EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
La batalla cultural también es política

Que haya una cultura hegemónica no significa que sea la única. Subrayarlo es necesario porque vivimos tiempos de posibles transformaciones. Nada valioso debe perderse, tanto si es parte de lo hegemónico como no. Pero esa transformación está sufriendo embates que deforman el pensamiento. Se constata en la selección y anulación de autores y asuntos.

En “El ministerio del miedo”, Graham Greene afirma que no es lo mismo tener ideas que sentirlas. Este autor es idóneo para las mentes contradictorias, para los escépticos con creencias. También para quienes, siendo críticos con la política británica, valoran parte importante de su cultura. Sólo se habla de Shakespeare (un fiel servidor que no se arriesga, al contrario de Cervantes) cuando también están Ben Jonson, Jonathan Swift, Alexander Pope, Jeremy Bentham, Thomas Carlyle, John Stuart Mill, Charles Dickens, Oscar Wilde. (sobre todo el más humanizado tras la cárcel; hay que leer su artículo sobre los niños en las prisiones británicas o sus sorprendentes opiniones sociales) o George Bernard Shaw entre otros muchos.

Candidato al Premio Nobel (y eliminado con argumentos estúpidos), Greene ha sido olvidado, víctima del pensamiento liviano o extremista, mezclados ambos en muchas ocasiones. Al otro lado tenemos a un anglófilo no inglés, sin fisuras: Jorge Luis Borges (otro eterno candidato). ¿Nos interesa el personaje? No, nos interesa el síntoma, quién mueve los hilos, quién está empeñado en resucitarlo: ¿por qué esta especial insistencia en reflotarlo como el único, cuando hay grandísimos escritores mundiales olvidados?

Posiblemente porque en él se ha depositado la llama votiva y fatua de la defensa de lo angloamericano (sólo destaca nombres ingleses, norteamericanos o escandinavos, mientras el resto es inexistente o menospreciado). También porque al resucitarlo se reaviva indirectamente la indeseable leyenda negra, quizás temiendo la consolidación de un indeseado lazo entre España e Hispanoamérica. Recuérdese la frase atribuida a Kissinger: “Una España fuerte es peligrosa” (aquí fuerte es sinónimo de nuclear, recuérdese el frustrado proyecto Islero).

La cuestión es que Borges pretende ser la puntilla de, como mínimo, uno de los extremos de tan prometedor arco iris: "América Latina no existe. Hablar de América Latina es una generalización que no corresponde a la realidad. No menos injustificable y vago es el término Hispanoamérica". Como esto es poco, añade: “La literatura hispanoamericana, como un bloque unificado, tampoco existe”. "Hispanoamérica es apenas una superstición. No ha aportado nada a la cultura del mundo, salvo algunos dictadores". La conclusión es letal: "Hispanoamérica no tiene por qué existir”. ¿Aplica a la anglicidad, a la Commonwealth, las mismas dudas y reproches? En absoluto: "El Imperio Británico hizo lo que debía hacer: civilizar a los salvajes". ¿Al modo de Videla con los argentinos?

En definitiva: descuartizadlos y devoradlos. Mientras tanto, muchísimos españoles e iberoamericanos, en su despiste, aplaudiendo. ¿Qué mejor cuña que la de la misma madera? “Escribo en español porque respeto demasiado el inglés”, decía. Según él y su ínclito y ultraconservador entrevistador, William F. Buckley Jr., el idioma español es “tosco” e “insuficiente”. Quien vea la entrevista comprobará la pobreza de los argumentos, junto a la ignorancia). Esto frente a la “plasticidad del inglés o del alemán”. Extraño escultor que escoge un cincel mellado. Aparte de que sus opiniones sobre cinceles son muy frágiles: confunde estilo y estructura gramatical. Es evidente que no es filólogo. Critica nuestro barroquismo, como si fuera la única escuela existente. Quizás no conocía los consejos del gran conceptista Gracián, quien en sus recomendaciones para “No cansar”, decía: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aun lo malo, si poco, no tan malo”. Probablemente esta última es la causa por la cual algunos sólo cultivan el cuento.

No somos partidarios de que una escuela acabe con otra, costumbre que tiene un trasfondo más ideológico que estilístico. ¿Qué sería de un jardín monocolor, tal como algunos pretenden en estos tiempos de unilateralismo y exclusión? Lo deleznable de Borges es esa misión a la que sirvió sin necesidad, y que pervive, muerto él: disminuir deslealmente aquello de lo que formaba parte. Pero el público hispano sí le valía como cliente. No entendemos esa persistencia dañina contra una cultura que no tiene más defectos que aquella que él defendía. Menos mal que destacaba inconsecuentemente “el placer de leer y pensar sin prejuicios”. Así son los escalones que llevan al éxito.

