América está en movimiento otra vez
- Escrito por Luis Méndez
- Publicado en Opinión
Hace unas semanas, el presidente de los EE.UU. afirmó que “América está en movimiento otra vez”. Es decir, que antes, según sus propias palabras, el país había estado parado. Lo de parado o en movimiento, no es bueno ni malo por definición; todo dependerá hacia dónde y para qué. En lo que respecta a la parálisis exterior no estamos seguros de que los progresistas verdaderos deseen demasiado movimiento, sobre todo si es bélico. Volviendo a la frase, cuando América habla con el mundo (en este caso con Méjico sobre un dudoso T-MEC, que integra a América del Norte con posible inclusión del Reino Unido), lo hace sobre política exterior. Sería inaudito esperar que lo hiciera sobre sus propios asuntos. Que ella hable sobre los problemas de los demás es otra cuestión.
Sobre el contenido de la frase no hay que pensar que es una balandronada. Desde Afganistán e Irak, en la periferia, hasta Ucrania, Polonia y Taiwan en el centro (del mal), se ha producido una reactivación de las anteriores políticas de Obamay de los Clinton. Para la mayoría de los analistas la política exterior y militar de América ya no es la irrisoria del anterior mandatario. ¿Esto es bueno? Según las portadas de los periódicos más oficiales parece que sí, aunque hay que desconfiar: también era bueno lo de Irak y todo lo que vino después.
El de Trump fue considerado un tiempo de cierto desorden tanto fuera como dentro de los EE.UU. Hasta la Otan corrió el riego de desaparecer, según vaticinaron algunos analistas. Si se recuerda, las actrices, los comentaristas de radio y de televisión, los cómicos, la izquierda desleal y la derecha leal experimentaban el placer de poder señalar con el dedo a un presidente norteamericano. Eso no se experimenta todos los días. Le tocaba ganar a Hilary y no fue obedecida. Se repetía lo de Al Gore y Bush. El descontrol fue tan grande que periódicos distintos coincidieron en un titular parecido:¡América, vuelve a ser la de antes!, qué casualidad. Y Biden los escuchó y le quitó el capirote al halcón para que sobrevolara el mundo para poner orden.
Lo problemático del asunto es que tenemos que elegir entre las cartas de una baraja marcada: Trump o la Clinton. Ya hemos olvidado la escena de la secretaria de Estado levantando el pulgar cuando le comunicaban que Gadafi había muerto; y de qué forma. Algunos se preguntarán, ¿pero qué elección? Es cierto, no votamos, pero que el presupuesto de la Otan suba hasta un 2% nos afectará; como otras tantas cosas de la paz y de la guerra.
Dando un salto, desde una perspectiva progresista que no asuma los designios tatcherriganianos, la esperanza de que la América de siempre volviera, resultó bastante desorientadora. La historia es fundamental y hay que tenerla siempre a mano, e incluso trasladarla de lo general a lo particular (a lo nacional en este caso). ¿Imaginan que Vox ganara las elecciones y la única alternativa de cambio que se ofreciera fuera la del PP? Esto lleva a la conclusión de que sectores importantes del progresismo deben pensar con sus propios criterios y salir de las alternativas binarias metidas en una misma baraja. Cuando no se puede, no se puede, pero no por ello hay que abandonar las propias ideas si se está en la certeza de que son correctas. Ya vendrá su tiempo. No basta con simplificar los problemas, y en este caso distinguir entre demócratas y republicanos, en cuanto que en política exterior, la que nos afecta, forman un tándem bastante bien avenido. Si hay distinciones entre ellos no son sobre qué sistema, sino de cómo enriquecerlo. En todo caso es una pugna entre dos o tres capitalismos: el financiero, más volátil; l industrial, más material, y el de las nuevas tecnologías. Todo ello aderezado por el poder de las multinacionales.
Como decíamos, el problema es que desde que el tándem Tatcher -- Ragan, con el posterior apoyo del converso Blair, decidió echar hacia atrás las manillas del reloj de la historia, el pensamiento de la izquierda se dio por vencido y se desinfló. Pero, ¿cómo podemos pensar con las ideas de nuestros adversarios? Se habla de crisis de la izquierda, pero ¿no ha sido acaso provocada también por una dejación voluntaria del pensamiento crítico, del pensamiento dialéctico, para unirnos a un proyecto de injusta y de excluyente acumulación? Y la dejación hecha no ha simplificado los problemas, sino que por el contrario los ha agravado. En eso la angloesfera es admirable: tiene sus propios esquemas y no cede a los de los demás. La copiamos en lo equivocado y la ignoramos en lo ejemplar. La cuestión es que no queremos creer que mil oportunismos en definitiva dividen mientras una sola razón fortalece, aunque sea a largo plazo. Pero, ¿cuántas décadas se llevan perdidas?
