Talleyrand y las mujeres. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Con independencia de si las mujeres se acostaron o no con él, Talleyrand ejerció sobre todas ellas (su “serrallo”) una magia especial que siempre le funcionó.
Supo siempre dispensarles un trato y una atención particulares y “creía” en su eficacia. Cuando una situación se presentaba complicada en exceso, decía: “Hay que movilizar a las mujeres (“Il faut faire marcher les femmes”). Y no solía equivocarse. Como constató el marqués de Giambonne, uno de sus íntimos de los días del Imperio: “Cuando empieza una relación, la continuará por hábito, pero jamás la romperá”. Sea como fuere, el término habitude no lo explica todo y, mucho menos, sus amistade de más de 50 años. Hizo sus confidencias más íntimas a mujeres en cartas que, por desgracia, han sido quemadas o se han perdido. Ellas lo adoraban por su discreción, por su encanto y por su inteligencia, no por su vigor sexual, sobre el cual, incluso la madre la madre de su único hijo tenía sus reservas. La leyenda de que también fue el padre del pintor Delacroix, tantas vecen repetida, está hoy completamente desacreditada y, reducida a lo que realmente es: una leyenda nacida del imaginario de quienes se obstinan en emparentar a famosos a toda costa (leer a Waresquiel).
Entre las muchas mujeres que se cruzaron en su camino, dos muy distintas entre sí merecen especial consideración. No referimos a Adélaïde de Flahaut, que le dio su único hijo y, a la condesa de Brionne, que intentó hacer de él un cardenal sin pasar por el escalón del episcopado. Allá por el año 1783 Charles-Maurice empezó a mostrar una especial predilección por el palacio del Louvre. El apartamento del primer piso se halla en un principio, reservado a artistas protegidos por la corte, pero en aquel momento lo ocupaba el conde Alexandre de Flahaut (1726-1793) y su joven esposa Adélaïde-Emilie (1761-1793), que con el paso del tiempo se ganaría una notable fama como escritora. Su madre, Marie Irène Catherine de Buisson, hija del señor de Longpré, había contraído matrimonio con un burgués parisino llamado Filleul.
Su hija mayor, Marie Françoise Julie Filleul, se casó con un hermano de Mme Pompadour y, la pequeña, Adélaïde-Émilie, con el citado conde de Flahaut, un mariscal de campo muy zoquete, hermano del director de las construcciones del rey, que le llevaba 30 años y, pasaba la mayor parte de su tiempo fuera de la capital. Para distraerse y estar a la moda, Adélaïde abrió, a los 22 años, su saloncito particular en su apartamento del Louvre. La joven compensaba sobradamente su carencia de sangre azul con su cultura, un talante decididamente liberal y su belleza (se le atribuían “los ojos más hermosos del mundo”), de modo que no le costó mucho, hacerse con un puñado de incondicionales que acudían a celebrarle las gracias y, hacerse leer fragmentos de los ensayos que decía estar escribiendo.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.