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EL PERIÓDICO
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Transformación del mercado y la demanda en el Reino Unido durante el siglo XIX


Como consecuencia de la revolución industrial británica, se produjo un aumento de la demanda de productos industriales por los notables cambios en la estructura del comercio interior y exterior, que fueron el preludio de su desarrollo imperial en el siglo del romanticismo.

En este sentido, se logró formar un mercado nacional gracias a la revolución de los transportes y comunicaciones, además de una serie de medidas políticas tendentes a aumentar la unidad económica y administrativa del Reino Unido. La revolución de los transportes se centró, principalmente, en la construcción de carreteras y canales. Entre 1750 y 1830 se produjo la edad dorada de las diligencias, gracias a las inversiones privadas, que construyeron carreteras para explotarlas en régimen de peaje. Pero el comercio de grandes productos era caro, por lo que se impulsó la construcción de canales y hasta 1800 se abrieron más de 1.600 que abarataron el transporte y el precio de materias primas y mercancías pesadas, pusieron en contacto regiones agrícolas con industriales, fomentando la constitución de sociedades por acciones para financiar su construcción.

La eliminación de aduanas interiores ayudó también a la formación de un mercado nacional, facilitando el comercio interregional. El crecimiento urbano otorgó un gran impulso a los intercambios entre el campo y la ciudad; ésta fue abastecida no sólo de subsistencias, sino también de mano de obra. Además, numerosas ciudades se especializaron en la realización de un producto. El aumento del nivel de vida –hasta 1780- facilitó un aumento de la capacidad adquisitiva de las clases sociales inferiores, variando sus hábitos de consumo, ampliando la demanda de productos textiles y alimentos.

La ampliación de la demanda efectiva de productos manufacturados ingleses fue más rápida en otros países, gracias a la expansión del comercio exterior. En 1798, el volumen había crecido un 421 % respecto a los inicios del siglo, gracias a las ventajas económicas derivadas de las victorias inglesas en las guerras continentales europeas del siglo XVIII, que les proporcionó las bases de su imperialismo colonial. En 1750 exportaban principalmente tejidos de lana, cereales y productos metalúrgicos. En 1800 la composición varió, pues los tejidos de algodón ocuparon el segundo lugar, a poca distancia de la lana, pero Inglaterra se había convertido en importador de cereales. A comienzos del siglo XIX, América del Norte era uno de sus principales mercados de venta, en detrimento de Europa, comenzando a desarrollarse un activo comercio en América del Sur y Central.

Estos cambios en el comercio exterior beneficiaron al Reino Unido, pues ampliaron el mercado para sus productos, complementando la demanda interior; además, el comercio exterior dio acceso a nuevas fuentes de materias primas, que diversificaron y abarataron la producción industrial de Inglaterra. Paralelamente, aumentó la capacidad adquisitiva de los países coloniales, para que compraran las mercancías inglesas. Sus beneficios crearon una acumulación de capital que desarrolló un complejo sistema de instituciones comerciales que contribuyó también a mejorar la producción industrial. Surgieron así nuevos centros industriales y crecieron las ciudades.

Cabe recordar también que uno de los factores más importantes que contribuyeron al éxito de la industrialización fue la iniciación de un proceso continuo de innovación tecnológica, que transformó radicalmente las condiciones de producción. Pero también fue preciso que cambiara la mentalidad de los empresarios, para que se decidieran a aplicar efectivamente las nuevas técnicas.

Entre 1750 y 1830 hubo una gran acumulación de invenciones y avances técnicos debido al interés científico y el gran papel de estímulo y difusión de invenciones de instituciones como la Royal Society o la Lunar Society. Tampoco hay que olvidar el incentivo material que supusieron importantes premios ofrecidos por el Parlamento y por algunas sociedades privadas para acelerar la superación de algún problema técnico de interés común. El número de patentes aumentó muchísimo y se concedieron a inventos aplicados a la industria textil, como nuevas máquinas de hilar o telares mecánicos. En la siderurgia las nuevas técnicas de utilización del coque como combustible de los altos hornos se iniciaron en 1709; el método de pudelado y laminación fue inventado por Cort, y Watt se aplicó en la máquina de vapor, y a partir de 1830 se produjo el boom de ferrocarril.

Todo ello provoco un inmenso y rápido incremento de la producción industrial; además, esos inventos hicieron bajar los precios de los productos industriales, al reducir sus costes de producción. También redujeron sensiblemente el tiempo del periodo de producción, y en consecuencia permitieron un gran ahorro de mano de obra. El ferrocarril contribuyó a configurar y difundir el gran capitalismo financiero y empresarial, pues las enormes masas de capitales que necesitaba para su construcción exigieron la aparición de nuevas instituciones financieras, dinámicas y capaces: sociedades anónimas por acciones, que canalizaban el ahorro privado hacia las inversiones industriales y ferroviarias, el protagonismo de la Bolsa y el desarrollo de nuevos tipos de bancos.

El lector interesado puede acudir a

G. Weightman, Los revolucionarios industriales. La creación del mundo moderno, 1776-1914, Ariel, 2009.

-R. de la Torre, La Inglaterra victoriana, Arcolibros, 1997.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.