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Afganistán. “El Gran Juego”. IX


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Cuando la llegada de Henry Rawlinson a Teherán, el conde Ivan Simonitch (embajador ruso) había conseguido ganarse la confianza del sha, y ser más influyente que el impasible Sir John MacNeill, el embajador británico, tanto en sofisticación como en estrategia. En 1837, Simonitch persuadió hábilmente al recién coronado monarca (Sha), para utilizar sus tropas – armadas por los británicos – en otro ataque sobre la disputada ciudad de Herat (en territorio afgano), y le ofreció un señuelo de cincuenta mil tomanes de oro y la condonación de su deuda, a cambio de que le permitiera que se estableciese, un consulado ruso en Herat, una vez que se completase la conquista. Fue una brillante estratagema. De este modo Simonitch, esperaba utilizar al sha como marioneta del zar. Aunque, en realidad, el nuevo monarca persa Mohamed II, llevaba obsesionado desde hacía mucho, con la reconquista de Herat – incluso lo había mencionado en si discurso de coronación – y no necesitaba ningún estímulo ruso, para desear tomar la ciudad.

Simonitch también prometió el apoyo ruso, a un tratado de defensa mutua entre el sha y los medio hermanos barakzais de Dost Mohammad de Kandahar. Simonitch, por supuesto, era plenamente consciente, del efecto que esto tendría sobre la paranoia de los británicos. A Sir John MacNeill, el embajador británico, no le quedó otra alternativa, que sentarse en su estudio de Teherán y escribir, a toda prisa, un panfleto alarmista que publicó, de forma anónima, bajo el título de “The Progress and Present Position of Russia in the East”. El panfleto fue bien recibido y muy leído en Londres, y contribuyó a que Westminster, se reafirmara en la certeza, de que un gran enfrentamiento con Rusia, en Persia y Afganistán, era inminente.

Sin embargo, y a pesar de la visión más cauta del zar Nicolás II y sus ministros de San Petersburgo, MacNeill tenía razones para afirmar que su rival el conde Simonitch, si tenía otras ambiciones estratégicas, entre las cuales se encontraba, su deseo de establecer una base rusa en Herat, a solo seis semanas de marcha de la frontera británica en Ludhiana. Los espías de MacNeill del Consulado ruso de Teherán, le habían enviado unos informes algo confusos hacía poco tiempo: “historias absurdas sobre un príncipe moscovita”, al frente de un ejército de diez mil hombres, y al que, decían, aguardaba en la frontera de Irán, para que acudiera en ayuda de los persas, en su asedio a Herat. Henry Rawlinson se dio cuenta, de que el oficial de pelo rubio, que dirigía la tropa de cosacos, que él había avistado, “podría ser el hombre en cuestión. Por supuesto esto despertó mi curiosidad. En los momentos previos al sitio de Herat, el mero hecho de ver a un caballero ruso, que atravesaba Jorasán, era sospechoso. Y decidí que era mi deber, tratar de resolver el misterio”. Rawlinson hizo que su escolta diese media vuelta. “A cierta distancia seguí el rastro del grupo, a lo largo del camino principal, y luego descubrí que se habían bifurcado, hacia un desfiladero entre las colinas. Ahí fue donde nos cruzamos con ellos, cuando se encontraban desayunando, sentados al borde de un riachuelo de aguas claras y cristalinas. El oficial – que era fácil de distinguir – era un joven de físico delicado, de tez muy blanca, con los ojos brillantes y con expresión vivaz”.

“El ruso – continuaba Rawlinson – se levantó y se inclino a mi llegada, pero no dijo nada. Me dirijí a él en francés – el idioma de comunicación habitual entre los europeos en Oriente – pero negó con la cabeza. Entonces le hablé en inglés y me respondió en ruso. Cuando probé con el farsi, pareció no entender palabra; por último se expresó con vacilación en turcomano o turco uzbeko. Yo podía mantener una conversación muy básica en esa lengua, pero no saciar mi curiosidad con tales rudimentos. Y esto era precisamente, lo que mi amigo quería, porque cuando descubrió, que yo no tenía fluidez con el chagatai, prosiguió en turco lo más rápido posible. Todo lo que puede averiguar, fue que era un auténtico oficial ruso, y que llevaba regalos del emperador ruso (el zar) a Mohammad Sha (el soberano persa). No quiso decir más; así que, tras fumar otra pipa con él, subí de nuevo a mi caballo”.

Pues eso.

(Continuará.)

 

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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