Talleyrand. La Revolución, al fin (I)
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
“Esto no es un motín, majestad, es una revolución”.
(El duque de la Rochefoucuald-Liancourt a Luis XVI)
El día en que Talleyrand llegó a Autun, para hacerse cargo de su grey, Napoleón, de 19 años, se hallaba sirviendo como teniente de artillería en tierras de Borgoña, no lejos de donde iba empezar a oficiar su futuro ministro. Su misión consistía en aplastar amotinamientos de campesinos, una labor que llevaba a cabo, muy a pesar suyo, porque el joven corso simpatizaba con el pueblo. Le enfurecía la corrupción que reinaba en Versalles y, la incapacidad de lo monarcas, a la hora de ar una respuesta al malestar de la nación. En ningún momento le había pasado por la cabeza todavía, poner fin a la monarquía, pero, hombre liberal y leído al fin, soñaba, al igual que Talleyrand, en la apuesta por una monarquía constitucional, a la inglesa "in terra gállica".
Cabe decir, pues, que monseñor de Talleyrand-Périgord, obispo de Autun, hizo su entrada en la Revolución revestido de su cruz pectoral, con el báculo en la mano y el anillo pastoral en el dedo.
Tras vencer a regañadientes su natural testarudez, Luis XVI se vio obligado a abrir la puerta a los Estados Generales. Obedeciendo a la nobleza, pues ella era la que los había exigido, ordenó que aquella asamblea, cuyas particularidades nadir recordaba con exactitud, se juntara el 8 de mayo de 1789. El título de obispo aseguraba a Charles-Maurice un asiento en el parlamento y, el derecho a intervenir en la nueva configuración de Francia.
Su alta estatura, casi metro ochenta y, el báculo, que no abandonaba en ningún momento, confería su figura revestida de purpura, un aspecto importante. Para completar la sensación de autoridad y prestigio que emanaba, empezó invitando a los sacerdotes y canónigos de la provincia, a unas cuantas cenas fastuosas. Tras obsequiarlos como un príncipe, les comunicó el manifiesto que iba a presentar ante los Estados Generales. Sus puntos fundamentales pueden resumirse así: de ahora en adelante no habría ley sin el consentimiento del pueblo emanado de un parlamento elegido; el derecho a la propiedad privada era sacrosanto e intocable; nadie podía ser privado de su libertad, ni siquiera momentáneamente, salvo con arreglo a una ley y, jamás mediante una orden arbitraria; la libertad de expresión sería sagrada; los castigos, siempre de acuerdo con la ley, serían iguales para toda clase de ciudadanos; se abolirían los privilegios fiscales y, las finanzas públicas no se sanearían con nuevos impuestos, sino mediante el incremento de ingresos derivados de la abolición de los privilegios y los préstamos públicos.
Aquello suponía el fin del poder real, tal como había sido concebido hasta entonces. El clero de su diócesis, que no acababa de entender, lo designó su diputado en los Estados generales. A los pocos días Talleyrand abandonó Autun, una ciudad que nunca más volvería a pisar.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.