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EL PERIÓDICO
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Alfonso Reyes (1889-1959)


De sus años fructíferos en nuestro país (1914-1924), a las turbias maquinaciones para que no le fuera concedido el Premio Nobel de Literatura a sus hermosas y cálidas páginas sobre Francisco Giner de los Ríos y la Residencia de Estudiantes.

El libro enriquece igualmente la soledad y la compañía… la vida muere, los libros permanecen.

Alfonso Reyes

Los lazos y vínculos afectivos y culturales de España con México, han sido y son profundos. No queremos, ni podemos olvidar la acogida que prestó a los exiliados republicanos el Presidente Lázaro Cárdenas, no poco influyó en esta decisión, la insistencia de Alfonso Reyes que en los diez años que pasó en nuestro país (1914-1924), estableció relaciones de respeto, cariño y amistad con escritores, poetas y políticos republicanos… y cuando tuvo ocasión devolvió, con creces, el apoyo caluroso que le dispensaron.

Alfonso Reyes es una figura señera de las letras, la diplomacia y la cultura mexicana. Sus estudios sobre literatura española son de una hondura y belleza apreciables. De espíritu abierto y cosmopolita… puede decirse, sin exageración, que fue una de las figuras más representativas e ilustres del complicado periodo histórico que le tocó vivir.

Hoy su figura se ha desvanecido un tanto injustamente, más creo que en los años que se avecinan, se reverdecerán laureles y recuperaremos su pensamiento y sus obras filológicas y literarias, de una belleza singular. Pondré sólo un ejemplo, cuando en unos años conmemoremos el Centenario de la Generación del 27, habrá que tener presente sus conocimientos sobre el Siglo de Oro y sus publicaciones sobre Góngora, del que se le puede considerar un especialista.

Pronto entró en contacto con Ramón Menéndez Pidal, que le invitó a colaborar en el Centro de Estudios Históricos.

Dadas sus inquietudes intelectuales y su amplia preparación, ejerció la crítica cinematográfica tanto en ‘El Imparcial’ como en el ‘Semanario España’. Sería interesante recuperar esas críticas, ya que son un buen ejemplo de cómo se veía y analizaba el séptimo arte en los primeros lustros del siglo XX. En ellas derrocha ponderación, inteligencia y visión de futuro.

La obra de Alfonso Reyes se caracteriza por realizar una revisión cálida y, desde luego, pertinente del pasado y por un análisis riguroso del presente, lo que lo convierte en un pensador que es obligado explorar y conocer. Tuvo una relación fructífera, aunque con algunos altibajos, con Ortega y Gasset y con Miguel de Unamuno y, se movió por los círculos que frecuentaban Azorín y Pío Baroja.

Sus inquietudes le hicieron frecuentar distintos ámbitos y tertulias culturales y de pensamiento. Fue, sobre todo, un ensayista excepcional, un poeta digno de ser tenido en cuenta y un narrador y pensador concienzudo e infatigable… que unas veces adoptaba un cierto distanciamiento de aquello que criticaba y otras intentaba ‘penetrar’ en el objeto de sus meditaciones y vivirlas desde dentro.

En estos años de desinterés hacia los estudios clásicos grecolatinos, me parece de relieve destacar que en su periodo de formación leyó, anoto escrupulosamente y escribió sobre Homero, Platón y los trágicos griegos, lo que sin duda, le dio energía y fuerzas para aproximarse a la literatura y filosofía universal y, especialmente, comprender que una sólida formación humanística es la mejor base para entender el mundo que le tocó vivir y lo que podríamos denominar, al hombre en sus coordenadas históricas.

Pertenecía a una familia destacada. Su padre, Bernardo Reyes, participó en el golpe de estado contra Madero y poco después perdió la vida en una escaramuza, que en cierto modo fue una emboscada. Decidió entonces marchar a Europa con un modesto cargo diplomático y formando parte de la legación de México en Francia. Allí le sorprendió el comienzo de la Primera Guerra Mundial. Tomó entonces, una decisión, sin duda transcendente. Trasladarse a España, que fue una de las pocas naciones que no se vieron involucradas en la Primera Guerra civil europea. Estimo que fue un acierto. Su estancia de más de diez años en nuestro país, constituye una de las etapas cruciales y más fecundas de su dilatada vida creativa.

