Hermenegildo. II
- Escrito por Emilio Alonso Sarmiento
- Publicado en Historalia
Como decíamos ayer… El traslado de Hermenegildo a Sevilla, debe ser visto en relación a otros temas, que no tenían nada que ver, con su futura conversión al catolicismo. En primer lugar, no hubo rebelión alguna de Hermenegildo, antes de llegar a Sevilla, pues de haberla habido, es difícil pensar que Leovigildo, le hubiera entregado el gobierno, de las siempre conflictivas ciudades del sur. Es más que probable, que en su traslado influyeran la edad ya avanzada del rey y, la inestabilidad de la Bética, que demandaba un representante real en sus territorios. Por lo que es más que cuestionable, la versión de que su madre, Gosvinta, animase a Hermenegildo contra su padre, para gobernar unas regiones, que ya le habían sido prácticamente entregadas. A no ser que el peligro, no fuese el anciano monarca, sino más bien, las aspiraciones de su hermano Recaredo, de las que las fuentes no hablan, quizá porque se escribieron durante su reinado. En este caso, si podríamos admitir, el temor de Hermenegildo, a que su anciano padre – antes de su conversión y, en vista de su carácter pusilánime y, de la influencia que ejercía su esposa Igunda – le desheredase y, dejase todo el reino a su hermano Recaredo, que, éste sí, ya había demostrado su capacidad como regente en la Narbonense.
De esta condición pusilánime de Hermenegildo, fue de la que se aprovecharon los nobles de la Bética, mayoritariamente católicos y de fuerte tradición independentista. Y muy probablemente también los emperadores bizantinos que, recordémoslo, todavía gobernaban territorios en el sureste de la Península. Con la revuelta de los nobles, quedó rota la idea inicial del aún monarca, de mantener un control absoluto, del triángulo de los territorios conquistados, a partir de sus vértices: Narbona, Toledo y Sevilla. La traición de Hermenegildo pues, se hizo con el acuerdo de una parte de la nobleza eclesiástica y, en particular, de la facción dirigida por el metropolitano de Sevilla, Leandro, el hermano de San Isidoro. Éste mantenía buenas relaciones con la corte de Constantinopla, era un defensor a ultranza del catolicismo y, un político de altura, con influencias sobre algunas de las familias más poderosas de la Bética. Isidoro, para justificar su postura, afirmaba que las virtudes de Leovigildo, estaban anuladas por su impiedad y, que había perseguido a los católicos, relegando al destierro a muchos obispos. Pero la persecución de los obispos, no había sido por su fe, sino por oposición al gobierno real, ya que Leovigildo, cortó también la cabeza a muchos de los suyos, o los envió al exilio, requisándoles sus bienes, de manera que enriqueció al fisco, con unos ingresos muy necesarios, para cubrir sus campañas militares y, atraerse nuevos partidarios. El temor a estas represalias, fue la excusa de algunas familias que se beneficiaban con la conversión de Hermenegildo, quien cayó bajo su influencia. Pero su oposición a su al monarca, utilizando de comodín a su hijo, solo podía desembocar en una guerra civil. Por esta razón Hermenegildo, no esperó a la muerte de su padre para bautizarse, pues entonce hubiera sido demasiado tarde para la nobleza que lo apoyaba y, además debió de existir en él, una cierta sospecha, respecto a la posibilidad de que fuera Recaredo, con mayor solvencia militar y política y arriano confeso, el beneficiario del patrimonio logrado por su padre. Esta realidad explicaría, el hecho de que fuentes provenientes de la época, en que Recaredo era ya monarca, consideraran la acción de Hermenegildo, no como un acto de fe, sino como una usurpación del poder en la Bética. Tanto Isidoro, como Juan de Bicarlo, parecen querer negar el hecho religioso de la revuelta, quizá para salvar a los obispos que la apoyaron y, lavar la posible culpa de su hermano Recaredo, en su posterior desaparición. De manera que solo las fuentes cristianas y el Papa Gregorio Magno, la defienden por su deseo de defender el catolicismo. Aunque Gregorio de Tours, no dudó en repudiar el acto como una traición. Pero fue precisamente la noticia de la vida ejemplar y, de sus milagros, lo que consiguió calar en sus contemporáneos y, terminó por componer la figura de adalid del catolicismo, que nos ha llegado y, que le hizo merecedor de ser incluido en el “Martirologio romano”, en época de Felipe II.
Pues eso.
(Continuará.)
Emilio Alonso Sarmiento
Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.