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El anticlericalismo español en los años 30 del s. XX


El Presidente de la II República Española, Niceto Alcalá-Zamora y el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, salen del Congreso tras la ceremonia oficial de nombramiento como Jefe del Estado. Foto Luis Ramón Marín / FPI. Enhanced/Colorized El Presidente de la II República Española, Niceto Alcalá-Zamora y el presidente de las Cortes, Julián Besteiro, salen del Congreso tras la ceremonia oficial de nombramiento como Jefe del Estado. Foto Luis Ramón Marín / FPI. Enhanced/Colorized

Al proclamarse la Segunda República en abril de 1931, cabe recordar que ni el Ejército ni la Iglesia Católica se opusieron a la misma. Ni hubo golpe de Estado militar ni una sublevación religiosa, como los cristeros de Mexico. Además, también debe meditarse que, para lograr la candidatura republicana-socialista, alcanzar la mayoría en las elecciones municipales -en la mayor parte de las capitales de provincia- no sólo consiguió el voto de las clases populares sino de clases medias. Muchas familias de éstas les votaron ante la petición de voto republicano de antiguos políticos monárquicos conservadores o liberales -pero constitucionales- como Alcalá Zamora, Miguel Maura, Sánchez Guerra, Ossorio y Gallardo. Muchos de ellos católicos y que confiaron en que se construiría un régimen moderado.

Sin embargo, la mayor parte de los republicanos históricos que llegaron al poder decidieron aplicar una política religiosa de carácter marcadamente anticlerical, pensando en reproducir o ampliar la que había existido en la III República francesa a principios de siglo XX, como ya comentamos en otro artículo anterior. En mayo de 1931 se produjeron las famosas quemas de edificios religiosos en varias ciudades, no sólo de iglesias sino de conventos, pues algunos republicanos jacobinos habían identificado siempre “revolución” con “incendios” ¿y acaso no se hablaba en los discursos de “revolución republicana”? Por otra parte, no debe olvidarse el simbolismo del fuego como elemento para eliminar el pasado frente al futuro, de la quema como llave de una nueva época que se encontraba en el subconsciente de muchas personas. De pronto, muchos católicos llegaron a la conclusión de que se avecinaban tiempos difíciles, idea que se afianzó en los siguientes meses, cuando se debatieron diversos artículos en la Constitución republicana de carácter marcadamente anticlerical. Famoso fue el artículo 24 que declaraba: “El Estado disolverá todas las órdenes religiosas y nacionalizará sus bienes”.

De esta manera, se legalizó la expulsión de la Compañía de Jesús y la incautación de sus bienes, pues desde el siglo XIX los jesuitas se habían convertido en una auténtica “bestia negra” para los republicanos históricos. Incluso la literatura afín -como la novela “La Araña” de Blasco Ibáñez- había perpetuado el estereotipo del jesuita conspirador político ultramontano y avaricioso acumulador de riquezas. Se acordó la secularización de cementerios, la prohibición de enseñanza a órdenes religiosas, apostando por la escuela única y se establecieron una serie de restricciones a la presencia pública del catolicismo. Incluso se impuso que todo español sería enterrado de forma no religiosa, a menos que lo dejara así dispuesto ante notario; se impusieron multas y restricciones a manifestaciones públicas religiosas. Todo ello aumentó la sensación de persecución, desde el poder, entre los creyentes. El cardenal Segura, arzobispo de Toledo y primado de España, fue expulsado de España, acusado de realizar propaganda monárquica desde el púlpito, una exageración que demostró simbólicamente el poder de los republicanos, pero generó el primer mártir. No obstante, cabe recordar que El Vaticano no generó conflicto: Segura no volvió a España en los siguientes años, residiendo en Roma, ya que el papa confió en la experiencia de dos mil años que la Iglesia Católica acumulaba. Si se había podido sobrevivir al anticlericalismo francés, se subsistiría al español. Todo era cuestión de tiempo, organización y negociación.

Precisamente, a partir de 1931 se produjo un proceso de reorganización de los católicos a todos los niveles, educativo, político, legislativo, prensa.. para hacer frente a estos cambios. Su rapidez sorprendió a las izquierdas, pero realmente llevaban años acumulando experiencia. Por ejemplo, las mujeres en Acción Católica, tanto en su sección de adultas como de jóvenes, manifestaron su activismo proselitista. En ellas se había producido una modernización: de la activista del siglo XIX -mayor, con hijos educados y de clase alta- se había pasado a otra más joven, con estudios universitarios y de clase media. Los hombres también tenían experiencia organizativa por su participación en la Acción Católica, las cofradías, las Ligas Católicas o la prensa afín. De esta manera, El Vaticano aconsejó a los obispos españoles que fomentaran la reorganización en varios planos. En el social, los sindicatos católicos y la prensa; en la reconquista pastoral, la Acción Católica; y en el plano político, Acción Popular que luego sería el embrión de la CEDA. Por ello, apostaron por reformar el régimen republicano desde dentro, ante la decepción de los carlistas e integristas partidarios de la ruptura.

