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La visión fascista de la evolución política británica con relación a Rusia


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Richard Stafford Cripps. / Wikipedia. Richard Stafford Cripps. / Wikipedia.

Uno de los periodistas más destacados, y a la vez controvertidos de la historia contemporánea italiana, fue Giovanni Ansaldo (1895-1969) porque de su inicial y activo antifascismo en los años veinte, pasaría a colaborar desde distintos periódicos con el Estado fascista, destacando, en ese ámbito, sus artículos sobre política exterior. En la revista fascista italo-española Legiones y Falanges publicó en distintos momentos. Nos interesa en este apunte su análisis, que en el número de agosto de 1942 de dicha publicación realizó sobre la evolución de la política exterior británica en relación con Rusia porque intentaba demostrar la supuesta traición británica a su propia tradición, pero también a Europa al considerar que se había echado en brazos del supuesto peor enemigo, es decir, el bolchevismo.

Ansaldo recordaba en un artículo, cuando ya se había cumplido un año del ataque alemán a Rusia, cómo la reina Victoria había desarrollado un verdadero odio hacia Rusia que, en su opinión, no habría sido fruto de una “antipatía mujeril” (comentario harto significativo, por cierto) ni resultado de impresiones o estados de ánimo pasajeros. Su origen se encontraba en la experiencia en su reinado. Ansaldo consideraba que la reina no fue muy inteligente pero siempre habría desarrollado un acusado sentido para saber que beneficiaba o perjudicaba a la potencia imperial británica. Siempre habría sabido la importancia del dominio y la seguridad de la India porque allí estaba el pilar del imperio. Y la única potencia europea que podía entorpecer dicho dominio era Rusia, de ahí su desconfianza y su supuesto odio hacia la misma.

Además, y siempre según esta interpretación, Victoria había sido una reina de la burguesía, una clase social que en Inglaterra había abrigado siempre “justificadas sospechas contra Rusia” porque suponía una amenaza para su propia riqueza.

En todo caso, la hostilidad hacia Rusia había sido una constante de la política exterior británica durante todo el siglo XIX. En ese sentido, el principio anti-ruso lo plantearía en 1877 el historiador Robert Seely en The Expansion of England donde explicaba el problema ruso en función de la India. En política, sería Lord Curzon quien hablaría de estas cuestiones en su Russia in Central Asia. Además, al ser nombrado virrey se esforzó en construir un bastión defensivo en torno a la India, además de emprender campañas en esa línea como la de 1904 con tropas anglo-indias en Lhasa, en el Tibert. Curzon sería para Ansaldo el prototipo de político británico fiel a la tradición anti-rusa y, en consecuencia, el más fiel a las “verdaderas exigencias imperiales británicas”.

El odio a lo ruso también se daba en el plano social, ya que esa antipatía existía tanto en las clases políticas y entre las populares, y para ello citaba el incidente de Hull en 1904 cuando la escuadra del Báltico, que se dirigía al Extremo Oriente, hundió por equivocación en el Canal de la Mancha a unos buques pesqueros ingleses, provocando un sentir anti-ruso general. Dicho sentimiento contra ese “monstruoso conglomerado de barbarie mogólica y de corrupción bizantina” (el comentario, como vemos, no tiene desperdicio) habría durado hasta el estallido de la Gran Guerra, citando algunos datos periodísticos y hasta de algún personaje, pero obviando, como vemos, el giro político que había llevado a la firma de la Triple Entente y que haría que Londres y San Petersburgo terminaran aliados, un aspecto que nos llama poderosamente la atención en un personaje muy bien informado y culto, aunque imaginamos que la omisión era interesada, con el fin de justificar que el cambio de actitud británica hacia Rusia era fruto de determinados factores de la época de entreguerras, como veremos muy pronto.

La revolución rusa acrecentaría, aún más, la tradicional desconfianza británica hacia Rusia. Por eso, la táctica del Komintern sería vigilada por Curzon, inmediatamente después de Versalles, al que Ansaldo consideró como “el último victoriano”.

Pero, después las cosas cambiaron, comenzando por la “orientación mental de la clase política inglesa” con relación a Rusia. El carácter fuerte y conservador de la burguesía victoriana se habría atenuado y corrompido. Y ahí estaba el factor judío haciendo, en su opinión, una erosión enorme en todo el tejido social y en favor de rusia y del bolchevismo, un argumento muy querido del fascismo. Los judíos habrían presentado al bolchevismo como una experiencia a tenerse en cuenta, y que no podía rechazarse en bloque, ni a priori, y que debía estudiarse y conocerse. Así pues, estudiantes de Oxford en un ejercicio de snobismo, parlamentarios preocupados de no presentarse hostiles a las “experiencias revolucionarias”, damas que habrían hecho turismo por Rusia, y periodistas en busca de algo sensacional contribuyeron a preparar la nueva política rusófila, inaugurada con el vieje de Eden a Moscú.

La alianza de Inglaterra con Rusia estaba provocando que la propaganda bolchevique volviera a fondo en los países fronterizos de la India. Inglaterra, un poco por maniobra política y otro por una sincera simpatía por el único aliado eficaz que le quedaba (un comentario harto curioso en el verano de 1942 porque Estados Unidos ya estaba en la guerra) había entrado en el juego de la propaganda soviética, y hasta se rendía homenaje al busto de Lenin en las escuelas soviéticas de Londres.

El hombre representativo de esta “paradójica aventura inglesa” sería Stafford Cripss, que desde el conservadurismo había entrado en las filas laboristas, y que había promovido la alianza entre laboristas y comunistas. Esta interpretación se basaría, según pensamos, en el hecho de que Cripss tendió claramente hacia el marxismo en el seno del Partido en materia económica, aunque no en aspectos como la religión. Además, fundaría la Liga Socialista y sería un ferviente antifascista. En 1940 (ya no era miembro del Partido Laborista, aunque luego regresaría a su seno en la posguerra siendo ministro) llegó a ser nombrado embajador en Moscú, intentando que Stalin se enfrentase a Hitler sin éxito, aunque luego con el ataque alemán se convertiría en una figura clave en la alianza entre los occidentales y los soviéticos. Ansaldo pensaba que sería el sucesor de Churchill.

Así pues, Ansaldo consideraba que Inglaterra, al arrojarse en brazos de Rusia, haciendo a ésta árbitro del Asia Central, habría renegado de su tradicional política asiática. Al abrir la puerta a la propaganda soviética habría abandonado sus propios ideales “puritano-burgueses” de su civilización y prosperidad.

Pero, es más, Inglaterra había traicionado a Europa porque su sentimiento y su política contrarias a Rusia, aunque obedecían a intereses propios, estaban, sin darse cuenta, representando a toda la causa de Europa.

Esta interpretación, obviaba, evidentemente, muchos factores y muchas cuestiones derivadas de la agresividad nazi y fascista, así como de la política internacional de antes y después de la Gran Guerra, además de acudir a un difuso antisemitismo para explicar el cambio de postura tradicional británica y de la generación de una inédita rusofilia en aquella potencia. En todo este discurso, por fin, no aparecía Churchill, un factor a tener muy en cuenta, como sabemos que, fiel a su odio al comunismo fue consciente de la necesidad de contemporizar para terminar con el horror representado por el Eje.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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