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Claudel y Bernanos: católicos ante los retos de la literatura y la crítica


Paul Claudel en 1931. Paul Claudel en 1931.

Junto a Jacques Maritain, Paul Claudel (1868-1955) fue una de las dos personalidades clave de la renovación literaria católica francesa, a comienzos del siglo XX, y de su decisiva influencia social, que propició la conversión al catolicismo de otros intelectuales como Francis Jammes y Jacques Riviére. Su cima lírica fue su conocida obra “Cinco grandes olas”, aunque también escribió la exégesis “Un poeta mira la cruz”. Claudel, licenciado en Derecho, se encaminó pronto hacia la carrera diplomática, contrayendo matrimonio con la hija de un arquitecto de Lyon, con la que tuvo cinco hijos. Además de varias estancias en China, fue nombrado cónsul en distintas ciudades europeas, siendo destinado posteriormente a las embajadas de Francia en Tokio (1922 a 1926), Washington (1927 a 1933) y Bruselas (1933 a 1935).

Claudel concentró su lirismo en “La cantata a tres vocses”, “Corona benignitatis anni dei” y “La Messe là-bas”. Se adentró también en la escena apostando por un teatro menos interior y más orientado hacia el impacto directo con el espectador, como se aprecia en “El rehén” “El pan duro” y “El padre humillado”. Dichas obras formaron una trilogía que fue considerada un contrapunto a la Orestíada del dramaturgo griego Esquilo. La monumental “El zapato de raso”, obra barroca y suntuosa, marcó el apogeo de su creación poética y dramática.

Paralelamente a la creación, ciertos escritores católicos comenzaron a preocuparse por la crítica literaria, de la que dependía buena parte de la fama y de la buena acogida de aquellos que ambicionaban ocupar un pequeño espacio en el mundo de las letras. Jacques Riviére (1886-1925) y Charles du Bois (1882-1939) fueron los iniciadores de la Nouvelle Critique (Nueva Crítica). En su opinión, la misma debía ser más cercana a los escritores, abrazando y comprendiendo la génesis misma de la obra. Frente a las viejas maneras de realizar recensiones, llenas de sospechas y maledicencias, la nueva crítica apostó por la empatía, dejando espacio a la intuición y al sentimiento, pues -como apuntaron- la musa verdadera de la crítica debería ser la amistad. El crítico no debía ser tanto el erudito de la historia de la literatura como el especialista que sabía leer y que enseñaba a leer a los demás, demostrando que amaba la lectura ante todo. La crítica debía ser, en consecuencia, el reencuentro de dos almas.

Paralelamente, Riviére, Du Bois y el dramaturgo Gabriel Marcel -que se convirtió al catolicismo en 1929- colaboraron con entusiasmo en la revista literaria más importante de Francia: la “Nouvelle Revue Française”, que destacó por su vocación innovadora y crítica, así como por el prestigio de sus colaboradores. En ella se inspiraron la británica “The Criterion” (1922) de T. S. Eliot y “Revista de Occidente” (1923) del español José Ortega y Gasset. No podemos olvidar, no obstante, que fue André Gidé (1869-1951), Premio Nobel en 1947- el líder de la revista, pero a partir de la publicación de “Corydon” (1924, una apología de la homosexualidad), Gidé rechazó el catolicismo al que se había acercado hasta entonces. En cambio, se incorporó a las filas religiosas Henri Ghéon (1875-1944), dramaturgo y fundador de la citada revista. Su experiencia en Italia, donde analizó y quedó deslumbrado por la obra artística de los pintores renacentistas Fra Angélico y Giotto, la cual le marcó poderosamente. La sencillez, humanidad y espiritualidad que se desprenden -aún hoy- de esas pinturas impactaron en Ghéon que intentó, a partir de esos momentos, trasladar a sus obras y periplo vital esas mismas características de dichos maestros italianos.

Finalmente, la literatura francesa del siglo XX no puede obviar la figura de Georges Bernanos (1888-1948), escritor vinculado a una visión trágica del cristianismo semejante a la de François Mauriac y Graham Greene, que intentó proporcionar una respuesta desde la fe al tema esencial en la literatura contemporánea: las relaciones del ser humano con el mundo. ¿Y por qué visión trágica del cristianismo? Debido a que todos ellos insistieron en el aspecto desgarrador de la doble postulación baudeleriana del hombre «hacia Dios y hacia Satanás». Pero mientras que en Mauriac la lucha entre el pecado y la gracia, entre el bien y el mal, se libraba en el campo interior del corazón humano, en Bernanos el combate se entablaba muchas veces a escala cósmica con intervenciones de lo sobrenatural en el ambiente cotidiano y vulgar de los pueblos franceses, como se aprecia en sus novelas “Bajo el Sol de Satanás”, “Diario de un cura rural” y su obra de teatro “Diálogo de carmelitas”. Las dos últimas serían llevadas al cine con una elegante sobriedad -plena de blanco y negro- en la segunda mitad del siglo XX.

Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.