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Política. La “Llamada”

Entré en contacto con Michael Grant Ignatieff, a través de la lectura de su magnífica biografía de Isaiah Berlin, el gran filósofo político liberal. Y hace ya un par de años, me leí su interesante “Fuego y cenizas”, en el que narra su desastroso paso por la política, como líder del Parido Liberal de Canadá. Es un magnífico, a mí entender, análisis de lo que significa hoy dedicarse a la política. Y el capítulo final de este libro “La llamada” me ha emocionado, pues además de coincidir totalmente con las ideas que expresa, me parece una lúcida y responsable llamada, a seguir la vocación política (muy a pesar de su dureza) como el mejor servicio a los intereses más nobles de los ciudadanos.

“Podrías pensar que la política no es más que un juego sucio que no tiene nada que ver contigo. Espero que al acabar de leer el libro hayas llegado a una conclusión muy distinta: que constituye un noble combate que necesita un autocontrol, un buen juicio y una fortaleza interior, mayores de lo que nunca podrías haber imaginado poseer. La nobleza reside en la lucha por defender aquello en lo que crees y animar a otros, a luchar para mantener lo mejor de nuestra vida en común como pueblo. El reto está en intentar cambiar lo que se debe cambiar y en proteger lo que debe ser protegido, y en saber diferenciar entre ambos”.

Sinceramente no podría decir cuando me llego a mí la “llamada”. Como ya he escrito algunas veces nací en el seno de una familia “política”, y desde jovencito ya sentía dentro de mí ese reclamo de la política. Recuerdo que ya a los 16 años, cuando comencé a trabajar en el comercio de mi padre, antes de la hora cerrar, en el anverso de las hojas de caja antiguas, escribía cortos textos sobre temas políticos ¿Qué otra cosa podía hacer políticamente, en los tiempos más oscuros de la dictadura? Pero en 1974, cuando le confesé a mi padre que me había afiliado al PSOE, me mostró su preocupación por mi seguridad, me aconsejó reiteradamente que llevara mucho cuidado, y que procurara no acumular un exceso de carga emocional en mi vocación política. Pero sus consejos no sirvieron (él ya lo sabía) para evitar que yo pusiera toda mi pasión en ella. Entré en la política real con una pesada carga emocional, y pagué un precio por ello. Pero no me arrepiento, es mejor haber pagado que haber vivido una vida a la defensiva, que habría sido una vida vivida sin plenitud.

Igual que Ignatieff, pienso que abrazar la vida política implica dejar a un lado la inocencia. Implica estar dispuesto a pagar los costes, aun antes de saber a cuanto va a ascender la factura. Implica conocerte bien a ti mismo y ser inamovible en los motivos por los que abrazaste la política. Saber que no puedes tener éxito a menos que la gente que debe elegirte, esté convencida de que estás ahí por ellos. Pero si creen en ti, estarán contigo en los buenos tiempos y en los malos. Su lealtad no es algo a lo que tengas derecho, sino que te la tienes que ganar día a día (este, me parece, es un punto que hoy muchos ya han entendido, debido a la actual desafección hacia los políticos). Te haces acreedor a esta lealtad, siendo quien dices ser y demostrando que estás de su parte. Si te prestan atención, permanecerán contigo incluso cuando estén en desacuerdo, y confiarán en ti como líder si creen que tus convicciones son sinceras. Deben notar que eres una persona íntegra y que estás esforzándote por ellos.

El antagonismo es la esencia de la política (incluso dentro del propio partido) y se necesita el temperamento de un luchador si se quiere sobrevivir. Los ciudadanos no van a apoyar a alguien que no sabe como defenderse. No cabe duda de que duele que nos ataquen, pero no es más que un acto de vanidad tomárselo personalmente. Quizás convertirse en adulto, signifique aprender a no tomarse las cosas como algo personal: “defiende tu honor y tu integridad a toda costa, pero nunca dejes que tu yo más íntimo se vea afectado por un ataque personal”. No des a tus adversarios esa satisfacción. Y especialmente defiende siempre tu posición, tu derecho a ser escuchado.

Debemos, a toda costa, mantener la fe en el buen juicio de los ciudadanos, sin que nos desanime el número de veces que su voto no nos sea favorable. Si dejamos de creer en la racionalidad última de los votantes, no poseeremos la fuerza necesaria para hacer que la democracia funcione. La democracia sólo merece su privilegio moral, si existen buenas razones para creer en el buen juicio de los ciudadanos. En ocasiones puede resultar muy difícil aceptar su veredicto, pero lo cierto es que no disponemos de otro árbitro. Ser un buen político implica ser responsable “ante” la gente que nos eligió, y también responsables “por” nuestras acciones. Y estamos en política porque la reivindicación que necesita la democracia, no es la de las palabras sino la de los hechos, no la de la teoría sino la de la acción.

