Vikingos. Madera de deriva
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
“Las huellas de los dioses se extienden tras ellos en una sinuosa línea, claras en la orilla del océano que rodea la tierra. Sus olas rompen espumosas a su espalda y rugen en sus oídos. Ni una sola pisada de otros corrompe la playa, pues los humanos todavía no habitan este mundo.
Son tres hermanos los que vemos caminando: Odín – el más poderoso y terrible de ellos – Vili y Vé. Se los conoce por muchos nombres, cosa habitual en su familia divina, los aesir.
Aunque parezca pacífico y tranquilo, todo cuanto les rodea se ha construido con sangre. La tierra y el cielo se han creado literalmente a partir del cuerpo desmembrado de una víctima de asesinato. El universo es la escena de un crimen: una historia inquietante, llena de misterios, violencia y contradicciones, una historia cuyas verdades deben sentirse más que explicarse y comprenderse… Son curiosos, estos dioses, siempre indagando sin sosiego en la naturaleza de las cosas que hallan en su nueva y reluciente creación ¿Qué es eso? ¿Y esto? Se sienten solos, en este lugar que todavía carece de espíritu, sentido y color.
Pero ahora los dioses están en la playa y hay algo en la orilla.
La marea ha arrastrado hasta la arena dos grandes trozos de madera de deriva. Salvo por ellos, la playa permanece vacía bajo la inmensidad del cielo. Odín y sus hermanos se acercan y, con esfuerzo, dan la vuelta a los troncos sobre la arena. Es entonces cuando comprenden lo que hay dentro, como un escultor visualiza su obra al observar el bloque de piedra y sabe que está allí, esperando a que la libere. Los tres dioses trabajan la madera con las manos; la moldean, la cepillan y le dan forma siguiendo sus vetas. Una nube de serrín y polvo los rodea. Se miran y se sonríen, entusiasmados por el gozo de crear. Poco a poco, lo que se escondía dentro de la madera se vuelve visible, toma forma bajo la presión de sus divinos dedos. Un brazo por aquí, una pierna por allá y, por último, los rostros.
Primero un hombre – el primer hombre – y, luego una mujer. Los dioses los contemplan. Es Odín quien se les acerca y exhala en sus bocas para conferirles vida; tosen y empiezan a respirar, todavía atrapados en la madera. Vé les abre los ojos y los oídos, pone en movimiento sus lenguas y suaviza sus facciones, mientras el hombre y la mujer miran con ojos desorbitados y emiten balbuceos confusos. Vili les otorga inteligencia y la capacidad de moverse; se liberan de los troncos y, de sus cuerpos caen virutas de madera y corteza.
Por último, los dioses les dan nombres, su sustancia se transforma en sonido. El hombre es Askr, el fresno; la mujer es Embla, el olmo.
Los primeros seres humanos del mundo miran a su alrededor, atónitos, escuchan el silencio y, luego, lo llenan con palabras, gritos y risas. Señalan hacia el océano, el cielo, el bosque y hacia cada vez más cosas, ponen nombres a todas ellas y ríen de nuevo. Corren por la playa, se alejan cada vez más de los dioses que los contemplan y, se adentran en su nuevo hogar, hasta que se pierden de vista. Tal vez se despiden con un gesto de Odín y los demás, tal vez no, pero volverán a verlos pronto.
De esta pareja desciende toda la humanidad, a lo largo de los milenios, hasta nuestros días”.
(Neil Price, “Vikingos”).
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.