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Abolición y/o secesión. IV


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Charles Summer, que habría de ser elevado al Senado después de la muerte de Webster, dijo: en “la lista negra de los apóstatas, la elaborada traición del señor Webster, ha hecho más que ninguna otra, para arruinar el Norte”. Y el senador William H. Seward, la brillante “conciencia” del partido “whig”, calificó a Webster de “traidor a la causa de la libertad”. Un gran congreso político, que tuvo lugar en Faneuil Hall, condenó el discurso, como “indigno de un estadista prudente y de un hombre honrado”.

Mientras la legislatura de Massachusetts, dictaba nuevas disposiciones, totalmente contrarias al espíritu del discurso del Siete de Marzo, un miembro llamó a Webster “hijo desleal de Massachusetts, indigno de representar al Estado en el Senado”. Y otro declaró, que “Daniel Webster será un hombre afortunado si Dios, en su misericordia, le concede una vida suficientemente larga, para permitirle arrepentirse de su acción y borrar esta mancha de su nombre”.

A todos aquellos que instaban a Webster, a formular una pronta respuesta a todos los ataques, simplemente les refirió la historia del viejo diácono, que en una situación similar, dijo a sus amigos: “Tengo por norma no limpiar jamás el camino, hasta que la nieve ha terminado de caer”. Sin embargo, se sintió entristecido, por el hecho de que ni uno sólo, de los miembros del partido “whig” de Nueva Inglaterra, se alzara en su defensa.

Aunque procuró explicar sus objetivos y tranquilizar a sus amigos, sobre su permanente oposición a la esclavitud, insistió en que, a pesar de todo…“permaneceré leal hasta el fin, a los principios expuestos en mi discurso… De ser necesario, pronunciaré discursos políticos en cada pueblo de Nueva Inglaterra. No puedo prever qué sobrevendrá, a consecuencia del estado de conmoción, en que se halla actualmente el corazón de los hombres; pero mis propias convicciones acerca de mi deber, son claras y firmes, y continuaré fiel a esas convicciones sin desmayo… En tiempos de gran apasionamiento, es mucho más fácil avivar y alentar las llamas de la discordia, que dominarlas, y aquel que aconseje moderación está, en peligro de ser considerado desleal, a su deber para con su partido”.

Y al año siguiente Webster, a pesar de sus setenta años, emprendió una larga gira, para hablar en defensa de su posición. Cuando por fin sus esfuerzos – y los de Clay, Douglas y otros – a favor del acuerdo, obtuvieron éxito, observó con sarcasmo, que muchos de sus colegas decían entonces: “Ellos habían estado siempre a favor de la Unión hasta el fin”.

Pero Daniel Webster, estaba condenado a nuevos desencantos. No consiguió el nombramiento de su candidatura presidencial, que tanto tiempo había deseado. Ni tampoco pudo jamás acallar la suposición, expresada no solamente por sus críticos contemporáneos, sino después por varios historiadores del siglo XIX, de que su real objetivo en el discurso del Siete de Marzo, fue granjearse el apoyo de los sureños, para colmar sus pretensiones a la presidencia de la nación.

Webster respondió: “Si hubiera tratado de granjearme simpatías para conseguir la presidencia, hubiera adornado mis frases e insertado palabras ambiguas, a propósito de Nuevo México y de los esclavos fugitivos. La primera precaución de cualquier aspirante a la presidencia del país, es afianzarse en su propio Estado”. Y Webster sabía bien, que su discurso suscitaría acusaciones. Además era lo suficientemente perspicaz en política, como para saber que un partido dividido como el suyo, se apartaría de figuras que fueran objeto de controversias políticas, para inclinarse mejor, hacia un individuo neutral y libre de compromisos.

Y la convención del partido “whig” en 1852, siguió exactamente esa norma. Después de que la votación previa, se dividió entre Webster y el presidente Fillmore, con cincuenta y dos votos cada uno, la convención se decidió finalmente, por el popular general Winfield.

Ni un solo “whig” del Sur apoyó a Webster. Y cuando los “whigs” de Boston, sugirieron que el partido incluyera en su programa el “Acuerdo Clay”, del cual decían que “fue autor Daniel Webster, con la colaboración de Clay y otro inteligentes estadistas”, corrió la voz de que el senador Corwm, de Ohio, había comentado sarcásticamente: “Y yo, con la ayuda de Moisés y algún otro, escribí los Diez Mandamientos”.

Daniel Webster murió decepcionado y descorazonado en 1852, con los ojos fijos en la bandera flameante en el mástil del barco de vela, que había hecho anclar, frente a la ventana de su dormitorio.

En sus últimas palabra al Senado, Webster había escrito su propio epitafio:

“Defenderá la Unión… con absoluta despreocupación por las consecuencias personales ¿Qué representan las consecuencias personales, en comparación con el bien o el mal, que pueden caer sobre un gran país, en una crisis semejante? Sean cuales fueran las consecuencias, me tienen sin cuidado. Ningún hombre puede sufrir demasiado y sucumbir demasiado pronto, si sufre o sucumbe en defensa de las libertades y la Constitución de su país”.

Pues eso.

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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