«Cuando una mentirosa patológica jura decir la verdad, nadie cree la verdadera tragedia»
Vamos a contar mentiras, 1961, Alfonso Paso
El teatro le venía de casta y el ingenio de su aguda inteligencia. No solo fue un famoso dramaturgo y actor, también fue el gran autor de la posguerra española, con obras ideadas para entretener y evadir a una sociedad bien agarrada por el dictador al que el autor tampoco cuestiona, cuyas obras tienen la clara intención de divertir (y señalar).
El punto de partida de esta comedia de enredos es Julia, una mujer casada muy aburrida que tiene la costumbre de inventarse cosas para dar algo de color e intriga a su vida. Pero todo cambia cuando la noche de Navidad un ladrón entra a robar a su chalet y mata por accidente a la criada. Julia espera invitados a cenar y está amenazada de muerte por el caco, así que deberá echar mano a su ingente capacidad para mentir y ocultar el asalto y el cadáver a todos, al tiempo que intenta desvelarlo y advertir de lo que ha pasado. A pesar de estar pidiendo auxilio, su fama de embustera no ayuda. Nadie cree que lo que diga sea cierto. El entorno tan burgués y protegido, reducido al salón de los dueños, tampoco parece favorecer a Julia, que trata desesperadamente de avisar de lo que ha sucedido, pero su fama de fantástica le precede y no ayuda a la revelación.
Es una historia de Pedro y el lobo a la española. Y aquí empieza el desvelo. Porque cuando mentiras iniciales y posiblemente inicuas empiezan a invadir la verdad terminan invalidándola, poniendo en duda cualquier afirmación, y entonces sí que estamos apañados. Porque este divertido vodevil traspasa la ficción y pasa a ser paradigma de la realidad actual que vivimos. Se avecinan días oscuros de graves mentiras, solo que ahora el público somos todos y las ganas de reírnos han desaparecido, dando paso a un temor generalizado y al estupor de la gravedad de la situación que atraviesa escenarios teatrales y cinematográficos para darnos en la cara con una cruda realidad. Habrá que poner distancia en la butaca entre nosotros, los espectadores, y el escenario poblado por multitud de personajes políticos de toda calaña, no dispuestos a hacernos reír, sino a asustarnos de verdad. Así que cuando la realidad vuelve a superar la ficción, solo nos queda la capacidad de poner un filtro que sea lo más fino posible entre las mentiras y las verdades que subyacen a discursos cargados de miedos y de que viene el lobo. Porque nosotros tenemos el arma que lo puede todo, y es el simple derecho a ejercer como actores reales la continuidad de los protagonistas que queremos ver en nuestro proscenio real. Un emplazamiento que está muy cerca del foso de la orquesta que marca el ritmo, el sitio exacto desde el que los actores salen a saludar al público. El espacio perfecto para poderlos evaluar con precisos binoculares galileanos y ponerlos en su lugar.





