Estados Generales. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
¿Qué iba a hacer el Tercer Estado, que se había quedado inmóvil? La situación era bastante peliaguda para sus diputados. Rechazar enseguida y abiertamente el voto por estamentos, era precipitarse en la ilegalidad, en la revolución. Algunos de sus componentes, ya estaban dispuestos a ello, como los del Delfinado, o los bretones, pero no todos. Por el contrario, ninguna voz se alzó para abogar por la obediencia o por la tradición; se decidió pues esperar. El Tercer Estado se cuidó mucho de no constituirse en asamblea, de no darse ningún reglamento, ni de constituir Mesa. Pero, síntoma significativo, volvió para darse otro nombre el día 6. Como si su nuevo nombre, le purificase de una humillación secular, sus representantes serían, de ahora en adelante, los “diputados de los comunes”.
Por pitos o por flautas, se llegó al día 9 de junio, sin que nada hubiera empezado aún de veras. Sin embargo el tiempo apremiaba, crecía la efervescencia. El público invadía cada día, las tribunas de la gran sala del Hotel de Diversiones. Pero los diputados bretones, se habían ya habituado, a .concertarse fuera de las sesiones, y a invitar a sus discusiones, a los colegas de las demás provincias. Iba naciendo un espíritu colectivo, se distinguían ya algunos talentos, se afirmaban algunas “autoridades”: no sólo Sieyés y Mirabeau, sino también Bailly, Target, Barnave, Mounier, Rabaut Saint-Etienne, Camus, Malouet, Le Chapelier…
El 10 de junio, a propuesta de Sieyés, el Tercer Estado decidió “salir de una inacción demasiado larga”, e invitó a los diputados de los dos primeros estamentos, a que se les unieran, para una verificación en común, de los poderes de “todos los representantes de la nación”. A quines no comparecieran, se les consideraría como ausentes.
El 12 por la noche, se abrió la sesión convocada, pero al inició el Tercer Estado, se encontró solo. El 13 se le unieron tres párrocos de Poitou. El 14, y luego el 16, aquel movimiento fue ampliándose lentamente. 19 diputados eclesiásticos – entre ellos el abate Grégoire – se sentaron con los “comunes”. Terminada la verificación de los poderes de los diputados, la Asamblea abordó la importante cuestión de su denominación ¿Qué es lo que era? ¿Qué es lo que quería ser? Contra las prudentes admoniciones de Mourier y de Mirabeau, Sieyés tomó en préstamo de uno de sus colegas, el término de “Asamblea nacional”, que fue adoptado por una gran mayoría el 17, tras un debate de dos días. Se había consumado, el gran acto revolucionario: el Tercer Estado había destruido la antigua sociedad política, y había creado un nuevo poder, independiente del rey.
Entre la mayoría de su ministerio, que abogaba en pro de los Estados, y su séquito personal, que propendía ya hacia una demostración de fuerza, Luis XVI se inclinó por su séquito. Pero no decidió más, que la forma de su arbitraje: se celebraría en los Estados una sesión real. Mientras tanto, se cerraría la gran sala del Hotel de Diversiones.
El día 20, los diputados de la Asamblea nacional, que no había sido advertidos, se hallaron pues ante las puertas cerradas. Congregados bajo la lluvia, en la avenida de Paris, se encaminaron hacia una sala muy próxima, la del Juego de la Pelota, iluminada por altos ventanales, carente de asientos. Aquella sala totalmente desnuda, sirvió de marco solemne para el famoso juramento “Le Serment du Jeu de Paume”, redactado por Target y leído por Bailly:
“La Asamblea nacional, considerando que, como fue convocada para estatuir la Constitución del reino, llevar a cabo la regeneración del orden público y mantener los verdaderos principios de la monarquía, nada le puede impedir que prosiga sus deliberaciones, cualquiera que sea el lugar en el que se vea obligada a constituirse; y que, en resumen, en cualquier sitio en el que se hallen reunidos sus miembros, allí está la Asamblea nacional; DECRETA que todos los miembros de esta Asamblea prestarán en el acto solemne juramento de no separarse nunca y de volver a reunirse en cualquier sitio en que las circunstancias lo exijan, hasta que la Constitución del reino sea establecida y quede confirmada sobre unos fundamentos sólidos; y que, una vez prestado dicho juramento, todos los miembros, y cada uno de ellos en particular, confirmarán con su firma esta resolución inquebrantable”.
Todos los diputados, menos uno, prestaron juramento en manos de Bailly. De ahora en adelante, la voluntad revolucionaria tenía el sello de la fe jurada.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.