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Los “malos libros”. Primera Parte


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En la Biblioteca Nacional tenemos la posibilidad de contemplar una sugerente exposición sobre la censura de los libros en la Edad Moderna, que recomendamos vivamente por las sugerencias que nos aporta más allá de esta época. Dada la importancia de este asunto hemos querido ser un poco exhaustivos, y dividir nuestro trabajo en varias partes.

La primera cuestión que tratamos tiene que ver con lo que se entiende por censura. La exposición nos informa que se puede entender como una forma de limitar y erradicar las posturas distintas, es decir, el disenso religioso y político. La censura es un medio o instrumento de control social y para crear convicciones, además de poder acceder a las conciencias mediante la vigilancia de lo que se lee y se puede leer. La censura se ejerce prohibiendo libros, transformándolos mediante los expurgos, es decir, la censura de parte de los contenidos de un libro sin prohibirlo en su conjunto, además de poniendo en marcha mecanismos para calificar y diagnosticar que un libro es herético o contrario al poder, escandaloso, peligrosos o que pueden envenenarnos. La censura combatiría a los “malos libros”.

Pero, ¿qué era un “libro malo”? En realidad, ya hemos dicho algo. Un “mal libro” sería el herético, el ateo, el que contenía los considerados errores doctrinales o que defendían ideas contrarias a dogmas y principios fundamentales de la religión y de los aspectos terrenales de la Iglesia. Pero la lista era más larga, porque un “mal libro” también podía ser el que tratara de magia, ocultismo y adivinación, o los que hablasen de pactos con el diablo, cuestionasen el “libre albedrío” y, por tanto, defendieran la predestinación, así como los que explicasen principios de otras religiones.

El problema con la definición de “mal libro” aparecería con los que se consideraban que contenían textos inmorales u obscenos. En realidad, no eran textos que hablasen de cuestionamientos sobre la fe o los dogmas, pero eran considerados peligrosos, especialmente para niños, jóvenes y mujeres, tres colectivos considerados como menores de edad, y por tanto, supuestamente fácilmente manipulables.

El primer y principal instrumento de la censura de libros en la época moderna y en el ámbito católico lo constituyeron los Índices de libros prohibidos. Los mismos nacieron en el mundo universitario, culminando una herencia que había nacido en la Baja Edad Media en relación con el libro académico. Pero ahora los Índices tendrían como misión controlar las controversias y disensos, pero, sobre todo, la herejía, nacida al calor de la Reforma. Los primeros Índices modernos se realizaron por las Facultades de Teología de París y Lovaina, a mediados del siglo XVI. Después se hicieron en otros lugares, pero con el tiempo los Índices fueron realizados por las Inquisiciones de cada Estado, por juntas o comisiones específicas y por la Congregación del Índice de Roma. Es interesante afirmar que los Índices generaron no pocos conflictos jurisdiccionales, algo muy común en el Antiguo Régimen porque distintos organismos e instituciones, las universidades, el poder episcopal, el inquisitorial, el poder del rey y el papal.

Si el poder civil o real se encargaba de la censura previa a la impresión del libro, al necesitarse la oportuna licencia para hacerlo, el Santo Oficio de la Inquisición actuaba a posteriori, es decir, con el libro ya impreso. Para ponerse en marcha se necesitaba una denuncia, después se calificaba el libro, y, por último, se emitía una sentencia sobre el mismo. Esa sentencia era promulgada por el Consejo de la Inquisición en España. La misma era comunicada a los distintos tribunales de distrito del Santo Oficio a través de lo que se conoce como “carta otorgada”. La misma era, realmente, un documento interno, pero había que hacer pública la sentencia o resolución para conocimiento general, y eso se hacía a través de un “edicto”, que se fijaba en las puertas de las iglesias. Una vez terminado este proceso judicial, había que proceder a la actuación que podemos calificar de policial, es decir, el control de los libros condenados, y que podían encontrarse en librerías, bibliotecas privadas o que podían estar circulando a través de las fronteras, ya fueran terrestres, ya en los puertos.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.

Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.

 


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