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La colmena, las vidas entrelazadas y el coronavirus


«La historia tiene ya el número de páginas suficientes para enseñarnos dos cosas: que jamás los poderosos coincidieron con los mejores, y que jamás la política (contra todas las apariencias) fue tejida por los políticos (meros canalizadores de la inercia histórica)»

La colmena, Camilo José Cela.

En esta magistral novela coral del Madrid de posguerra del año 1943, tamizada por la doble censura civil y religiosa y expurgada de pasajes y protagonistas susceptibles de chocar con el poder (parece que no pasaran los años), y publicada en 1951 en Argentina (gracias, gracias), Cela describe la crónica matritense de una ciudad que resulta a veces trágica y otras jocosa, en la que el famoso aire de su cielo pesa, mientras cae en forma de irreverencia, rutina o desánimo invadiendo, aplastando y aplacando a la gente. Es el zumbido sordo de miles de seres a la deriva, personajes que sirven para acrecentar el panal en la que se convirtieron sus vidas. Exactamente igual que ahora, corte de los milagros del siglo XXI. ¿Qué nos hemos perdido para que nos sintamos tan pasado? Estamos enrollados en la misma madeja ahora entrecruzada por un coronavirus que determina el devenir de cada día. Seguimos pululando, entre zumbidos convencidos, por no sabemos quién, de que seguir adelante es lo único que importa, sea como sea.

Antes, en tiempos de Cela, beatus ille, la diversión y la evasión estaban en la calle, en los cafés, centros de reuniones y opiniones que nos han cerrado. Y ahora ¿qué hace la gente? Ah, pues tirar de la picaresca, algo tan español que tiene categoría de género hispano, y que finalmente ha polarizado (que no polinizado) a la sociedad en dos: los aterrados y los intrépidos, ambos censurados por un ministerio más efectivo que el de Fraga: el virus, aguijoneado por los delatores sociales y el circo montado alrededor de la escasa vida social, en una política de colmena, cada vez más presente, de sombras chinescas.

Pero no nos dejemos confundir «La cultura y la tradición nunca son ideológicas, siempre son instintivas», palabra del señor… Cela, así que aunque las ayudas estatales vengan con cuentagotas, el arte no se cuelga de un goteo, ni se inyecta ni se vende. Ni las costumbres y necesidades cambian de un año para otro, por más que este último el orificio por el que tuvimos que meter la mano haya sido estrecho y esté poblado de abejas furiosas. Y de muchos zánganos, buena cosecha, muy numerosos.

La literatura es un panal de rica miel por el que vale la pena trabajar como abeja obrera y participar en el proceso y la preparación de un mundo mejor, sin aguijones, con mullida cera para construir nidos protectores y buscar en ellos tesoros escondidos entre sus páginas, el mejor remedio, capaz de hacer que nos dejen de zumbar los oídos por este ruido sordo que se ha instalado en nuestras cabezas y antenas antes que el 5G.

Y La colmena sigue siendo el cuento urbanita de miles de abejas zumbando, la reina, las obreras y los zánganos, todos necesarios para seguir moviendo la rueda, todos en sus correspondientes celdas, listos para jugar el juego de la vida.

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.

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