Talleyrand. La Revolución, al fin. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Faltaban tres semanas para que se reuniese en París la gran asamblea que, mejor o peor, se estaba preparando. Tradicionalmente la integraban las llamadas “tres órdenes”, a saber, el clero, la nobleza y, lo que se denominaba “el tercer estado”, es decir, todos los demás: burgueses, campesinos, pequeños comerciantes e industriales. Al verse amenazado por la aristocracia, el rey decidió doblar el tercio del tercer estado, de modo que los diputados se repartían así: el clero integraba un cuarto, otro cuarto los nobles y, la mitad restante el bon peuple. Ello reforzaba la influencia de la gente sencilla, con la cual el monarca esperaba contar.
Talleyrand, que no se había opuesto a la idea, se inquietó cuando vio que la representación del tercer estado, se hallaba infectada, de “esa clase de gente cuya mentalidad, debida a su oficio, los suele hacer extremadamente peligrosos”. Parece ser que de cuatro diputados “populares”, uno era abogado. Sivan por ejemplo Robespierre, el “picapleitos” de Arras, Jacques-Pierre Brissot, Georges Jacques Danton y Louis de Saint-Just, que más tarde será apodado el “el Arcángel del Terror”.
Quizá por falta de experiencia en la materia, aquellos Estado Generales se convirtieron en cuestión de semanas y, a partir del “juramento del Juego de la Pelota” en Asamblea Nacional, un parlamento decidido a acabar con el poder del soberano. El bajo clero y parte de la aristocracia liberal, se alinearon junto a la mitad de los “populares” y, el rey cometió el inmenso error, de apelar al ejército, para disolver los Estados y, dejarlos “para mejor ocasión”. No es lo que Talleyrand quería y, culpa a Jacques Necker, ministro de Hacienda de Francia y, padre de su amiga Mme de Staël, del desastre en su conjunto, empezando por la idea del rey de doblar el tercer estado. Además, ya no se iba a votar por órdenes, como se había hecho históricamente, sino por cabezas. ¡Cuando se votaba por órdenes, bastaba con que el clero y la aristocracia se pusieran de acuerdo, para que el tercer estado tuviera que aceptar lo decidido! Ya nunca más volvería a ser así.
En el fondo de las memorias de Talleyrand, late el rencor del gran señor hacia el burgués protestante (Necker era las dos cosas) y critica a Luis XVI por haberlo elegido, “un gran error” a su juicio. La vinculación ancestral del obispo de Autun con el ancien régimen, no podía desaparecer de un día para otro. Por más que estuviera dispuesto a apoyar los derechos de los ciudadanos y, la libertad del pueblo, llevaba los prejuicios del viejo orden en su sangre de aristócrata “de espada” y, también, como autoridad eclesiástica.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.