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Olivia de Havilland, que ya estás en los cielos

Olivia de Havilland | EFE/EPA/IAN LANGSDON Olivia de Havilland | EFE/EPA/IAN LANGSDON

Olivia de Havilland ha sido la última de todos los intérpretes que con su fallecimiento cierra para siempre una época del cine que, en realidad, ya no existía desde hacía muchísimas décadas. Resistente hasta los 104 años.

No puedo negar que Olivia de Havilland ha sido desde la adolescencia una de mis actrices favoritas, especialmente por su maravilloso papel en La heredera. Nunca olvidaré la última escena subiendo la escalera mientras Montgomery Clift, otro de mis fetiches, no dejaba de aporrear la puerta. No podremos olvidar tampoco su bondad en Lo que el Viento se Llevó frente a la actitud de Vivien Leigh, su romanticismo con Errol Flynn en Murieron con las botas puestas o en Robin de los bosques, o su faceta de malvada, que nos sorprendió tanto frente a una Bette Davis, que parecía tan loca, y realmente era una víctima, con Joseph Cotten en Canción de cuna para un cadáver.

Pero aquí quisiera recordar en este periódico su faceta de luchadora en favor de los actores frente a los todopoderosos estudios de Hollywood, que ejercían un control casi total sobre los mismos, con condiciones contractuales muy duras. Al parecer, los contratos solían ser de siete años, pero si un actor o actriz ponía pegas a un papel asignado y se negaba a aceptarlo llegaban las represalias. No se rescindía el contrato, sino que se castigaba al actor o actriz con una especie de suspensión de empleo y sueldo durante un tiempo. En ese momento, como el contrato no se había terminado, el intérprete no podía trabajar con otro estudio, es decir, seguía encadenado con su estudio, sin poder procurarse medios para vivir. Pero, además, los meses de suspensión no corrían en relación con la duración del contrato, por lo que al terminar éste se producían prórrogas en función de los meses no trabajados, una forma que tenían los estudios de no perder dinero y sacar el máximo rendimiento de un actor. Esto le ocurrió a nuestra protagonista, como a muchos otros intérpretes. Al terminar su contrato con la Warner se le comunicó que se debía prorrogar durante seis meses más porque no había trabajado durante ese tiempo por distintas suspensiones. Olivia tuvo que aceptarlo, pero al terminar el período la productora le indicó que había que sumar otros nuevos seis meses. Ahora la actriz no estaba dispuesta a ceder y plantó cara. Buscó asesoramiento legal y presentó una demanda contra la Warner Brothers.

En el juicio en la Corte Suprema de California se plantearon dos interpretaciones de la ley de contratos, que establecía que un empresario no podía retener a un empleado más de siete años. Pero la Warner consideraba que se refería a años de trabajo real, por lo que no debían contar los períodos de suspensión y, por lo tanto, estarían justificadas las prórrogas. Olivia de Havilland planteaba que debían ser años físicos de duración. En el juicio también salió relucir el enfrentamiento entre la actriz y los estudios, ya que Olivia alegó que no había aceptado papeles porque consideraba que no estaban a la altura, frente a la acusación del estudio de que era una actriz caprichosa que había rechazado muchos guiones.

El proceso judicial fue largo, entre 1943 y 1946. En ese período la actriz no pudo trabajar, y se arriesgaba a perder, como lo habían hecho otras actrices de gran renombre antes que ella. Pero Olivia venció, y lo hizo también ante las apelaciones de la otra parte. Eso generó jurisprudencia y una Ley lleva su nombre. A partir de entonces, la relación entre los estudios y los actores y actrices en Hollywood cambió.

Gracias, Olivia por hacernos felices tras la pantalla y por tu ejemplo de lucha, tú que ya estás en los cielos.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.