Talleyrand en América. IV
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
También en Nueva York, Talleyrand encontró a un conocido: el exoratoriano Alexander Maurice Blanc de Lanautte, conde d’Hauterive, excolaborador del duque de Choiseul, al que la Revolución había arruinado. Con el tiempo, se convertiría en su mano derecha (y también en la de Napoleón) en su larga etapa de ministro de Asuntos Exteriores durante el Consulado y el Imperio.
El calor y las epidemias expulsaron a Charles-Maurice y a Beaumetz de Nueva York y, ambos recalaron en Boston, un lugar más fresco y sano. “De entre todas las ciudades que he visto hasta hoy, Boston es la que más me ha gustado, escribió el exabbé a Mme de Staël el 14 de agosto de 1796. Asimismo, la sociedad le parecía más “inglesa” y mejor educada: el colegio de Harvard se hallaba cerca y había inspirado una vida social y un lujo mejor asimilados.
Gracias a una noticia publicada por su amigo Moreau en su Le Courrier de la France et des Colonies el 26 de febrero de 1796, se enteró de que el Gobierno del Directorio, surgido tras el golpe del 9 de Termidor, había decidido eliminar los asignados. La idea fue saludada con un artículo sin firma aparecido en el mismo diario, cuya autoría no cuesta adivinar. Se titulaba: “No puede negarse que la desaparición de los asignados es un bien” y, concluía con estas palabras que resumen los principios en materia de política y economía que defendió el abbé de Périgord toda su vida:
“¿Cómo concebir la idea de una tranquilidad duradera en Francia, si la paz no viene a devolverle el orden y la abundancia destinando brazos innumerables a la agricultura, hombres industriosos a las manufacturas y especulaciones útiles al comercio? Solo ella puede producir allí los bienes que la convertirían en uno de los lugares habitables más deliciosos del mundo, donde las artes y los goces placenteros unidos a la dulzura de su clima acabarían atrayendo como antes a los habitantes de todos los demás países”.
También le informó la prensa de que sus bienes habían sido incautados por la República y vendidos en pública subasta. Nos sorprende saber que lo que se vendió mejor (a veces a precios disparatados) fue su indumentaria de religioso. Mucho menos se pagó por sus exquisitos muebles, tapices y cuadros, aunque nunca perdió la esperanza de recuperarlo todo. También se enteró de las hazañas del ejército revolucionario más allá de las fronteras del norte y de este de Francia y, en especial, de las de un joven general llamado Napoleón Bonaparte que acababa de aplastar a cañonazos, una rebelión realista en París. En cuanto a las anteriores victorias del petit caporal, todas, todas habían procurado expulsar del suelo francés a invasores austriacos, prusianos, españoles e ingleses, por los que no podían considerarse guerras de conquista.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.