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Thor Heyerdahl y “Rapa Nui”. IV


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Una vez establecidos en la ancha ensenada de Anakena, con una docena de tiendas de campaña, levantadas entre los muros de lo que había sido, el primer hogar Hotu Matua en la isla, los arqueólogos estaban listos para entrar en faena. Sin embargo, Thor Heyerdahl experimentaba cierta desazón, que procuró guardar para sus adentros. Su inquietud no era para menos, considerando que el objetivo fundamental de la expedición, era el de las excavaciones. Ahora bien ¿habría algo que excavar. Pascua, saltaba a la vista, era un erial carente de vegetación arbórea, o siquiera arbustiva. Y sin plantas que pudieran descomponerse y producir humus, era poco probable, que aquel terreno fuera aumentando paulatinamente su espesor, hasta recubrir, la más insignificante de las construcciones humanas.

Los propios indígenas de la cuadrilla, contratada para trabajos auxiliares corroboraban, sin ser conscientes de ello, la misma preocupante sospecha: “Señor”, le insistían, una y otra vez, “aquí edificó Hotu Matua su primera residencia. Vea usted: estos son los cimientos y, allí está la cocina”. De ser ciertas sus aseveraciones, aquellas ruinas expuestas a todas las miradas y, mostradas incluso como atracción turística, demostraban que, en los siglos transcurridos, desde el desembarco del gran “ariki”, el suelo no había crecido ni medio palmo. En consecuencia, las posibilidades de realizar hallazgos, utilizando la piqueta, se desvanecían como los sueños al despertar. A menos que en tiempos no muy lejanos, la isla hubiera sustentado, su correspondiente jungla subtropical, desaparecida más tarde por causas no conocidas ni hasta entonces investigadas. Un misterio más, para agregar a la nutrida lista de los ya existentes en Rapa Nui.

Quizá no hubiera nada oculto bajo la tierra, pero eso era lo que la expedición debía averiguar. Así que, durante los días iniciales de su estancia en la isla, los arqueólogos de dedicaron a labores de reconocimiento. El caso es que sus primeros informes, no sólo resultaron alentadores, sino que trajeron una sorpresa aparejada. Se habían localizado algunos muros viejos que, tras una inspección somera, arrojaban indicios de la presencia en la isla, de dos civilizaciones distintas, anteriores a la llegada de los europeos. Esta conclusión concordaba, con las propias deducciones del padre Englert, quien estaba convencido de que los descendientes de Hotu Matua, no eran los únicos pobladores de Rapa Nui y, de que al menos durante cierto tiempo, habían convivido con una oleada posterior, de inmigrantes de otra raza, hasta que esta última fue exterminada, de manera violenta e inmediata, al decir de la leyenda, en una cruenta guerra tribal.

Por algún lado había que empezar y, allí estaba la cocina, que los nativos atribuían a Hotu Matua. Se trataba de un horno pentagonal de piedras, asentado sobre cimientos en forma de navío. Dadas sus características, no había lugar para el uso del pico y la pala, sino a la simple paleta de albañil, con la cual se puede profundizar cuidadosamente, centímetro a centímetro, para no deteriorar los posibles hallazgos.

Estos comenzaron a surgir sin mayor tardanza, justamente bajo el nivel de la hierba: fragmentos de cuencos de piedra, puntas de lanza, utensilios cortantes de obsidiana y, más bajo, anzuelos confeccionados con huesos humanos. La novedad, por completo inesperada, se produjo cuando la calicata (tipo de exploración) alcanzaba los 30 centímetros de hondura. La paleta tropezó con una estructura de piedra que, al quedar al descubierto, reveló la forma de un horno pentagonal, copia exacta del que estaba en la superficie. Si éste pertenecía a Hotu Matua ¿Cómo se explicaba aquella segunda y más antigua cocina? O alguien había llegado a la isla, antes que el ilustra “ariki”, preparándose su comida de la misma forma que él, o el único horno visible hasta el momento en que excavaros la tierra con la paleta, no era obra de Hotu Matua. Todas las probabilidades apuntaban, por supuesto, a la segunda hipótesis. Entretanto, quienes no salían de su asombro, eran los pascuenses. Más desconcertados que sorprendidos, asistían al derrumbe parcial, de su particular universo de evidencias y, se mostraban incapaces de asimilar el descubrimiento recién hecho, por los arqueólogos noruegos.

Pues eso.

(Continuará)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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