Los visigodos en la península Ibérica. II
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
La monarquía visigoda se organizó a través de tres instituciones: el Aula Regia, especie de asamblea que realizaba funciones legislativas y judiciales cerca del monarca, el Officium Palatinum, un órgano en cierta medida similar a una corte formada por magnates de confianza del monarca y, sobre todo los Concilios de Toledo. Eran asambleas de obispos de la Iglesia Católica con capacidad para definir e interpretar la doctrina religiosa. Tras la unificación religiosa y la conversión real al catolicismo, esta institución adquirió un gran poder político al asumir funciones legislativas. Entraron a participar en ellos el rey y la nobleza. La Iglesia terminaría por ser la legitimadora de la monarquía y, en contrapartida, su influencia y poder se multiplicaron.
San Isidoro planteó su idea sobre los monarcas en sus Etimologías:
“Reino se dice de rey, como rey de regir.
Reyes son llamados así de regir, como sacerdote de santificar; así el rey de rigiendo, pues no rige quien no corrige. Por tanto, obrando rectamente se conserva el nombre de rey, pecando se pierde. De donde los antiguos tenían tal proverbio: Serás rey si obras rectamente, y si no no lo serás.
Las virtudes reales son particularmente dos: justicia y piedad; pero más es de alabar en los reyes la piedad, pues la justicia es de por sí severa.
Los reyes por esta causa eran llamados (basileus) por los griegos; pues como bases sostienen al pueblo, de donde como bases tienen la corona. Porque cuanto más alto alguno se pone, tanto más es gravado con el peso del trabajo.
Tiranos decían los griegos a los mismos que los latinos llamaban reyes, pues para los antiguos ninguna distinción había entre rey y tirano.
A los reyes fuertes llamaban tiranos, pues eran fuertes en soldados (…), de los cuales dijo el Señor: Por mí reinan los reyes, y los tiranos por mí tienen la tierra. Pero después se empezó a llamar tiranos a los reyes pésimos y malvados, ejerciendo una crudelísima dominación sobre los pueblos.”
Pero la monarquía visigoda era, en esencia, débil porque su sucesión no era hereditaria, sino electiva, y esa característica generó muchos enfrentamientos entre las distintas facciones nobiliarias. De un total de treinta y cuatro reyes visigodos, diecisiete fueron asesinados o destronados como resultado de las intrigas palaciegas. Precisamente, el fin del reino visigodo se precipitó en el 711 por una disputa sucesoria entre el rey Rodrigo y los partidarios del a familia Witiza, que facilitó la invasión musulmana del reino.
La sociedad visigoda era, eminentemente, rural, como consecuencia de la agudización de la crisis del Bajo Imperio. Las ciudades entraron en plena decadencia. En todo caso, hay que citar el caso de Recópolis como una excepción en este proceso. El rey Leovigildo comenzó a construir en el año 578 una nueva ciudad, conocida como Recópolis, en honor a su hijo Recaredo, muy cerca de la actual localidad de Zorita de los Canes (Guadalajara). Fue fundada tras la rebelión de Hermenegildo. Recópolis fue un centro político, comercial y administrativo de primera magnitud en el reino visigodo, como un acto de afirmación de la autoridad real, aunque no pudo competir con Toledo. Tanto Leovigildo como Recaredo otorgaron privilegios a sus habitantes por residir en la misma.
La ciudad existió hasta el siglo IX. Tenía una superficie de unas treinta y tres hectáreas, con un palacio real, una basílica, un barrio comercial y artesanal con talleres de vidrio y de cerámica, viviendas, acueductos y, al parecer, con una ceca. Contaba con una calle principal pavimentada como eje e importantes murallas.
La crisis del comercio fomentó una economía de subsistencia y autoconsumo. La tierra se convirtió en el factor fundamental de la riqueza: estaba en manos de la nobleza, tanto visigoda como hispano-romana. Los nobles arrendaban la tierra a campesinos libres o colonos, aunque también había siervos y esclavos.
Los visigodos se preocuparon de regular muchas cuestiones de la vida rural, recogiendo, por su parte, el legado romano. En este sentido, en las citadas Etimologías de San Isidoro se recuerdan algunas de estas disposiciones que, además, nos ayudan a saber algo de la vida de las gentes que vivían en el campo. Se exponen dos ejemplos sobre la penas sobre daños que se pudieran realizar sobre huertos o sobre los caballos, unos animales de gran valor en aquella época:
“Quien destruye huerto aieno man á mano el iuez le faga derecho hy emienda al señor del huerto, segund cuemo fuere el danno; é si fuere siervo reciba demás (…) azotes sobre la emienda.”
“Si algún omne danna la coma ó la cola al caballo aieno, dé otro caballo sano al sennor del caballo, cuemo el so. E si fuere otra animalia, por cada cabeza de animalia que deslaydar, peche la terza parte de un moravedi.”
La debilidad de las estructuras políticas hizo que floreciesen las relaciones de tipo personal. Muchas personas de condición humilde, especialmente, los pequeños propietarios rurales, buscaron la protección de los poderosos, de los nobles. A cambio de esta protección debían ceder sus propiedades o trabajar para ellos. Al mismo tiempo, la monarquía solía pagar con tierras los servicios prestados por la nobleza. Estos dos procesos estarían configurando las bases del feudalismo.
Por otro lado, fue una época en la que nacieron las disposiciones contra los judíos, forzados en muchas ocasiones a convertirse al catolicismo. No fue una época muy halagüeña, ciertamente, para los judíos
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.