La nación congregada no recibe órdenes
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
El 23 de junio de 1789, se celebró la anunciada reunión de los Estados Generales, bajo la presidencia de Luis XVI. El rey clausuró la sesión con un altivo discurso, en el que flotaba la amenaza de disolución. La orden del rey fue que los tres Estados se separaran, y deliberaran cada uno por su parte.
Inmediatamente después de que el rey se hubiera marchado, seguido por los diputados de la nobleza y los prelados, el joven marqués de Dreux-Brézé, gran maestro de ceremonias, se acercó a los hombres del Tercer Estado, inmóviles y silenciosos: “Señores, ya conocen ustedes las intenciones del rey”. En los minutos que siguieron, la revolución burguesa, halló tres fórmulas pasmosas, para expresar los nuevos tiempos. La de Bailly: “La nación congregada no puede recibir órdenes”. La de Sieyés: “Hoy sois lo mismo que erais ayer”. Y la de Mirabeau: “No abandonaremos nuestros puestos, más que por la fuerza de las bayonetas”. La Asamblea decidió pues, persistir en sus anteriores resoluciones, y decretó la inviolabilidad de sus miembros.
El 24, la mayoría del clero volvió a la Asamblea nacional, que el arzobispo de Vienne, presidió juntos a Bailly. El 25, se disgregó incluso la resistencia de la nobleza, cuando 47 de sus diputados se unieron a la Asamblea nacional, siguiendo a Clermont-Tonnerre, a La Rochefoucauld, a du Port y al duque de Orleans. Y el 27, el mismo Luis XVI acepto el hecho consumado, al invitar a “su fiel clero y a su fiel nobleza”, a que se reunieran con el Tercer Estado.
Así pues, desde finales de junio, había enfrentadas dos soberanías: la antigua, que era la del rey, y la nueva, que era la de la Asamblea. En realidad no eran aún incompatibles. Y no sólo porque, desde el pasado día 27, la primera hubiera reconocido implícitamente a la segunda, sino porque también la segunda, no trataba todavía de sustituir a la primera, pues la revolución burguesa no exigía el todo o nada. Estaba dispuesta a compartir el poder con el rey, a gobernar con la aristocracia liberal.
Indiscutiblemente, la Corte soñaba con el desquite: la reina, el conde Artois (hermano del rey), los príncipes de Condé y de Conti, Polignac, Broglie, aguijoneaban, en este sentido, la debilidad del rey. Pero ¿había un verdadero plan de contrarrevolución? De haberlo, los historiadores no lo tienen claro. De hecho, día por día, se iba concretando toda una política de concentración militar, alrededor de Paris. El 26 de junio, el mismo rey, hizo expedir órdenes de marcha a seis regimientos, en su mayoría suizos o alemanes. El pretexto era el de mantener el orden, en un Paris que estaba hambriento y tenía miedo. Pero la Asamblea nacional se inquietó. El 8 de julio, Mirabeau denunció el proyecto contrarrevolucionario.
La conjura de Versalles se anticipó, y el 11 de julio, el rey desterró a Necker, y destituyó a sus ministros liberales. El nuevo ministerio que se constituyó, era un cartel contrarrevolucionario: Barentin seguía siendo guardasellos; Breteuil, aristócrata declarado, era su alma, y el mariscal Broglie recibió en él la cartera de Guerra. Para todo el reino, se trataba de una declaración de guerra civil.
Desde finales de junio, Paris estaba en abierta efervescencia, en permanente mitin. El alza del precio del pan y el aumento del paro, por la superpoblación que la miseria del campo traía hacia Paris, los barrios populares del centro y del este se exasperaban. El 14 de julio, coincidencia simbólica, el pan costó más caro que en ningún momento del siglo. Por otra parte, el miedo a la bancarrota alarmaba a todos los intereses, grandes y pequeños, a la masa de los rentistas y a la oligarquía mercantil y financiera.
La reunión de los Estados Generales, y la posterior revolución de los diputados del Tercer Estado, había despertado en el espíritu popular, el viejo milenarismo, la ansiosa espera del desquite de los pobres, de la dicha de los humillados. Paris tenía hambre. La ciudad estaba en pie, esperando ¿Quién la gobernaba? Nadie.
Pues eso.
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.