Si llegamos a ser elegidos como representantes parlamentarios, jamás debemos olvidar el asombro que sentimos el primer día, cuando tomamos posesión de nuestro escaño (yo recuerdo aún la sensación que sentí en 1977, al sentarme en los mismos sillones que ocuparon Julián Besteiro, Indalecio Prieto, Largo Caballero, Manuel Azaña…) y recordemos siempre con emoción, pero también con angustia por la responsabilidad, que fueron los votos de la gente corriente los que nos llevaron hasta allí. Igualmente bueno es no olvidar que no somos más inteligentes, que las propias instituciones democráticas que nos cobijan. Ellas están ahí para hacernos mejores de lo que somos. El respeto por las tradiciones y las reglas democráticas (incluso por las que nos parezcan más estúpidas) forman parte de nuestro respeto por la soberanía del pueblo y por la democracia que garantiza nuestra libertad.

En mis años de diputado aprendí que la democracia difícilmente puede funcionar, en ausencia de una cultura de respeto a nuestros antagonistas (y en aquel tiempo eso era así en el Congreso de los Diputados). En política debes de ser leal a ti mismo, a tu partido, a la gente que te ha votado y también al país. Y dado que estas lealtades entrarán en conflicto con cierta frecuencia, hay que tener claro que pude que en un momento, tengas que poner a tu país por encima de todo. Y en ese momento, a la hora de dejar claras tus lealtades, es conveniente no olvidar tampoco, el debido respeto a la política en si misma. La política, en contra de los que algunos piensan, no es un simple juego, se trata de algo mucho más serio. Si somos diputados o senadores, somos legisladores. Y llegarán momentos en los que debamos votar decisiones duras para muchos ciudadanos. No, no se trata de un juego cuando estamos decidiendo sobre cosas, que afectaran de forma importante a muchas personas.

La política tampoco es una profesión, dado que una profesión implica estándares y técnicas que pueden ser enseñados. No existen técnicas en la política, no es una ciencia sino un arte (el arte de lo posible, se ha definido a veces). Un arte que depende de nuestra capacidad de persuasión, de nuestro nivel de oratoria, y de una perseverancia a prueba de bomba; todo lo cual puede aprenderse en la vida, pero no enseñarse en un aula o en el despacho de un consultor. Tampoco es una profesión, en el sentido de constituir una carrera estable. Tu vida política puede terminar en cualquier momento (que me lo expliquen a mí) así que debes asegurarte de que tienes una vida anterior, y estar preparado para seguir con una nueva vida después (y sí, sí, hay vida más allá de la política). Max Weber distinguió bien entre aquellos que viven “de” la política, y los que viven “para” ella. Y sólo los que viven “para” ella, pueden entenderla como una “llamada”.

Se suele entender que lo de una “llamada”, está reservado a los curas, las monjas, los místicos, los fanáticos… Pero entender como tal la vocación política, en un mundo tan pecaminoso y mundano, “tiene su qué”. Y sí, muchos políticos son mundanos y pecaminosos, pero muchos otros son leales, valientes y honrados. En el camino “nos manchamos las manos” (como decía Ruiz Giménez) para alcanzar fines que suponemos limpios. Con frecuencia utilizamos los vicios humanos – la astucia, el halago, la soberbia…- al servicio de las virtudes – la justicia y la decencia -. Pretendemos servir a la única divinidad que nos queda, las personas, y debemos aprender a aceptar sus veredictos. Estos veredictos, como decíamos, pueden ser con frecuencia difíciles de entender, pero no disponemos de nada más en lo que poner nuestra fe.

Y termina Ignatieff con estas palabras: “Los cínicos despreciarán esta visión de la política pero, para aquello que han pasado por ella, como yo, tiene un aire de verdad. Se trata de una visión de lo que la política podría llegar a ser, que te permite entender lo que es en realidad… Pensemos en la política como en una “llamada” que nos empuja hacia adelante, siempre hacia adelante, como una estrella que nos guía. Aquellos de nosotros que respondimos a esa “llamada”, sabemos que el éxito o el fracaso, importan menos que el hecho de haber respondido. Lo que ahora esperamos es que otros, más decididos, más valientes y más dedicados, respondan también. Es por ellos, por estos jóvenes hombres y mujeres, por lo que este libro ha sido escrito”.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.