Volviendo a Greene, expertos efímeros, falsamente asépticos, dirían de él que no se trataba de falta de calidad, sino en cómo envejecieron su estética y su influencia en la literatura actual. Yendo a escalas británicas instituirían a Borges como al creador de la literatura del siglo XXI, mientras destituían a Greene como a un autor pasado de moda. ¿Estarían decorando un dormitorio? ¿O es que los que sienten y se comprometen con las ideas son más molestos que aquellos que se abstraen en la irrealidad? Ya ocurrió en la pintura con el expresionismo abstracto norteamericano, que desplazó a París como capital del arte. Qué mejor técnica pictórica que la "liberación del plano pictórico", la "geometría fractal", el "automatismo psíquico" “la destrucción de la ilusión de profundidad del arte europeo y obligar al espectador a mirar únicamente la materialidad del pigmento” (sesudolindezas de Greenberg), y que consistía en chorrear pintura sobre el lienzo (dripping, he ahí riqueza creativa de un idioma).

Para captar el ambiente en el que vivió hay que recordar que Borges no fue ajeno a la secular batalla entre el puerto bonaerense, patricio, anglófilo, librecambista e independentista, y el interior argentino, hispanocriollo, arancelista, proteccionista, también independentista, y antibritánico. Su abuela, británica; la biblioteca familiar y las lecturas inglesas en inglés: el idioma, angloespañol (seguramente por necesidad, para ir al mercado); la institutriz, inglesa, una Mary Poppins, pero la del libro, no la de la película. ¿Fantasías? No todos vemos la mano de la casualidad en la fama. De vez en cuando hay que pasar por caja y pagar tributo.

Esta misma justificable asimetría contra nuestro idioma se observa en nuestra propia cultura. Defensores del español sostienen con números que los criterios de los premios nacionales en España son discriminatorios. Datos del Ministerio de Cultura reflejan un sesgo paradójico: un alto porcentaje de los galardones se otorga a obras en lenguas regionales, cuya población hablante no representa más del 12%. El caso del Premio Nacional de Poesía es el más llamativo: de los últimos ocho galardones, seis han sido en lenguas cooficiales. El español, sobre el yunque inglés y bajo el martillo cooficial. ¿Anulación de lo cooficial? En absoluto: proporción.

Es inútil negar que tras la literatura hay intereses extraliterarios totalmente ajenos a la calidad. Con intención meliorativa se describe a Borges como a un representante de la “filosofía abstracta” (¿cuál es la concreta?); de las “ideas puras, matemáticas y filosóficas”. Juega con el “tiempo circular”, con el “idealismo de Berkeley” (quien en el colmo del solipsismo negó la existencia objetiva de todo, incluidos los demás hombres ajenos al sujeto que percibe); los “laberintos lógicos”; la noción de que el “universo es un libro infinito”. Todo, aire e imprecisión. ¿Cerebridad y matemática? ¿dónde? Será la de Agatha Christie.

Circunscribir la discusión al infinito permite establecer dónde está el centro: donde se quiera. Por el contrario, Greene es el compromiso con la conciencia, con la duda. Pero, ¿hay cosa más caduca, más endeble que ambos conceptos? Mientras Borges nos hace dudar de la realidad, lo que no lleva a nada, Greene lo hace de la bondad humana, lo que puede servir para regenerar.

Dudar de la realidad es dudar de su contenido: injusticia, violencia, miseria, miedo, mentira, crueldad, guerra, corrupción. ¿No son éstas las preocupaciones de “El poder y la gloria” y la persecución religiosa; “El americano impasible” y el colonialismo francés y el intervencionismo estadounidense en Indochina; “El tercer hombre” y la corrupción; “Nuestro hombre en La Habana” y el espionaje en la Cuba prerrevolucionaria; “El factor humano” y los dilemas morales de un doble agente británico; “El revés de la trama” y el conflicto moral de un policía en África; “El ministerio del miedo” y las quintas columnas; “Los comediantes” y el dictador Papa Doc y sus Tontons Macoutes en Haití; “El cónsul honorario” y el compromiso de una política y religión que miren hacia la tierra, no hacia el cielo?

¿De qué habla Borges? Del infinito; de los mundos alternativos; de los laberintos matemáticos (¿dónde está esa matemática?); del universo; de la inmortalidad; de la identidad desdoblada; de biografías falsificadas (¿hay más?); de imposibles objetos monstruosos, como un libro infinito; de las paradojas del tiempo y de la naturaleza ilusoria de la realidad (cuánto se la teme); de un punto de unos dos o tres centímetros (precisión geométrica) que contiene todo el universo y donde el tiempo y el espacio ya no importan. Dentro, el dolor, las guerras, la injusticia se disuelven literariamente. Si todo está ahí al mismo tiempo, nada importa: todo es puro misterio. Tras conceptos tan inconcretos sólo se percibe el ruido de la nada. Y la soledad: ¿cómo crear camaradería con tales términos?

