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Voltaire. La religión y el jansenismo. I


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Al examinar el ataque volteriano a la religión, hemos de recordar que, en un primer periodo, su evolución filosófica fue estimulada y exacerbada, por su antipatía contra las formas exteriores de la religión. No era simplemente una duda en la creencia, sino exasperación contra la Iglesia.

Dos elementos distintos, yacían en el fondo de la enemistad de Voltaire, a la forma particular de monoteísmo, que imperaba a su alrededor. Uno de ellos, fue el elemento intelectual de la repugnancia, hacia un sistema de fe, que estaba fundado en milagros y misterios, inconciliables con la razón e, íntimamente unidos, a algunos de los tipos más odiosos en carácter y, más feroces en acciones del Antiguo Testamento. El otro era el elemento moral de ira, contra los expositores de dicho sistema, contra su intolerancia hacia la Ilustración y su odio a la ciencia, contra sus recíprocas luchas, contra los escándalos de su casuística, contra su necia crueldad. De estos dos elementos, el segundo era, indudablemente, si no anterior en tiempo, al menos más fuerte en intensidad. Porque comprendía que el fruto era mortal, Voltaire aplicaba el hacha a las raíces del árbol.

Seguramente es fácil hoy, decir que los “venenosos” jesuitas y, los “sombríos” jansenistas, no fueron fruto del árbol, sino productos de un mero injerto, que podrían haber sido escamondados, sin tocar el sagrado tronco. Pero Voltaire pensaba de otro modo y, tuviese o no razón, deberíamos hacerle la justicia, de tener constantemente ante sus ojos, la soberana quiebra del catolicismo, como fuerza social en sus días. Este no es hoy un hecho de disputa, entre personas que poseen bastante ciencia y libertad mental, para tener opinión propia. El volterianismo, sólo puede ser convenientemente examinado, si lo consideramos, no como la explosión de una atolondrada inteligencia especulativa, sino como una justa protesta social, contra un sistema socialmente pestilente. La resurrección de las peores partes de este sistema, en forma de crueldad y, el oscurantismo que tuvo lugar a mitad del siglo, fue lo que convirtió a Voltaire, en un enemigo activo de la fe. De otro modo, es muy posible que hubiera permanecido tranquilamente en la fase de deísmo, de que son expresión sus primeros versos. La filosofía es en verdad, como dice Calicles (filósofo político ateniense, más recordado por su papel en el diálogo Gorgias de Platón, donde se presenta como un defensor del realismo político) en el “Gorgias”, un encantador complemento para un hombre de buena edad; pero llevar la filosofía demasiado lejos, es el error del género humano.

Antes de seguir adelante, unas palabras sobre el jansenismo, al que también atacó Voltaire. El clérigo holandés Corneille Janssens o Jansen (1585-1638) se enfrentó a los jesuitas, apoyándose en las doctrinas de Agustín de Hipona y, lanzó un movimiento espiritual, que tuvo gran repercusión en el catolicismo y más allá. Uno de los puntos esenciales, de las polémicas de los jansenistas, era que sus adversarios (concretamente los jesuitas) otorgaban excesiva importancia a la libertad humana. Los jansenistas ponían en la diana, fundamentalmente las teorías del jesuita español Luis de Molina. Quien nacido en Cuenca y enviado por la orden, como estudiante de filosofía a Coímbra, abordaba, con gran originalidad, un problema que recubre esa interrogación esencial de la condición humana, sobre el determinismo y el libre albedrío, que también evocaron Rousseau y Spinoza.

En 1589, Molina publica un libro titulado “Concordia del libre arbitrio con los dones de la gracia” que, además de importunar a los calvinistas, fue inmediatamente objeto de crítica, por jansenistas y representantes de órdenes católicas – como los dominicos – hasta el punto que el papa Clemente VIII, tuvo que mediar dos veces, en la disputa. El andamiaje teológico, la objeción al libre albedrio es clara: si estamos predestinados para el bien o para el mal ¿cómo es posible que se nos atribuya responsabilidad alguna? Pese al evidente peso de la objeción, Molina pone el énfasis en nuestro libre albedrío y, avanza un último y original recurso, para escapar a la secuencia que hace inevitable la caída.

Pues eso.

(Continuará)

Nacido en 1942 en Palma. Licenciado en Historia. Aficionado a la Filosofía y a la Física cuántica. Político, socialista y montañero.


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