El Nilo Azul. El poder de Teodoros. I
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
De siempre se ha dicho, que el emperador etíope Teodoros, fue un perro rabioso en libertad, una especie de reencarnación negra de Iván el Terrible y los tiranos rusos. Lo fue, en efecto, en varios sentidos, incluso para las cotas de salvajismo de la propia Etiopía. Sin embargo, su pésima reputación no le cuadra del todo. Se interpones un toque de nobleza y, aunque posiblemente justificada, en mejores circunstancias podría haberse convertido en Otelo, pero nunca en Yago. Era demasiado impulsivo para pasar por calculador malvado: en su furia no existía un auténtico método. Walter Chichele Plowden (1820-1860) cónsul británico en Abisinia, que le conoció bien, ya en los años 50 del XIX, nos dice que, para su juventud, Teodoros desplegaba “un gran tacto y delicadeza”.
“Su cólera”, a decir verdad, “era terrible, todos temblaban”. Pero también era enérgico y tajante y, también, muy religioso y muy generoso. Fue un hombre cortés, incluso en el cenit de sus delirios. El resto del perfil es el habitual de un megalómano soñador, del reformador a ultranza, que ve sus reformas rechazadas y, quiere reducir el mundo entero a ruinas, para resarcirse de su fracaso. Plowden creía que, al principio, era absolutamente sincero, de hecho, intentó abolir la esclavitud, reformar el sistema tributario, pagar a los soldados, en vez de permitirles saquear, incluso introdujo en el país, esos extraordinarios pantalones de equitación blancos, que los etíopes se ponen todavía en la actualidad. Creyó a pies juntillas, hasta el momento de su muerte, que estaba destinado a restaurar, la antigua gloria del imperio etíope.
Pero ese era el problema, carecía de la capacidad de discernimiento, nunca supo donde parar. Cuando por fin fue derrotado, en la larga y caótica lucha por arrancar, a palos y bajo amenazas, a su pueblo de la Edad Media, se lanzó, cual animal acorralado, a una carnicería demencial. De haber tenido a alguien, que le ayudara en la tarea terriblemente difícil, de aceptarse sin perder dignidad ante el mundo moderno, acaso la historia habría sido distinta. Pero estaba rodeado de ignorancia y superstición. Además, no cabía imaginar en el siglo XIX, lugar más bárbaro y salvaje que Etiopía.
Desde la partida de James Bruce (de quien escribimos en textos anteriores) en 1771, nada había acontecido allí que no fuera anarquía y, tan profunda, que incluso los archivos guardan silencio. Desconocemos todo detalle preciso, sobre como discurría la política, que caciques marchaban contra otros, o de que leyes y fuerzas se servía la gente, para sobrevivir. Sus batallas fueron libradas en una negra noche de aislamiento, para quedar en el olvido, así se ganaban o perdían. Con la aparición de Teodoros, la luz empieza a iluminar la escena, de él arranca la historia de la Etiopía moderna.
Teodoros sostenía que era de sangre real y, descendiente por línea directa, de Salomón y Alejandro Magno. Pero de eso, nada de nada: era hijo de un cacique local de segunda línea, sin ninguna vinculación con la familia real. Fue un rey que se hizo a sí mismo. Su dinastía comienza y acaba en él. Nació en 1818, en el distrito fronterizo de Kwara, cerca de las fuentes del Nilo Azul, en la provincia cristiana de Amhara, que estaba rodeada por todas partes de musulmanes – turcos, egipcios, árabes de los desiertos del Sudán y, las tribus “gallas” de la propia Etiopía central – de ahí que Teodoros creciera, sin conocer prácticamente otra cosa, que la guerra contra el islam. Si bien es verdad que tuvo otras pendencias, en lo esencial se tenía por un cruzado contra los musulmanes. Y si queremos comprenderlo, no se ha de olvidar nunca, esta faceta de su carácter. Desde un primer momento, parece haberse distinguido como un hombre excepcional, con toda apariencia de jefe. Era negro, guapo, de frente ancha, cuerpo ágil, atlético, con cierto aire de majestad en el porte. Educado en un monasterio, enseguida abandonó el sacerdocio, para convertirse en soldado; y a fe que, en las despiadadas artes de la guerra tribal etíope, fue un maestro.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.