Por cuestión de espacio, es necesario acotar y no me es posible detenerme en cuestiones que sería oportuno tratar más pormenorizadamente. Pasemos ahora a un texto de “Cartones de Madrid” en el que habla de Francisco Giner de los Ríos. Es más que probable que escribiese este breve ensayo al poco de morir el venerado maestro. ¿Cómo lo ve? Como un viejecito siempre joven y, también, como a un intelectual y pedagogo consistente e influyente. Este profesor de Filosofía del Derecho, pedagogo, innovador de altos vuelos y escritor que fundó la Institución Libre de Enseñanza de la que surgió, a su vez, el Centro de Estudios Históricos y otras iniciativas encomiables.

Nos habla con cariño de Francisco Giner, más sin caer en tópicos ni en sensiblerías. Considera que la amabilidad es la mayor fuerza y la mayor disciplina. En estos tiempos que corren de grosería y zafiedad, no está nada mal recordarlo.

Es necesario conocer determinados hechos para que no vuelvan a repetirse. Los fundamentalistas, los dispuestos a imponer su ortodoxia a martillazos, los reaccionarios y dogmáticos, lo persiguieron. El ministro Manuel Orovio, de infausta memoria, lo recluyó en un castillo en Cádiz, más tarde fue puesto en libertad y funda la ILE, el proyecto pedagógico y de innovación educativa de más calado en nuestro país.

Centremos nuestra atención por un momento, en diversos campos en que Giner propone: a) en política, sustituir la listeza por la honradez y b) en ciencia, sustitución de la fantasía por la exactitud. Es un texto delicioso e invito al lector a repasar los siete apartados que forman “Cartones de Madrid” y especialmente, el dedicado a Francisco Giner.

Igualmente, de gran interés, es su análisis de la Residencia de Estudiantes. Así describe que allí residió el futuro Premio Nobel, Juan Ramón Jiménez o el inquieto poeta de la Generación del 27, con el que volvería a encontrarse años más tarde en el exilio mexicano, Moreno Villa. Ortega y Gasset frecuentaba la Residencia y acostumbraba a leer fragmentos de sus obras.

La Residencia de Estudiantes fue un centro vivo, de animación cultural y científica. Su prestigio fue hondo y profundo, como queda patente al reseñar a las personalidades que por allí desfilaron para pronunciar conferencias y participar en debates y coloquios. Recordemos, por ejemplo, al filósofo Henri Bergson, Albert Einstein genio de la física y pacifista, que posteriormente llegó a obtener el Premio Nobel, el escrito H.G. Wells cuyas obras, de ciencia ficción o anticipación, eran devoradas con fruición en esos años, la clavecinista y pianista polaca Wanda Landowska e hispanistas como Gerald Brenan… Aunque me he limitado a trazar sólo unas pinceladas, sería injusto no citar a quien organizaba todo aquello, Alberto Jiménez Fraud, muerto años más tarde en su exilio de Ginebra. Igualmente resulta ineludible reseñar que en sus laboratorios trabajan sabios y biólogos que siguen la estela de Santiago Ramón i Cajal, entre ellos cabe citar a Juan Negrín, que más tarde, sería Presidente de la II República en el exilio o el eminente cardiólogo Luis Calendre. Por la Residencia, también, desfilaron figuras de las letras latinoamericanas como el dominicano Pedro Henríquez Ureña o el escritor y diplomático cubano José María Chacón, que mantuvieron lazos de amistad y complicidad con Alfonso Reyes.

Otro de los lugares emblemáticos que frecuentó Alfonso Reyes en su estancia en España, fue El Ateneo. En sus dependencias pronunció conferencias, participó en tertulias y realizó una labor fructífera para dar a conocer la cultura mexicana en España y para que la cultura española se difundiera más y mejor en los países iberoamericanos.

