Abolición y/o secesión. III
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Hacia finales de febrero de 1850, el senador pòr Massachusetts Daniel Webster, había determinado ya la conducta a seguir. Había decidido que solamente el “Acuerdo Clay”, podía evitar la secesión y la guerra civil. Y escribió a un amigo, que él se proponía “pronunciar un discurso, exponiendo honestamente la verdad, un discurso de unión, y descargar totalmente su conciencia”.
Como era de esperar, recibió abundantes advertencias, de los ataques, que provocaría su mensaje. Sus electores y los periódicos de Massachusetts, le exhortaron vivamente a no vacilar, en su firme posición antiesclavista. Pero Webster se había decidido, tal como comunicó a sus amigos el 6 de marzo, “a empujar yo solo mi esquife desde la playa”. Procedería de acuerdo con el credo, con el que había desafiado al Senado, varios años antes:
“Las contradicciones de opiniones, que surgen a consecuencia de un cambio de circunstancias, son a menudo justificables. Pero hay una clase de contradicción que es condenable: es la existente entre la convicción de un hombre y su voto, entre su conciencia y su conducta. Nadie me acusará nunca, de haber cometido una contradicción de esa clase”.
Y así llegó el 7 de marzo de 1850, el único día en la historia de los EE.UU. que se haría sinónimo, de un discurso pronunciado en el Senado. Nadie recuerda hoy - en realidad nadie recordaba ya en 1851 – el título formal dado por Webster a su discurso, porque este se había convertido, en “El discurso del 7 de Marzo”, de la misma manera que el día de la Independencia Nacional, es conocido como el “Cuatro de Julio”.
Comprendiendo, después de meses de insomnio, que éste podría ser el último gran esfuerzo, que su salud permitiría, Webster estimuló sus energías para el discurso, con óxido de arsénico y otras drogas, y dedicó la mañana entera a pulir sus apuntes. Dos horas antes de que se reuniera el Senado, el recinto, las galerías, las antesalas y hasta los corredores del Capitolio, estaban llenos de gentes que, viajando durante días, habían acudido de todas partes de la nación, para escuchar a Daniel Webster.
La multitud enmudeció cuando Webster se puso en pie lentamente, toda la impresionante fuerza de su extraordinario aspecto físico – los grandes, oscuros y pensativos ojos, la magnífica tez bronceada, la majestuosa frente – imponiendo el mismo temor reverencial, que habían producido durante más de treinta años. Vestido con su familiar casaca azul con botones dorados, chaleco y calzones ligeramente amarillos. Deliberadamente hizo una pausa, para contemplar a su alrededor, la más eminente reunión de senadores, que jamás tuviera lugar en aquella Cámara.
Todos los ojos estaban fijos en el orador, ningún espectador, salvo su hijo, sabía lo que iba a decir. En sus momentos de magnífica inspiración, como Emerson lo describiera una vez, Webster era verdaderamente “el gran cañón cargado hasta los labios”. Desarrollando por ultima vez esa hechizante oratoria, renunció a su anterior oposición a la esclavitud, repudió la aversión de sus electores a la ley sobre esclavos fugitivos, abandonó su propio lugar en la historia y en los corazones de sus conciudadanos, y renunció a su última probabilidad, de alcanzar la meta que se burló de él, huyéndole durante más de veinte años: la Presidencia de la nación. Daniel Webster prefirió arriesgar su carrera y su reputación, en vez de arriesgar la Unión.
“Señor presidente”, empezó diciendo, “deseo hablar hoy, no como hombre de Massachusetts, ni como hombre del Norte, sino como norteamericano y miembro del Senado de los EE.UU. Hablo hoy por el mantenimiento de la Unión. Escuchad mis razones. Durante tres horas y once minutos, recurriendo pocas veces a sus apuntes, Webster abogó por la causa de la Unión. Refiriendo los agravios de ambas partes, pidió conciliación y entendimiento en nombre del Patriotismo. El interés primordial del Senado, insistió, no era proteger la esclavitud ni abolirla, sino preservar los Estados Unidos de América. Y con convincente lógica y notable previsión, atacó severamente la idea de una “pacífica secesión”.
Y Daniel Webster triunfó. Aun cuando su discurso fue repudiado por muchos en el Norte, el mismo hecho de que un representante de un distrito electoral tan beligerante, abogará por el entendimiento en nombre de la unidad y del patriotismo, fue reconocido en Washington y todo el Sur, como una prueba de buena fe hacia los derechos de los sureños. A pesar de la intransigencia de su eterno adversario John C. Calhoun, su diario el “Mercury” de Charlestón, elogió el discurso de Webster, como “noble en el leguaje, generoso y conciliatorio en el tono”. Y el “Picayune” de Nueva Orleans, aclamó a Webster, por “el valor moral de hacer lo que cree que es justo en si mismo y necesario para la paz y seguridad del país”.
Así paso el peligro de una secesión inmediata y sangrienta. Pero no fue comprendido en 1850, por los más acérrimos abolicionistas.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.