Capitán Richard F. Burton. El Gran Safari. IX
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Al principio Rebmann se sintió deseoso de unirse al capitán Richard F. Burton y a Speke. “Pero al poco se puso a reflexionar con más calma”. En su calidad de misionero, Rebmann deseaba esforzarse por hacer proselitismo entre el mayor número de nativos que pudiera.
Ahora bien, Hamerton, en cumplimiento de una promesa que había hecho al nuevo sultán de Zanzíbar, había pedido a Burton que no se dedicase a tal empresa, de modo que un hombre que podría haber contribuido significamente a la empresa de Burton, no se embarcó en la misma.
Después de su reunión con Rebmann, Burton manifestó una animadversión hacia los misioneros quizá comprensible. Burton creía que los esfuerzos de los misioneros estaban condenados al fracaso. “La religión es una de las expresiones de la mentalidad de una raza, y de ninguna forma puede avanzar sin una correspondiente mejora intelectual por parte de sus integrantes”, pues consideraba que los arícanos eran incapaces de albergar creencias religiosas mínimamente elevadas.
Había contado con proseguir hacia el interior desde Mombasa, “pero todo se combinó para que tal deseo fuera inviable”. La tierra estaba reseca y agrietada, no disponía de provisiones en abundancia y, además los guerreros masai habían empezado a hacer incursiones y rapiñas en los alrededores. Así que Burton decidió regresar por etapas a Zanzíbar.
Navegó hacia el sur en una pequeña embarcación nativa, hasta rebasar Pemba y llegar a la desembocadura del río Pangi-ni, donde instaló con Speke el campamento. Pangi-ni era un poblado miserable, dominado por los mercaderes hindúes, por los cuales Burton terminó mostrando un evidente desagrado, aunque hubiese tratado mucho con toca clase de nativos de la India. Remontó con Speke el curso del río y atravesó grandes macizos montañosos para ver las cataratas; llovía constantemente. En una de las aldeas se hizo con un séquito de mercenarios beluchinasties, unos 1.500 en total, que prestaban servicio en diversas guarniciones a las órdenes del sultán de Zanzíbar (sus antepasados habían sido traídos como soldados una generación anterior desde la India) Eran, a decir de Burton, “una ralea innombrable de árabes y afganos, de sidis (negros) e indostaníes. En el regimiento se hablaba cuándo. menos media docena de lenguas y, muchos de sus miembros dejaron su país, para bien de su país mismo, por ser convictos que, en general, luchaban con valor y determinación”.
Entre los beluchistanies existía un hombre poco común. “La joya de este hatajo es, en cambio, un tal Sidi Mubarak, que se hace llamar “Bombay”. Este Sidi Mubarak tenía la piel “más negra que el tizne” y le faltaban numerosos dientes. Había sido capturado cuando era joven y, vendido después como esclavo a un banyan, el cual se lo llevó a la India, donde a la postre fue puesto en libertad.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.