Prueba del reconocimiento a esta labor era un busto que figuraba en La Cacharrería y que desapareció de forma un tanto sospechosa. ¿Por qué fue sustraído? Se desconocen los motivos. Desde luego, fue una magnífica iniciativa reparadora el que la embajada de México mandase esculpir otro busto, que puede disfrutarse en su ubicación original. El busto es obra de María Eugenia Santos, autora además, de la única escultura existente en México, dedicada al luchador por los Derechos Civiles, Martin Luther King, asesinado por los intolerantes. En nuestro país tenemos diversas deudas con Alfonso Reyes. La dictadura franquista no sintió ninguna simpatía hacia él y frente a la adulación a tantos mediocres, no se tuvieron en cuenta sus aportaciones literarias, filológicas y filosóficas. Sin embargo, se trata de un maestro indiscutible en la investigación literaria y es una figura respetada y admirada en diversos países latinoamericanos.

Hay que recordar que estudió, bastante a fondo, a Juan Ruíz, Arcipreste de Hita y a su “Libro del Buen amor”, a Lope de Vega, a Quevedo o a Gracián y al dramaturgo mexicano del Siglo de Oro, Juan Ruíz de Alarcón. Por encima de todo, es encomiable su interés por Luis de Góngora que lo sitúa en un plano de igualdad con varios autores de la Generación del 27.

Considero que sus “Cartones de Madrid” merece una relectura atenta, ya que es un paseo por la ciudad actual –el libro está escrito en 1917- y, al mismo tiempo, un análisis de la influencia en el presente, de los subsuelos de la historia.

Ha de tenerse igualmente en cuenta, que colaboró en diarios como ‘El sol’ con artículos de crítica literaria y filológica, así como en ‘La Revista de Occidente’ cuyas puertas le abrió José Ortega y Gasset, en un momento en el que estaba influenciado por el pensador y crítico italiano Benedetto Croce, cuya visión de que toda historia verdadera es contemporánea, le seducía mucho.

Tuvo numerosos reconocimientos y distinciones. Uno de los que más le agradó fue, sin duda, el de ‘ser recibido’ como le gustaba decir, como Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Cosmopolita como era sacaba provecho de sus viajes. Así aprovecha sus breves estancias en Roma para conocer sus obras artísticas, museos, sitios arqueológicos y para cortas pero, provechosas escapadas, a Turín, Génova o Florencia.

Capítulo aparte merece la red de amistades que llegó a construir y que lo convierten, por derecho propio, en una figura relevante en el plano cultural de la primera mitad del siglo XX. No es cuestión de citar una retahíla de nombres ilustres pero es relevante señalar que frecuentó y gozó de la amistad de Corpus Barga, Vicente Huidobro, Jean Cocteau y el poeta y diplomático Saint-John Perse, que años más tarde, sería Premio Nobel de Literatura. Ha habido críticos que han sostenido que su conocido poema “Anabasis” tiene afinidades y, quizás, siga la senda de “Visión de Anáhuac”, de Alfonso Reyes.

Una anécdota, que creo pertinente traer a colación, es que Alfonso Reyes leía con fruición “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Fue emocionante, ya que como otros muchos, tenía algo de fetichista, vivir en el mismo piso en el que vivió y murió Marcel Proust. Tuvo la oportunidad de gozar de provechosas vivencias… y como ocurre en tantos casos, las trasladó a sus obras.

Durante toda su vida fue un hombre elegante y cautivador. Los reveses y golpes que fue recibiendo, le hicieron cargar a sus espaldas una pesada mochila de frustraciones. No obstante, se las fue arreglando para aceptar la realidad… y una vez aceptada, tal como es, adecuarse a las posibilidades que le ofrecía.

Creía que la sociedad y la cultura evolucionan, que el orden inmutable de las cosas es una visión quebradiza que no resiste un análisis riguroso. Su ánimo nunca estuvo encogido demasiado tiempo, por el contrario, optimista como era intentaba avanzar, siendo consciente, eso sí, de las dificultades.

Fue comprensivo con las flaquezas morales y aunque en ocasiones, sucumbiera a la melancolía, acababa prevaleciendo siempre su carácter firme, sobrio y estoico. Quizás, por estos motivos, supo conservar un nivel de credibilidad alto que iba indisolublemente unido al respeto que su trayectoria merecía. Dos de sus características más destacadas fueron en todo momento, la honestidad y la perseverancia… lo que era particularmente importante cuando muchas cosas a su alrededor se estaban desmoronando, hundiendo…

La memoria nunca resulta insolvente. Hay en muchas de sus páginas momentos mágicos de un lirismo profundo, muestra de una emoción arrebatadora y de sentimientos contenidos. Sabía utilizar con habilidad ‘esgrimas dialécticas’ y siempre, guardaba sus dardos más afilados contra quienes carecían de escrúpulos.

