El Imperio ruso en el siglo XIX
- Escrito por Eduardo Montagut
- Publicado en Historalia
El Imperio ruso era un Estado inmenso, entre dos continentes, Europa y Asia. Era gobernado de forma absolutista por los zares, que concentraban todos los poderes, decidían sobre la paz y la guerra, decretaban las leyes, nombraban y separaban ministros, y poseían la máxima autoridad religiosa. No existía ninguna institución que limitase el poder de los zares, que gobernaban a través de una compleja administración y de la policía, la temida Okhrana.
El zar Alejandro I había emprendido algunas reformas liberalizadoras a comienzos del siglo XIX, pero la invasión napoleónica arrinconó los cambios. Su sucesor, Nicolás I no sólo olvidó estos intentos, sino que reforzó el carácter autocrático del imperio, afianzando todos los mecanismos de control sobre sus súbditos, la prensa y la universidad, posibles focos de protesta o contestación y de difusión de ideas liberales occidentales. Nicolás fue uno de los monarcas absolutos protagonistas de la Europa de la Restauración y de la Santa Alianza.
Durante el reinado de Nicolás se produjo la insurrección de los decembristas, un grupo de oficiales rusos, casi todos miembros de la Guardia Imperial, que conspiraron en San Petersburgo para intentar derrocar al gobierno del zar Nicolás I, en diciembre de 1825. Pero fracasaron y sufrieron una durísima represión; unos fueron ejecutados y otros fueron deportados a Siberia.
Alejandro II (1855-1881) intentó dar un giro más liberal. Se aflojó el control sobre la opinión pública, se permitieron las discusiones en los salones, se fomentó el estudio y se permitió cierta crítica a la administración.
En el año 1862 se planteó una reforma judicial de signo occidental introduciendo garantías en los procesos y juicios, además de suprimirse las penas corporales. En la administración se crearon los zemstvos, una especie de asambleas representativas en distritos y provincias con competencias en obras públicas, sanidad, correo, iglesias, impuestos y policía. Estas asambleas fueron aprovechadas por los sectores liberales para plantear demandas. El zar no quiso aprobar la constitución de un parlamento o asamblea en el nivel estatal cuando el zemstvo de Moscú se lo planteó. Alejandro II consideraba que el derecho de iniciativa le correspondía a él por voluntad divina, y que nadie en Rusia estaba autorizado a presentarle peticiones.
Por su parte, se dieron algunas medidas aperturistas en la Universidad, como el final de la disciplina militar y la entrada de las clases a más estudiantes, pero éstos siempre inquietos participaron en algunas protestas, provocando que el zar diera marcha atrás en algunas de estas medidas.
El fin del aperturismo del zar Alejandro II tuvo lugar en el año 1866 cuando sufrió un atentado. La censura de prensa y libros se recrudeció y se puso en marcha la máquina represiva del estado zarista, entrando en un círculo vicioso de represión-terrorismo, que culminará en el atentado de 1881 en el que es asesinado el zar.
El nuevo zar, Alejandro III, frenó toda política reformista que se hubiera proyectado, como la propuesta de su ministro del interior, Ignátiev, de crear una especie de parlamento, conocido como Sobor, destituyendo al propio funcionario. Se cerraron periódicos, se prohibieron libros, incluidos los de las grandes glorias de las letras contemporáneas rusas y de autores europeos, y se decretaron estados de excepción en algunas provincias.
Por otro lado, el reinado de Alejandro III se caracterizó por una política de intensa rusificación sobre las etnias y pueblos no rusos del Imperio, es decir, la obligación a aprender y usar la lengua y cultura rusas. La persecución a los judíos se hizo especialmente intensa con violentos pogromos y prohibiciones.
A principios del siglo XIX, la sociedad rusa era eminentemente campesina. De un total de 40 millones de habitantes, 36 millones eran campesinos y casi todos siervos. La servidumbre había surgido a finales de la Edad Media. Con el paso del tiempo las obligaciones de los siervos hacia los señores habían crecido. Existían diversos tipos de servidumbre: siervos domésticos, siervos sometidos a la corvea o trabajo no remunerado, siervos sometidos al pago de una renta, etc.. Pero, además de su mala situación económica, los siervos no sabían leer ni escribir y vivían en una posición de indignidad. Podían recibir castigos corporales y si eran llamados al servicio militar tenían que servir media vida.
En la cúspide social se encontraba la nobleza que monopolizaba la oficialidad del ejército y los principales cargos y puestos en la compleja administración imperial rusa. Esa nobleza era la dueña de casi toda la tierra y gozaba de todo tipo de privilegios. Sin lugar a dudas, era la nobleza más poderosa de toda Europa. Además, poseían a los siervos. Su riqueza se medía en las “almas” que poseían, casi más que en la cantidad de tierra.
Durante casi todo el siglo XIX no hubo casi burguesía en Rusia, con la excepción de Polonia, que pertenecía al imperio. La sociedad rusa, por tanto, tenía una amplísima base campesina y una minoría nobiliaria por encima.
Pero a mediados del siglo XIX se produjo una verdadera conmoción nacional que provocó un importante cambio en la sociedad rusa. La derrota en la guerra de Crimea puso al descubierto que el gigante ruso no tiene sólidos cimientos: inferioridad militar provocada por una nula industrialización, sin ferrocarriles y con muchos siervos que se negaban a combatir como soldados. En Rusia se comenzó a cuestionar esta sociedad desde varios frentes, siendo el literario uno de los principales. El zar Alejandro II fue consciente que tiene que impulsar la industrialización y, previamente, la emancipación de los siervos.
El 19 de febrero de 1861 se dio un ukase o decreto que estableció la libertad de los siervos, por el que podrían moverse libremente y disfrutar de su casa y de un lote de tierra equivalente al que tradicionalmente trabajaban. Pero durante dos años debían pagar corveas y censos, además de compensar al dueño de la tierra. Para ello, el gobierno otorgaría un préstamo.
La medida no solucionó los problemas de los campesinos porque se produjeron muchos abusos a la hora de otorgar los lotes de tierras porque fueron excesivamente pequeños, además del alto precio que tuvieron que pagar como indemnización. En todo caso, la condición jurídica de los campesinos cambió.
Eduardo Montagut
Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.
Premio Mejor Aliado 2024 de la Asociación Blanco, Negro y Magenta.