Historia de la Revolución Norteamericana
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
A diferencia de la Revolución francesa, que fue causada por una tiranía real, la norteamericana se abordaba por los historiadores, como una asunto peculiarmente intelectual y conservador, como algo provocado no por una opresión real, sino por la anticipación a esa opresión, por la lógica y la lealtad, a principios como “ninguna contribución sin representación”.
Sólo con la llegada del siglo XX y el nacimiento de la historiografía profesional, la revolución norteamericana se convirtió, en algo más que una rebelión colonial, y en algo diferente a un acontecimiento intelectual conservador. Como dijo Carl Becker, uno de los principales historiadores de aquel tiempo, la revolución no sólo se proponía conseguir un gobierno propio, también se trataba de decidir, en manos de quien iba a estar ese gobierno. De forma que ahora se percibía, como algo completamente al margen de disputas ideológica. Este menosprecio de las ideas, y la insistencia en el conflicto entre clases y facciones, dominaron la historiografía, durante la primera mitad del siglo XX. Luego, hacia la mitad del siglo, una nueva generación de historiadores, descubrió el carácter constitucional y conservador de la revolución. Y llevó su interpretación intelectual, hasta nuevas cotas de complejidad.
Aunque los historiadores norteamericanos han disentido entre ellos, a lo largo de los dos siglos pasados, raramente o nunca, ha puesto en duda el valor de la revolución. Sin embargo, desde el inicio del actual siglo, esa revolución, al igual que la nación de la que ella nació, está sometida a fuerte críticas. Es más, se ha puesto de moda, negar que de ella saliera algo fundamentalmente positivo. Algunos historiadores contemporáneos son más propensos, por el contrario, a destacar sus fracasos. Como un joven historiador decía, no hace tanto, la revolución “no logró liberar a los esclavos, no logró ofrecer la plena igualdad política a las mujeres, no logró conceder la ciudadanía a los indios, y no logró crear un mundo económico, en el cual todos pudieran competir en igualdad de condiciones”. Pero estas afirmaciones, un tanto desproporcionadas, marcan un umbral de éxito, que ninguna revolución del XVIII podría haber alcanzado en modo alguno. Seguramente nos dicen más, sobre las tendencias políticas de los historiadores que las hacen, que sobre la revolución americana en si misma.
La historia de esa revolución, al igual que la historia de la nación en su conjunto, no debería verse, a mi entender, como un relato de lo justo o injusto, del bien y del mal, del cual extraer jucios morales. Muchas veces lo he escrito: la historia no puede entenderse como un tribunal de justicia, bajo las costumbres morales de hoy. No creo que haya duda alguna, de que la revolución fue espectacular. El que trece insignificantes colonias, apiñadas a lo largo de una estrecha franja de la costa atlántica, a casi cinco mil kilómetros de los centros de la civilización occidental, se convirtieran en menos de tres décadas, en una enorme y desbordante república, de casi cuatro millones de ciudadanos ávidos de dinero, con mentalidad expansiva y evangélica es, como mínimo, una historia espectacular. La revolución, al igual que toda la historia norteamericana, no es sólo ni principalmente, una alegoría de las virtudes morales, es una historia complicada y, en ocasiones, irónica, que es necesario explicar y comprender, no celebrar ni condenar. Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.