Las manos muertas constituían una de las variantes de las vinculaciones de la propiedad propias de la Edad Moderna, junto con los mayorazgos de la nobleza, base del poder socioeconómico de los estamentos privilegiados. Las vinculaciones eran las sujeciones de los bienes para perpetuarlos en una determinada sucesión, por disposición del fundador del vínculo. La Iglesia, como la nobleza con los mayorazgos, podía adquirir bienes por distintos medios, como compras o donaciones, pero no podía enajenarlos. La consecuencia lógica era la acumulación progresiva de propiedades, generando no pocas críticas en su momento, pero especialmente en el siglo XVIII. Los ilustrados consideraban que las manos muertas eran uno de los obstáculos para el desarrollo de la agricultura en España, al impedir la creación de un mercado libre de la tierra, que conduciría a la protección de la propiedad privada, medio para la inversión en la agricultura. Los ilustrados consideraban fundamental que hubiera cambios en la estructura de la propiedad –revolución agraria- para que se pudieran aplicar los nuevos sistemas de cultivo, técnicas, abonos, aperos, etc., es decir, la revolución agrícola.