se alarmaran porque Duke, cuando era adolescente, desfilara con uniforme nazi», sino que «examinaran atentamente el catálogo de temas ganadores de Duke y se apropiaran de aquellos que no contradijeran los principios del GOP [Grand Old Party, denominación tradicional del Partido Republicano]».

Estos fragmentos proceden de Breve historia del fascismo estadounidense, de Olivier Burtin. Editorial Payot, 2026

Convencido de que esta estrategia era acertada, Buchanan se presentó varias veces como candidato a la Casa Blanca. De este modo, se erigió en defensor de ideas que, bajo una pátina de respetabilidad a menudo muy fina, coqueteaban abiertamente con las tesis defendidas por el movimiento fascista desde hacía décadas: oposición frontal a los derechos de las minorías raciales, por supuesto, pero también hostilidad al libre comercio y a la inmigración, negacionismo más o menos explícito, apoyo al apartheid en Sudáfrica y a los criminales de guerra nazis, así como cuestionamiento de la democracia como sistema político.

Demostró el alcance de estos temas durante las primarias republicanas al obtener alrededor de tres millones de votos en 1992 y, de nuevo, en 1996, un año especialmente favorable en el que incluso ganó en cuatro estados. Sin embargo, en 2000, su campaña como candidato independiente bajo la etiqueta del Reform Party se saldó con una dura derrota, al obtener menos de medio millón de votos. Esta derrota volvió a demostrar lo que Duke ya había experimentado con el Populist Party: era extremadamente difícil, incluso imposible, abrirse camino fuera de los dos grandes partidos en un sistema político profundamente bipartidista.


© Ediciones Payot & Rivages, París, 2026.The Conversation

Olivier Burtin, profesor titular de Historia y Civilización de Estados Unidos, Universidad de Picardía Julio Verne (UPJV)

Este artículo se republica a partir de The Conversation bajo licencia Creative Commons. 

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