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El análisis socialista español sobre la crisis del liberalismo político en los años veinte


De izquierda a derecha, Sr. J A Pease (Lord Gainford), primer ministro británico Herbert Henry Asquith (1852-1928), primer vizconde de Haldane, Sr. McKenna y primer vizconde de Samuel en la Cámara de los Comunes, Londres. Asquith pronuncia un discurso sobre los acontecimientos en los Balcanes durante la Revolución Turca. Obra de arte original: dibujada por Ralph Gleaver para The Graphic, 1908. De izquierda a derecha, Sr. J A Pease (Lord Gainford), primer ministro británico Herbert Henry Asquith (1852-1928), primer vizconde de Haldane, Sr. McKenna y primer vizconde de Samuel en la Cámara de los Comunes, Londres. Asquith pronuncia un discurso sobre los acontecimientos en los Balcanes durante la Revolución Turca. Obra de arte original: dibujada por Ralph Gleaver para The Graphic, 1908.

A raíz de la dimisión como presidente del Partido liberal británico de Lord Asquith se realizó un análisis en El Socialista, en octubre de 1926, en su sección de “Puntos de vista” de un hecho que se interpretó como fruto de la crisis de los partidos liberales.

Los socialistas españoles valoraban la importancia histórica de los partidos liberales porque habrían cumplido una misión vinculada con el triunfo de la libertad de expresión. Por eso, los que valoraban el progreso tenían una deuda de gratitud con los liberales. Había sido un momento romántico en la Historia, pero dicho momento había pasado.

Siempre según el análisis socialista los liberales habían terminado por sujetar la libertad dentro de los moldes del régimen burgués, sometiéndola a sus “injusticias económicas”. Pero la libertad había saltado esos márgenes y se habría hecho socialista porque la desigualdad económica privaba a los desheredados de la posibilidad de practicarla.

No habría libertad auténtica o completa mientras hubiera “esclavitud” económica. Es más, se afirmaba que ni los propios liberales del momento querían la libertad política porque lo único que pretendían era conservar la sociedad capitalista, siendo enemigos declarados de las reformas sociales que pudieran humanizar el trabajo de los obreros, como hacían los conservadores, y a veces hasta los superaban.

En consecuencia, los liberales no habían progresado siguiendo el signo de los tiempos, y se habrían quedado atrás.

Así pues, según este breve análisis, los que amaban la libertad tendrían que admitir que los principios socialistas eran los que alumbraban la libertad del porvenir.

La dimisión de Asquith era un síntoma de lo que debían aprender los “liberales de buena fe”.

Hemos consultado el número 5525 de El Socialista, de 20 de octubre de 1926.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

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