Talleyrand. Las mujeres. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Las mujeres eran la auténtica esencia del plaisir de vivre, que la Revolución anulará para siempre. El París postermidoriano de las merveilleuses, será una grosera parodia de aquel temps perdu pour toujours y, lo mismo cabe decir de las cortes consular e imperial, que trató de impulsar Bonaparte. Solo bajo el Segundo Imperio se recobrará algo parecido en la corte de Compiègne, dominada por la granadina Eugenia de Montijo.
En aquel mundo se le han atribuido a Talleyrand numerosas amantes: Mme de Genlis, Mme de Valence, Mme de Buffon, Mme de La Chatre, la misma de Staël y, numerosas amigas y protectoras, como la condesa de Bufflers, la de Brionne, la princesa de Vaudémont, la duquesa de Montmorency, la de Bauffremont… Después de la Revolución oiremos hablar largamente de estas “conquistas”: sus amigos se referirán a ellas, para resaltar la fascinación que desprendía su personalidad única; sus enemigos, por el contrario, para presentárnoslo como un sátiro perverso, que nunca se tomó en serio sus votos, que traicionó al mismo Dios, que corrompió a jovencitas, engañó a maridos… etc.
Resulta difícil afirmar cuánto hay de verdad y de mentira en esas historias. La enorme discreción del protagonista, que siempre procura salvar las apariencias, dificulta la investigación. Y, sin embargo, Charles-Maurice no dudará en utilizar su gusto por las mujeres para “construir” su personaje. El aura de sus primeros éxitos amorosos (auténticos o imaginarios) enmascara el trabajo del gran ambicioso que fue y, que, y pondrá de relieve, su labor como agente general del clero francés. A lo largo de toda su vida Talleyrand hizo todo lo posible para disimular su hiperactividad, en todos los terrenos que pisó (y, en especial, en el económico y el diplomático) bajo una indolencia más fingida que real, propia de un hombre que, por tener él mismo un lado femenino, según ha subrayado algunos de sus contemporáneos, parecía incapaz de ser constante ni serio.
Las mujeres no le ayudaron sólo por su influencia en el gran mundo, que funcionaba a otros niveles, sino por la manera en la que las trataba, su cortesía, su finura y, ¿por qué no? su sentido del humor. “Qui fait rire l’esprit se rend maître du coeur” solía repetir otro gran favorito de las damas, François-Joachim de Pierre de Bernis (1715-1794), escritor, obispo y diplomático como él e, íntimo de Giacomo Casanova, cuyo libertinaje compartió en Italia. Talleyrand no fue un gran seductor a la manera del don Juan, del citado Casanova o de su amigo Narbonne, sino un “fascinador”, un encantador de serpientes femeninas, que se dejaron hipnotizar por él desde que le conocieron y, en su gran mayoría, se mantuvieron “a su servicio” hasta el final.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.