Talleyrand. Los pies. Los culpables. V
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Como adelantamos, el jovencito Talleyrand es enviado a pasar dos años en la mansión de la princesa de Chaláis en Santonge. La madre se excusa: tras un aborto su salud es precaria y, aunque no lo dice, quitarse el niño de encima, le resulta claramente beneficioso, dada la mal situación financiera del aún joven matrimonio. Así que, de la mano de Madeimoselle Charlemagne, que sentía un enorme afecto por el “cojito”, un afecto que el niño le devolvió con creces, Charles-Maurice viajó en una democrática diligencia, de manera que para hacer un recorrido de 420 km tardó 17 días, durante los cuales se alojaba por las noches, en las posadas más baratas que había en el camino.
En sus memorias Talleyrand se extiende largamente, sobre esos dos años en casa de su bisabuela, Marie-Françoise de Rochechouart-Mortemart, princesa de Chalais. La anciana era nieta de Colbert e hija de M. de Vivonne, padre de Mme de Montespan, la que fuera amante de Luis XIV y, tenía a la sazón 72 años. La dama conservó siempre lo que se llamaba l’esprit de Mortemart, una forma particular de humor, que se asociaba tradicionalmente a los miembros de la casa Rochechouart-Mortemart a partir del siglo XVII. Se ha definido como “brillante y cáustico” y, en general, poco respetuoso con los cortesanos más altivos, de los que se burlaban sin llegar a la ofensa. Saint-Simon lo advirtió y lo glosó en sus memorias.
En las suyas el propio Talleyrand reconoce que aquella mujer “avait conservé de que l’on appelait encore l’esprit de Mortemar: c’était son nom”. A su lado, el chico tuvo la revelación inconsciente pero imborrable de su personalidad y, se inició en el arte de vivir propio de su raza, una representación de la cual parecía haber subsistido en la persona de su bisabuela para transmitírselo (todo eso me recuerda a las relaciones que tuve con mi abuela materna Marie Porcel Boucher). Lo conservará en la escuela, en el seminario, en la Iglesia y fuera de ella, en definitiva, durante toda su vida. Fue la primera vez (y quizá la última) en la que tuvo la ocasión de conocer una corte de tal nombre, a partir del ambiente un tanto feudal pero exquisitamente cortés, que rodeaba a aquella gran dama. Allí aprendió que la nobleza no consistía en coleccionar títulos y blasones, sino en hacer sentir su superioridad espiritual y, educar al mundo mediante su sola presencia.
En la madurez de su vida, la recuerda vivamente en sus memorias: “También es la primera mujer que me hizo degustar la felicidad de amar… ¡Le doy las gracias por ello! Sí, la amaba mucho. Su memoria me resulta aún muy cara. ¡Cuántas veces a lo largo de mi vida no la he echado de menos!”.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.