Otro de los grandes errores de la izquierda ha sido el de desentenderse de la política internacional y creer que la política local era suficiente ¿quizás por menos comprometida? La izquierda, por esencia, ha de ser internacionalista; y no sólo por aspectos éticos, sino también por necesidad funcional. Si el adversario es internacionalista (el capitalismo lo es, y antes lo fue con un colonialismo que cubría el mundo) no se puede creer que con asfaltar las calles del propio pueblo es suficiente; aparte de que la derecha también sabe asfaltar sin sacrificio nada. ¿Acaso no es cada día más evidente que la economía es un todo en el mundo? ¿Podemos con perspectivas nacionalistas frenar los abusos, por ejemplo, de las multinacionales? Por otra parte, ¿no deberían las izquierdas extraamericanas apoyar a esa izquierda norteamericana que no comulga con las fórmulas que en EE.UU. imponen las grandes corporaciones?
El refrán afirma que tu compañía te define. ¿Qué hace esa izquierda leyendo exclusivamente en las bibliotecas de Harvard y de Oxford? ¿No hay otras bibliotecas en el mundo a las cuales también se pueda acudir? Siempre nos ha sorprendido la poquísima literatura sueca que se ha traducido, habiendo sido la experiencia socialdemócrata escandinava larga, variada y fructífera. En los setenta en el PSOE y en otros partidos de izquierda se criticaba a esa socialdemocracia como gestora del capitalismo. Hoy aquellas experiencias se consideran hasta revolucionarias. Por cierto, Harvard y Oxford egresan a mucho doctor en historia o en ciencias políticas que son simples publicistas de una determinada política del poder.
En esas alineaciones internacionalistas, bastante inactivas, nos extraña ver a partidos socialistas españoles y suecos, por ejemplo, junto al partido demócrata norteamericano. ¿Qué significa, que asumen las bombas atómicas del demócrata y católico Truman? ¿los bombardeos de Clinton marido? ¿las siete guerras simultáneas del demócrata Obama? Se dirá que el partido demócrata tiene diversas tendencias. Sí, a las que se les cierra el paso. ¿Acaso no ocurrió con Sanders para que triunfara la versión que se asienta en los poderes fácticos del país? Eisenhower, que fue militar y presidente conservador, alertó sobre el peligro. Él, volvemos a Sanders, probablemente, habría ganado a Trump, pero pudo más la avaricia y la soberbia. No es ningún secreto. ¿El tal Sanders, no necesitaría un apoyo internacional más explícito? Increíble que un progresista crea que la Clinton u Obama representan el progresismo, por más que griten yes we can.
Estar en movimiento de nuevo, tal como dice Biden, no es suficiente. Hay que saber claramente hacia dónde se dirige ese movimiento. Para un progresista nunca hacia la guerra, menos como negocio; las sanciones a los que ejercitan su soberanía; la depredación económica; la judicialización de la política cuando los golpes de estado no son posibles; el saneamiento de la balanza comercial mediante mecanismos de fuerza; la injerencia.
Tal es el maremagnun ideológico en las izquierdas, que si se buscan alianzas internacionales, se encuentran partidos de todo tipo con programas enfrentados, y donde conviven (o no), liberales, demócratas, terceraviaistas, progresistas, conservadores de centro, liberalconservadores, extrotkistas, exeurocomunistas, verdes, amarillos, rojos, grises, etc. etc. sin que se pueda entender cabalmente de qué hablan, aunque casi siempre hablen en inglés. Para lo más que dan es para invocar la libertad y los derechos humanos, sin que luego esos conceptos se materialicen con el desarrollo de los derechos sociales o mediante la defensa de países que quieren ejercitar su propia libertad frente a los que quieren imponerles sus criterios. Por supuesto, de Guantánamo ni palabra. Y si se instituye un penal de ámbito internacional, vemos que sólo es para los peces chicos, principalmente de África.
E insistimos en algo que consideramos fundamental: la izquierda no puede pensar ni actuar con los postulados de la derecha. Una cosa es no hacer lo que se debe porque no se puede, y otra muy distinta no hacerlo porque no se quiere y porque comodidades y egoísmos se entremezclan. Se puede escribir un panfleto con cincuenta razones para el no a la OTAN y luego ser secretario general de ella y desatar una guerra en Yugoslavia; lo que no se puede es que habiendo sucedido todo eso, se pueda seguir siendo un socialista íntegro, ejemplar, que marque pautas. La primera parte es responsabilidad suya; la segunda de quienes lo aceptan así.
Y esta labor de pensar con ideas propias no es una labor exclusiva de políticos (que no son sólo los institucionales), sino de intelectuales, de artistas, de dirigentes sindicales, de estudiantes, por supuesto, de trabajadores. Pero a pesar de que casi todos hablan de renovar la izquierda, no está claro a qué tipo de movimiento se refieren. Por supuesto, si es el de la guerra, es que la cosa no tiene solución.