He de volver sobre sus amistades, entre las que se cuentan lo más granado y fecundo de la creación artística y literaria y del pensamiento. Tuvo la oportunidad de conocer y tratar a Victoria Ocampo, que más tarde sería directora de la revista ‘Sur’, una de las más prestigiosas del momento, con quien mantuvo, asimismo, una relación epistolar. Creo que es digno de mención que también colaboró en la revista argentina ‘Caras y Caretas’, asimismo muy representativa de aquella época. Mantuvo una relación amistosa con Juana de Ibarbourou, a la que visitó en Montevideo, cuando un hijo de ésta se encontraba gravemente enfermo.

Ya hemos mencionado que era un especialista en Luis de Góngora. En 1928, cuando estaba en pleno apogeo la Generación del 27, pronunció una conferencia en Buenos Aires que lleva el expresivo título “Sabor a Góngora”,

Jorge Luis Borges, que no solía prodigar elogios, llega a calificarlo como ‘el mejor prosista del idioma español de cualquier época’, comentario este, quizás algo exagerado, pero que muestra bien a las claras el prestigio de la figura de Alfonso Reyes.

En este precipitado recordatorio de aspectos poco tenidos en cuenta de Alfonso Reyes, convendría señalar que con Ortega y Gasset tuvo, a lo largo de los años, encuentros y desencuentros. Entre las afinidades podemos citar que ambos escribieron sobre Johann Wolfgang von Goethe. Así nació “La idea política de Goethe” en 1937, sugestiva aproximación al autor de Fausto que es, en cierto modo, paralela al ensayo orteguiano “Goethe desde dentro” de 1932.

Como a tantos otros grandes literatos envidias, zancadillas y obscuros intereses lo privaron del Premio Nobel de Literatura, al que fue nominado nada menos que en cinco ocasiones. Qué duda cabe que el fuerte nacionalismo mexicano, entonces imperante, influyó y no poco, en esta decisión. Sus enemigos con notable estrechez de miras y anteojeras de asno, solían decir que hablaba mucho de los griegos y muy poco de los aztecas.

Antes de poner fin a estas reflexiones me gustaría poner de manifiesto que su “Cantata en la tumba de Federico García Lorca” que data de 1937, es un homenaje de un hondo lirismo y de sincera admiración por el poeta granadino, escrito a partes iguales con emoción y rabia.

Obviamente, no pocas cosas se quedan en el tintero. Por ejemplo, su labor como traductor de Chesterton y, sobre todo de Chejov, así como, su más que interesante trayectoria como editor.

Entre sus amigos no puedo dejar de citar al inmenso poeta Leopoldo Lugones con quien estableció lazos de amistad y que visitó varias veces en sus estancias en Buenos Aires.

Generoso como era organiza con Juana de Ibarbourou, un homenaje en Montevideo a Amado Nervo, al cumplirse el décimo aniversario de su muerte. Son especialmente emotivos sus títulos. En ‘La Nación’ de Buenos Aires, por ejemplo publicó un breve ensayo denominado calurosamente “Viaje de amor de Amado Nervo”

Es mucho lo que podría decirse de un escritor, ensayista, pensador y diplomático como Alfonso Reyes. Mi propósito no ha sido otro que exponer unas cuantas razones por las que merece la pena repensarlo y releerlo. Sin duda, puede sernos de gran utilidad, aquí y ahora, por muchos y variados motivos.

Es una prueba de valentía y aprecio reivindicar su trayectoria especialmente, los más de diez años pasados en España, sobre todo, en Madrid, así como sus obras de filología, donde muestra bien a las claras su conocimiento de la literatura española, de nuestros clásicos y de lo mejor del pensamiento occidental de la primera mitad del siglo XX.

Lamentablemente, Alfonso Reyes ha sido una víctima más de la ceguera y empecinamiento de tantos nacionalismos excluyentes, en su caso del mexicano.

Hay que recordar, sobre todo su amor al conocimiento, su humanismo, su libertad de pensamiento y su altura de miras donde no tenían cabida los prejuicios.