¿Son metafísicas sus críticas a lo hispano? No, es impúdicamente explícito. La labor requiere claridad y no mixtificaciones astrales. Para atenuar su inquina podría haber hablado metafóricamente de un chalado revestido de latón que volaba sobre un murciélago gigante, hablaba un idioma atronador y tosco y era paradigma de la demencia de un pueblo; o de una bella princesita tornasolada y revestida de ríos, bosques y riquezas, que se resistía a ser abducida por un vampiro poético y generoso. Pero, no, no es el lenguaje insustancial de sus “cuentos”.

A pesar de que según él "el compromiso político en la literatura es una forma de cursilería. El escritor no tiene el deber de ser un propagandista", su apoyo a Videla y Pinochet (viajó a Chile para abrazarle), su actitud es bien explícita: “La tortura es una necesidad lamentable"; el “fusilamiento” estaba justificado; las Madres de la Plaza de Mayo eran unas “locas" o "farsantes" que buscaban lucrarse, a la vez que negaba sistemáticamente la existencia de desaparecidos.

Junto a la desaparición de Hispanoamérica desea la desaparición de su sistema electoral. “Las elecciones se deberían postergar trescientos o cuatrocientos años, pues se necesita, no un gobierno de hampones democráticos, sino un gobierno honesto y justo” de “caballeros” (extraño: un sistema así, de caballeros, es el que ha ocupado la mayor parte de la Historia). Pasada la dictadura se excusó diciendo que no sabía (las cuatro quintas partes de Alemania tampoco sabían); más digno hubiera sido sostener su verborrea política. La desventaja del hombre preparado es que no puede justificarse diciendo que era estúpido pero que no se daba cuenta.

Esta misma ceguera opera en sus juicios literarios, como su sibilina crítica al Quijote. Para él, la obra no es valiosa por su realismo o por el retrato humano y doliente de su época, sino únicamente por la "magia" del desdoblamiento y por el hecho de que Don Quijote sea lector del Quijote. Al reducir la novela a un mero juego de espejos, Borges comete una doble traición: despoja a la obra de su contenido, de su crítica social y de su profunda raigambre hispana para convertirla en otro laberinto abstracto, a la vez que menosprecia la prosa de Cervantes tachándola de "descuidada". Hay que autojustificarse y destruir la grandeza de la literatura que comprende el fracaso humano, y sustituirla por una “matemática” sin un solo número o fórmula.

El contraste es evidente y no lo ve quien no quiere. Por un lado, un autor cobijado bajo el manto anglosajón y sus instituciones culturales, abstraído o no según la realidad a tratar; por el otro, un autor (hablamos de Greene) que usó su literatura para describir las injusticias de su propia patria. ¿Los separaba un tiempo insalvable? No, eran contemporáneos (vivieron en el mismo mundo y vieron los mismos desastres); es más, Greene murió cinco años después. Y es que, efectivamente, no es lo mismo jugar con ideas que sentir la realidad. Si olvidamos estos detalles, ¿con qué derecho nos vamos a quejar del nihilismo, de la ecpatía, de la evasión irresponsable mediante inasibles cuentos metafísicos?

Borges podría haber existido sin tener que denostar a los demás (sus críticas rebasan lo hispanoamericano); de la frontera septentrional abajo no deja títere con cabeza. Lo que dice sobre dudar es un simple adorno discursivo. Despreciar la lengua de un pueblo es el primer paso para eliminarlo. Hispanoamérica sí existe; otra cosa es que haya quienes deseen su dispersión para degluirla mejor. Una Hispanoamérica más sabia que él, que reconoce, a pesar de todo, el positivo y necesario enlace entre ella y España.

Borges representa la victoria de la abstracción estéril sobre la conciencia responsable; un infinito vacío. Al final, la batalla cultural se reduce a una sola decisión: si la literatura es un laberinto para esconderse o un espejo para mirarse y transformar

¿Por qué Borges no deja títere con cabeza? ¿Por qué su misión parece la de menospreciar todo lo que no es anglosajón? García Lorca (fusilado, como él defiende) era "un hombre que no tenía ideas intelectuales, sino meramente visuales", un “exhibicionista profesional”. No es que del poeta compartamos todo (por ejemplo, su taurinofilia, que no taurofilia, a no ser que se la piense con patatas, y en lo que el argentino coincidía ¡vaya por Dios!), pero, ¿acaso lo que critica no es lo que él mismo hace en sus textos y múltiples entrevistas? ¿No son sólo sonoros sus contenidos? Con la gran diferencia de que nunca fue un poeta en Nueva York que denunció el capitalismo salvaje, el racismo, la alienación urbana, la deshumanización de la ciudad. Ni nunca recorrió en una barraca, en La Barraca, los pueblos más humildes para mostrarles el teatro clásico español. Al contrario, Borges frecuenta los clubes elitistas y mitifica a los gánsters de la ciudad. No obstante, la delincuencia es la única categoría donde el hispano, el argentino, sale mejor parado que el anglosajón: un gran detalle.

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