Los godos. El reino de Tolosa y Eurico. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El final del imperio romano, no lo vivió el rey godo Teodorico II, que fue asesinado por su hermano Eurico, en el año 466, sino este último, quien, según Jordanes (“Getica”): “viendo que los emperadores romanos se sucedían unos a otros con tanta rapidez, intentó someter a las Galias a su propio dominio”. En esta frase se condensa, todo lo que supuso su gobierno, en el que la ambición territorial, fue la nota dominante. Hacia el año 470, los godos eran el grupo bárbaro más fuerte, con un Estado consolidado, desde los Pirineos hasta el Loire, y del Atlántico hasta el Mediterráneo. Eurico era el más joven de los hermanos de Teodorico II y, como pronto demostraría, también el más dotado para la política. Porque fue Eurico, en realidad, quien por fin afrontó deliberadamente, la tarea de construir un reino godo independiente: El reino de Tolosa. Y por ello sería recordado.
Las opiniones de carácter moral sobre Eurico, no son especialmente positivas: político voraz, general implacable, astuto para la maniobra, y ambicioso sin trabas, tipo práctico hasta la carencia absoluta de escrúpulos… Pero todos estos son rasgos que, con frecuencia, afloran en los grandes estadistas, y que no dejan de recordar al modelo maquiavélico del “Príncipe”. Si hubiera que juzgar al político, por el color de su alma, seguramente Eurico, sólo merecería reprobación. Pero si el criterio del juicio, es el beneficio objetivo que logra para su pueblo, entonce Eurico merecería una nota muy alta. Porque fue él quien, a fin de cuentas, convirtió el Reino de Tolosa, en la primera potencia de Occidente. Con él, los visigodos fueron al fin, completamente libres. Por la política que Eurico llevó a cabo, parece bastante claro que, tanto la élite visigoda como la aristocracia galorromana, habían llegado a la conclusión, de que el Imperio Romano ya no deba más de sí, por lo que había llegado el momento de volar por libre. Se había hecho muy patente, que Roma no tenía ya recursos que oponer, a cualquier reino, que quisiera constituirse en poder independiente.
En Roma las facciones cortesanas se apuñalaban unas a otras, mientras el suelo se abría bajo sus pies. Presidiéndolo todo Ricimero (jefe militar y gobernante de facto del Imperio romano de Occidente) medio suevo y medio godo, imponía su voluntad, mediante tropas mercenarias, sin otro horizonte que su propio poder personal. África estaba en manos de los vándalos de Genserico, cuyo reino era ya más respetable que el propio Imperio. La Galia, dividida entre el norte francorromano de Egidio, y el sur godo del Reino de Tolosa, no era ya, en realidad, parte del Imperio. Hispania estaba dejada a su suerte, mientras los suevos continuaban en su noroeste con sus disputas. La propia península itálica, último territorio imperial, quedaba a expensas de las maniobras, de la otra mitad del Imperio, la de Oriente, donde la corte de Constantinopla, trataba de salvar sus propios muebles. El emperador de lo que quedaba del imperio de occidente, Libio Severo, no alcanzó a cumplir los cuatro años de gobierno: en agosto del 465 murió, hay quien dice que envenenado por el mismo Ricimero. Nadie sucede a dicho emperador como tal, y Ricimero mantendrá una larga regencia, de casi año y medio. Y es en ese lapso de tiempo, cuando Eurico llega al trono visigodo.
No es extraño pues, que con semejante paisaje, Tolosa decidiera crear su propio espacio político, lo más lejos posible de la influencia de Roma. Y aquí, cuando decimos “Tolosa”, no nos referimos sólo a los visigodos, sino a todo el conglomerado de poder, del sur de la Galia. Eurico se esforzó en subrayar la identidad política goda, que en él llego a ser una obsesión. Sabemos que el rey hablaba tanto la lengua gótica como el griego y, por supuesto, el latín. Era muy consciente de que bajo su cetro, se estaba construyendo un reino nuevo. Desde su conversión al arrianismo, la religión había funcionado entre los godos, no como un elemento de integración en el mundo cultural del Imperio (donde se había impuesto ya el catolicismo de Nicea) sino, al contrario, como un factor de singularidad identitaria.
Pues eso.
(Continuará)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.