La política anticlerical, durante el bienio socialista-azañista, generó muchos problemas. Los católicos consideraron inapropiado el cambio de nombre religioso de calles, pero mucho peor fue la nueva rotulación. Por ejemplo, la calle madrileña de la Virgen del Carmen fue titulada “José Nakens” en homenaje a uno de los más virulentos anticlericales de comienzos de siglo. Además, no se pudo construir escuelas públicas e institutos suficientes para acabar con los colegios religiosos, de tal manera que se permitió su existencia mientras tanto, pero con la constante incertidumbre de su desaparición. La salida de pasos en Semana Santa, el toque de campanas, la retirada de imágenes religiosas en edificios públicos o monumentos se convirtieron en problemas de orden público. Para los católicos, los republicanos intentaban secularizar las conciencias a pasos agigantados, por lo que resultaba necesario reformar la constitución y asumir el gobierno. Para las izquierdas, la Iglesia continuaba “metiéndose en política”, calificando al País Vasco como “Gibraltar vaticanista” por la presencia del PNV y los carlistas.

Ante la sorpresa de muchos votantes de izquierdas, el centro y la derecha ganaron las elecciones de noviembre de 1933, provocando un giro en la política española. Para muchos izquierdistas de a pie “los curas tenían la culpa”. Desde un punto de vista religioso, se frenó la aplicación de la política anticlerical, pero, paralelamente, se intentó lograr un modus vivendi o concordato con El Vaticano. Fue la misión de Leandro Pita Romero que, finalmente, fracasó ante el miedo a ceder demasiado -que provocara una reacción violenta de las izquierdas- y la resistencia vaticana que exigió la reforma de los artículos anticlericales del texto constitucional. Pero los republicanos históricos y las izquierdas se negaron a tocar la Constitución, al considerarla piedra angular del régimen. Sus líderes continuaron manteniendo al anticlericalismo como un “pegamento” de unión electoral, afianzándose como señal de identidad, tal y como demostró la Revolución de Asturias, en octubre de 1934.

A partir de febrero de 1936, el centroderecha abandonó el poder, asumido por el Frente Popular que, entre otras medidas, retomó la política anticlerical del primer bienio, pero con mucha más intensidad. Hubo ya manifestaciones violentas anticlericales contra edificios, símbolos, manifestaciones públicas, incendios… Se amenazó al clero en algunos lugares, por lo que muchos sacerdotes tuvieron que abandonar sus parroquias; el ministro de Educación lideró una manifestación anticlerical en la capital; se volvieron a cambiar las calles; se culpó al clero de la represión por la revolución asturiana, etc. Una vía madrileña, en honor a la Virgen del Puerto, fue rotulada con la fecha de la victoria electoral del Frente Popular.

Al estallar la guerra civil se manifestaron dos tipos de anticlericalismo. En primer lugar, uno de derechas contra el clero nacionalista vasco (14 asesinados) o de izquierdas en la España alzada, que provocó la protesta del Vaticano, el cual logró frenar los fusilamientos. Otro de izquierdas, en la España republicana, donde la persecución violenta no sólo se concentró en el clero (unos 8.000 asesinatos) sino también en católicos militantes. La misma fue virulenta, especialmente, en 1936, al igual que la mayor parte de los cierres e incendios de edificios religiosos, con saqueo, destrucción o incautación de objetos para fines bélicos. Muchos edificios fueron reocupados para usos civiles o militares. La vida religiosa fue suspendida, con prohibición absoluta de retención de objetos de culto.

Hubo un minoritario sector político (nacionalistas vascos y catalanes, católicos) en la España republicana que intentó frenar este hecho, pero no lo consiguió, destacando en esta actuación el ministro sin cartera Manuel Irujo. Para muchos diplomáticos extranjeros, este violento anticlericalismo afianzaba ante la opinión pública internacional que la Segunda República estaban atravesando la “fase Kerensky” de la revolución rusa.

Desde un punto de vista religioso, el final de la guerra si bien se identificó con la supervivencia de la Iglesia, frenó lo que algunos historiadores han definido como “modernización católica” pues, a partir de 1939, resultó claro el triunfo del sector integrista y tradicionalista. Sin embargo, la experiencia de esos años hizo meditar a algunos católicos, como Maximiliano Arboleya que escribió:

“El dolorosísimo fenómeno incluye todavía algo más grave que la deserción material de las masas y su temerosa indiferencia con relación a la Iglesia y al catolicismo; en realidad no es simplemente indiferencia, es odio reconcentrado, odio de una ferocidad inhumana, el que siente hacia la Santa Iglesia y sus representantes (…) No solamente han dejado de ser católicos, se han convertido en francamente anticatólicos. Y si es verdad que no todos parecen víctimas de esa hostilidad activa y feroz, es indiscutible que a quienes la alimentan, obedecen y por ellos se dejan conducir.”

De ahí que, en consecuencia, se hiciera necesario para la Iglesia una reevangelización de España, una pastoral de reconquista de las masas, que caracterizaría su actuación durante las siguientes décadas. Si se logró o no ese objetivo queda para otro artículo.

El lector interesado puede acudir a

-F. Montero y J. de la Cueva (coords.), Izquierda obrera y religión en España (1900-1939), Universidad de Alcalá, 2012.

-F. Montero y J. de la Cueva (coords.), Laicismo y catolicismo. El conflicto político-religioso en la segunda república, Universidad de Alcalá, 2009.

-Antonio Moral, La cuestión religiosa en la Segunda República. Iglesia y carlismo, Biblioteca Nueva, 2009.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.

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