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A propósito de la exposición de la Historia del peinado en el Romanticismo

El Museo del Romanticismo, una joya en el centro de Madrid, nos ofrece una exhaustiva y fascinante exposición sobre el peinado en el Romanticismo, tanto femenino, como masculino.

El cabello y su peinado tienen, además de su vinculación estética, una evidente conexión con el universo social y cultural de cada época. Forma parte de la construcción que cada uno hacemos de nuestra imagen entre nuestros gustos y las modas que nos tocan vivir, además de ser para el historiador un medio vinculado con el estudio de la cuestión del estatus social.

El Museo plantea un estudio del peinado femenino y masculino desde el final del Antiguo Régimen hasta el ocaso del Romanticismo en nuestro país, dedicando, además un apartado a la cuestión del cabello como recuerdo.

El peinado femenino era muy ostentoso en la transición entre los siglos XVIII y XIX, exigiendo el concurso de expertos peluqueros. Aunque en la época ilustrada asistimos al fenómeno del majismo, es decir, a la interpretación que la aristocracia hacía de lo popular, en materia de peinados se tendió a la sofisticación, eso sí, incorporando la mantilla y la peineta, concesión al pueblo. La época romántica vivió vaivenes en relación con la mayor sofisticación o simplificación del peinado de la mujer, aunque se tendió a formas más suaves, fruto del ascenso de la burguesía. El peinado recogido terminó por ser una seña de identidad en las décadas de los años veinte y treinta del siglo XIX, aunque estos recogidos variaron mucho, con aumentos de tamaño y creaciones muy artificiales, pero, pasado este momento, se tendió a la sobriedad, a un peinado que calificaríamos, como apuntábamos, de burgués. Por otro lado, el peinado femenino en la España de la crisis del Antiguo Régimen y del triunfo del liberalismo no fue muy original, bebió de las modas francesa e inglesa a través de la profusión de las revistas ilustradas de moda. Si España había marcado tendencias en la moda en el pasado, especialmente en el siglo XVI, la menor potencia del país también se vio reflejada en esta materia.

El peinado masculino no parecía, en principio, tan vinculado a los problemas de la moda y la belleza como el femenino. Se relacionó más con la necesidad de imprimir carácter y marcar la individualidad del hombre. En realidad, este peinado no tuvo cabida alguna en el universo de las publicaciones de moda, pero también conviene matizar, ya que el hombre romántico se preocupó de la elegancia, y muchos varones recogieron los ecos del dandismo inglés a través de la figura del lechugino, el joven atildado, muy arreglado en su vestimenta y peinado, que fue mofa del mundo popular. Hoy que asistimos al fenómeno de los “beuty boys” en las redes, entenderemos mejor, en otro contexto y con evidentes diferencias, el fenómeno del lechugino.

Por fin, el apartado del cabello como recuerdo nos adentra en el mundo social de las costumbres de la época romántica y, a buen seguro, asombrará al visitante de esta exposición. El cabello en el Romanticismo era un bien en sí, no un bien económico, sino sentimental. Estuvo muy extendida la práctica de conservar mechones de los allegados, del amigo o amiga, del ser amado y del ser que fallecía. El cabello fue un verdadero fetiche romántico y se potenció lo que denominamos la “joyería sentimental” en cajas, joyeros, guardapelos, decorando pañuelos, como hilos para bordar, pulseras, brazaletes, sortijas, cadenas de reloj, cinturones y hasta para elaborar pequeños cuadros.