EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS
Las Alianzas Obreras frente a las derechas

El fenómeno de las Alianzas Obreras en España se sitúa en los años treinta, entre diciembre de 1933 y octubre de 1934, es decir, cuando el centro-derecha alcanzó el poder, y con el fin de hacer frente a lo que se consideraban medidas contrarrevolucionarias, pero también para poner en marcha la revolución de signo social.

La idea de crear una Alianza Obrera surgió en Cataluña ya en los tiempos del primer Bienio de la Segunda República por iniciativa del Bloque Obrero y Campesino. El BOC era un grupo comunista pero antiestalinista que había conseguido tener un lugar desde 1931 en Cataluña, donde la figura de Joaquín Maurin era clave. La idea era crear una alianza obrera que combatiese el fascismo, y así se puede ver ya en su prensa en abril de 1933. Esta idea era claramente contraria a la estrategia que se había formulado desde la III Internacional basada en la idea de “frente único en la base”, y que en España defendía, lógicamente, el Partido Comunista de España.

La victoria del centro-derecha en el otoño de 1933 impulsó el proyecto del BOC, que se puso en marcha en diciembre de ese mismo año. El manifiesto fundacional de la Alianza Obrera de Cataluña reconocía la diversidad de las fuerzas firmantes pero también su firme voluntad de oponerse a la reacción, evitar un golpe de Estado o la instauración de una dictadura, buscando mantener intactas las ventajas conseguidas hasta el presente.

El pacto creador de la Alianza en Cataluña fue firmado, además de por el BOC, por la UGT, la Federación Catalana del PSOE, la Unió Socialista de Catalunya, la Unió de Rabassaires, Izquierda Comunista (formación contraria al estalinismo y que se fusionaría con el BOC para formar el futuro POUM), además de por los anarcosindicalistas disidentes, es decir, los denominados Sindicatos de Oposición, la Federación Sindicalista Libertaria y los sindicatos expulsados de la CNT. Fuera del pacto estarían el PCE y la CNT, que era la organización obrera hegemónica en toda Cataluña.

En realidad, la Alianza Obrera de Cataluña no fue muy fuerte, en primer lugar, porque no estaba la CNT, pero también porque los firmantes no eran grupos muy potentes en la región. Además, la Unión Socialista no dejó de mantener relaciones con la Esquerra Republicana.

El proyecto de Alianza Obrera dio un salto cualitativo en los inicios del año siguiente por iniciativa de Francisco Largo Caballero que lideraba la deriva revolucionaria en el PSOE, y que contaba con el apoyo de las Juventudes Socialistas. El sector caballerista del socialismo español consideraba que la idea de la Alianza Obrera podía ser un buen instrumento para unir apoyos para la nueva estrategia insurreccional. Eso permitió la formación de Alianzas Obreras en Llerena, Sevilla, o en Astillero. Se ofreció la posibilidad de unirse a la CNT, pero ésta, fiel a sus principios de no pactar con fuerzas políticas, y seguramente considerando que era un modelo diseñado desde arriba y por los socialistas, se negó a participar.

Además, consideró que su propia fuerza sería suficiente para “destrozar al fascismo”. Otra razón podría derivarse de la promesa del Gobierno de Lerroux a la CNT de ofrecer indultos a los cenetistas presos por la insurrección de diciembre de 1933, y permitir que reapareciera la prensa anarquista, a cambio de que no se sumase al proyecto de las Alianzas Obreras.

Los socialistas establecieron una estrategia basada en la espera para desencadenar la huelga revolucionaria. No se podía iniciar si no se conseguía la correspondiente legitimidad o justificación, que pasaba por la entrada de la CEDA en el Gobierno, que sería contemplada como una provocación. Para el sector caballerista la CEDA era asimilable al fascismo o la dictadura socialcristiana austriaca de Dolfuss que, precisamente, en febrero de 1934 había aplastado a la socialdemocracia austriaca, una formación mucho más potente que la española, quedando este hecho grabado a fuego en la mente de muchos socialistas españoles. La estrategia de espera pasaba por no organizar huelgas, provocando que cuando estallaron algunas, en teoría, muy potentes, quedaran muy aisladas, sin el apoyo de otros sectores. Eso es lo que pasó con las huelgas del metal y la construcción en Madrid. Es más, el movimiento obrero de signo socialista no reaccionó ante la represión. Había, insistimos, que esperar.

Por otro lado, en septiembre de 1934, la III Internacional cambió de estrategia para considerar que ahora había que acercarse a los socialistas, provocando que el PCE deje de atacar las Alianzas Obreras, a las que había llegado a tildar de contrarrevolucionarias, para decidir integrarse en las mismas.

Por otro lado, en el universo anarcosindicalista surgió un sector que compartía el rechazo oficial de la CNT a las Alianzas Obreras. En ese sentido, se generó una polémica a raíz de un artículo de Valeriano Orobón Fernández, que publicó en La Tierra donde reflexionaba sobre la oferta socialista de Alianza Obrera que se publicó en El Socialista el 29 de diciembre de 1933. Orobón señalaba que la dirección de la CNT no había captado el cambio social que se había producido en los últimos meses, en alusión al que se había generado en el socialismo. Por ello, abogaba por el entendimiento con los socialistas como medio para alcanzar la “democracia obrera revolucionaria”.

En realidad, solamente influyó en el anarquismo asturiano porque el 31 de marzo de 1934, la Federación Regional de la CNT firmó en Gijón un pacto con los socialistas, aunque se amenazó con ser expulsada si lo mantenía por parte de la dirección confederal. Pero los anarcosindicalistas asturianos apelaron a la autonomía de las Federaciones regionales.

El acuerdo fue secreto, en realidad, porque nos encontraríamos dentro de esa estrategia de la espera. El pacto iba más allá de la Alianza Obrera que se había firmado en Barcelona. No se trataba de una mera unión defensiva contra el fascismo, sino que buscaba la revolución. El problema, lógicamente, surgió sobre el modelo de régimen a implantar, dadas las diferencias entre socialistas y anarquistas. Los primeros querían un Estado socialista, la República socialista, pero los cenetistas no querían una estructura política. Con el fin de mantener el pacto, las dos partes optaron por centrarse en que debía triunfar la revolución social, dando libertad a cada una de las dos para que luego defendieran sus respectivos proyectos, es decir, se buscó una solución de compromiso.

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